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597 Palabras
De alguna manera su respiración se sincroniza con la mía y ambos respiramos agitadamente, jadeando. Se mueve y ahora está acostado sobre las pieles, apoyado en un codo, mientras empuja sus dedos dentro de mí. Su rostro está a solo centímetros de mi clítoris y puedo sentir cómo su respiración agitada aumenta, caliente sobre mi piel sensible. De repente, un aliento fresco sopla sobre mi clítoris y la sensación arranca de mí un gemido involuntario, cargado de placer. —¿Te gusta eso, lobita? —murmura con voz baja y áspera—. ¿Se siente bien en tu pequeño clítoris palpitante? Lo estás haciendo tan bien para mí… y creo que ambos sabemos una manera de hacerte hablar de nuevo, a juzgar por el sonido de ese gemido. ¿Dame otro? Respira de nuevo sobre mi clítoris y mis caderas se elevan sin que pueda evitarlo, acercándome más a su cara, sintiendo su nariz rozar mi hendidura mientras un nuevo gemido escapa de mi garganta. El sonido me sorprende incluso a mí misma. Mi respiración se vuelve errática, mi cuerpo tenso y sensible bajo cada pequeño movimiento suyo. El calor entre mis piernas late con fuerza mientras sus dedos se mueven con una seguridad que me hace temblar. Cuando finalmente me dejo caer contra las pieles, exhausta, Ronan se inclina sobre mí. Tiene la cabeza acurrucada en mi cuello y su respiración suave me hace cosquillas en la piel sensible. El peso cálido de su cuerpo contra el mío debería tranquilizarme, pero en cambio hace que mi mente vuelva a girar. Subir en el ascensor hasta mi piso me da demasiado tiempo para pensar. Demasiado tiempo para preocuparme por lo que hice… y por si debería haberlo hecho. También me recuerda el mensaje que dejó claro antes: que no quería quedarse en la manada. Sacudo la cabeza, intentando apartar esos pensamientos. Puedo rumiar todo eso más tarde… quizá con un buen vaso de whisky. Pero ahora mismo mi mente todavía está nublada por el calor de lo que acaba de pasar, por la forma en que su cuerpo se movía contra el mío, por la forma en que su voz baja parecía desarmarme. Salgo del ascensor y comienzo a caminar por el pasillo, tratando de recuperar el control de mi respiración y de mis pensamientos. Entonces me detengo en seco. La última persona que quiero ver ahora mismo está de pie frente a mi puerta. —Cristina, ¿qué haces parada frente a mi puerta? Ella se gira lentamente. Sus ojos pasan de mí… a la pequeña loba en mis brazos… y luego regresan a mi rostro. —Yo… eh… quería verte —dice con incomodidad—. Veo que estás ocupada. Se aparta y empieza a caminar por el pasillo como si ya hubiera terminado la conversación. —Cristina, espera. Detente. Se vuelve hacia mí con una expresión completamente indiferente. —No tienes que explicarme nada, Ronan. No tienes relaciones, ¿recuerdas? No le entregas tu corazón a nadie. Sus palabras salen suaves, pero el filo en ellas es imposible de ignorar. —Estoy perfectamente conforme con eso —continúa—. Pero ¿ella lo estará? Su mirada se posa de nuevo sobre la loba. —¿La loba traumatizada, sobreprotegida y maltratada se conformará con una pequeña parte de ti? ¿O será con un desamor que no podrá soportar? El pasillo queda en silencio después de sus palabras. Y por primera vez desde que salí del ascensor… el peso de todo lo que acaba de pasar vuelve a caer sobre mis hombros.
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