Capítulo 6

2654 Palabras
Traté de controla el impulso que tuve de comenzar a llorar, su expresión me dejaba completamente desnuda, aunque estuviera cubierta con una toalla. Mi cabello húmedo me hizo sentir aún más fría. Leon se apartó del marco de la puerta del baño para darme paso, como pude, avancé sintiendo mi piel ser observada sin pudor. — Ya me contaron las travesuras que hiciste —Mis fosas nasales se abrían y cerraban peligrosamente, estaba comenzando a hiperventilar — Tranquila, en esta ocasión dejaste a un cliente completamente satisfecho. —Sus palabras me dejaron confusa. No podía bajar la guardia, solo asentí bajando la mirada, de reojo solo pude ver a una Jennie aterrada por la presencia de Leon. A pesar de eso, estaba sentada en su cama escuchando todo, tenía rasguños en su cara. Leon la miró un segundo y sonrió ladinamente — Deberías aprender de ella, por esa razón nunca alcanzarás su nivel. —Ambas nos mantuvimos en silencio. No era como si pudiéramos quejarnos en absoluto, Jennie debía estar más asustada que yo en ese instante — Bien hecho, esperemos que tu próximo cliente vuelva a hablarme bien de ti —Su tono de voz lo hizo sonar como una amenaza no dicha, acompañada de una sonrisa maquiavélica caminó hacia la salida y cerró la puerta tras de sí. Jennie y yo soltamos el aire que estuvimos reteniendo. Leon era sencillamente una persona que solo podría generarte sentimientos de terror, desamparo, desconfianza y turbación. Miré a Jennie preocupada por sus heridas. — No digas nada —Se limitó a responder eso ante mi mirada que la cuestionaba. — No, no puedes pedirme eso… ¿Otra vez tuviste que irte con ese depravado? —Me senté a su lado y tomé sus manos tratando de consolarla. Sus ojos estaban rojos de tanto llorar, vi algunas manchas rojas en sus antebrazos — Es un animal. Sus ojos dejaron caer unas cuantas lágrimas, las cuales rápidamente limpio mediante un gesto que buscaba restar importancia a la situación. — Eso es lo que nos espera a las que no somos como tú —Un silencio incómodo se instauró. Ella me sonrió levemente y negó — Disculpa, no quiero que me malinterpretes. Solo estoy cansada — Soltó mis manos y se acostó nuevamente — En serio, discúlpame. Lo último fue apenas un susurro que soltó pasados los minutos, yo aún me encontraba piedra. Era una realidad que trataba de ignorar, el lugar tenía una serie de clasificación. A, B, C, S y SS; en mi caso, yo era un SS. Todo dependía del nivel de satisfacción del cliente, de la cantidad del dinero que lograras ganar, y de tu belleza (la cual los clientes daban puntuación), era algo que hacía que fueran clasificaciones muy variadas actualizándose cada mes. Miré el cuerpo de Jennie y me decidí por irme a dormir también, mañana debía ir a clases y no quería enredar más mi mente. El plan era claro y no debía permitirme desviarme, con más razón debía asistir a las clases, para sacarnos de ese infierno. AL DÍA SIGUIENTE Caminaba a pasos apresurados a través de los pasillos vacíos, el insistente bullicio que normalmente habría ya no se encontraba presente, por supuesto que no, iba 30 minutos tarde. Me había desvelado pensando en lo que no debía y se me fueron las horas. Si no hubiera sido por Jennie seguiría entre sabanas. Pasé por varias aulas donde los docentes estaban impartiendo clases y me quejé mentalmente de mí. Todo era mi culpa, sin quitar el hecho de que pasé durmiendo el fin de semana, no sentí tanto sueño anoche. — No puede volver a pasar —Murmuré en un chillido pequeño, frustrada. Por el rabillo del ojo vi cruzar una figura familiar, estaría a unos 10 metros de mí pero fue casi inmediata mi reacción. Me quedé pensativa y dudativa — ¿Por qué…? —Fruncí mi ceño y giré al pasilo de la izquierda para seguir la silueta más de cerca. Ahí lo pude ver mejor. Una marcha calmada y bastante firme. Suspiré. El chico del autobús estaba en la institución, nisiquiera le había visto el rostro pero ya lo había reconocido por su espalda. Mordí mi labio emocionada, este hombre había estado en mi mente todos estos días, aquella escena había sido tan intensa para mí. Tal vez el hecho de que me haya ayudado pagando el autobús me haya cautivado, no estaba segura, pero mis pies se movieron solos cuando estuvo demasiado lejos. Él giró en un pasillo así que caminé más rápido. — ¿Te gusta asechar a las personas? —Estaba esperándome con una media sonrisa. Me miró pies a cabeza y sentí mi rostro caliente, miré la pared evitando su mirada profunda. Aquellos ojos azabaches solo me hacía pensar en lo ardiente que se venía así, parado con un brazo recostado en la pared, solo mirandome. Nuevamente una escena incómoda para mí. — N-No te seguía —Apreté los ojos, era el peor momento para tartamudear — Iba a… —Pensé en qué lugar estaba más cercano — A la rectoría. —Lo miré como si hubiera descubierto una respuesta a una pregunta muy obvia. — Muy bien —Asintió aún con un rostro serio — Entonces no te importará si vamos juntos, también me dirijo hacia allá. Tragué en seco. No tenía nada que hacer en rectoría, en realidad debía estar ya en clases. — Claro que sí, ya verás que no miento —Comencé a caminar, sentí sus pasos detrás de mí y mordí mi labio inferior ideando un plan de escape. ¿Y si solo me iba corriendo? No quería verme peor frente a él, ¿pero por qué me interesaba como me viera? — Así que… —Di un pequeño brinquito, escuché una risita de su parte. Quise verlo inmediatamente, pero me contuve, no quería aprecer una enferma — ¿En qué año vas? — Voy en último año —Lo miré con una sonrisa pequeña, él dio dos zancadas para eliminar la distancia y caminar a mi lado — ¿Y… Y t-tú? —Puse cara de dura, aunque mi hablar no demostrara eso. — Yo soy universitario, pedí un traslado a esta institución para finalizar mi carrera aquí. —Abrí los ojos par a par. — ¿Qué edad tienes? —Cubrí mis labios negando — Disculpa, no debí preguntar eso. Es que te ves muy joven para estar finalizando una carrera universitaria. — Suelen decírmelo —No me miró después de eso, seguíamos caminando y estábamos a un minuto de llegar al destino. — Tengo 23 años, ¿y tú? Me detuve y bajé la mirada. — Es muy maleducado preguntarle la edad a una mujer —No vi qué expresión hizo, pero no dijo ninguna palabra. — Me alegro haberte visto de nuevo, te deseo mucha suerte en tus trámites. Debo ir a clases… Adiós —Me despedí de mano y me alejé lo más rapido posible. Esperaba en secreto volverlo a ver, pero sabía que era muy difícil que eso sucediera, el ala de la universidad quedaba al otro lado de la mía, solo se compartían espacios generales como cafetería, gimnasio, cancha y similares. Cuando estuve lo suficientemente alejada, chillé de la frustración, solo podía olvidarme de él. Entré a clases, y como era de esperarse, me esperó un regaño y un sermón sobre la puntualidad. En Corea por lo regular eran muy estrictos con lo que respecta a puntualidad, en varias ocasiones recibí comentarios discriminatorios xenofóbicos por mi impuntualidad y otras cosas más. Traté de estar muy atenta a la clase, pero divagué entre muchas cosas que comenzaron a hacerse lugar en mi cabeza. La situación de Jennie, mi nueva labor, Leon y su impulsividad, la escuela, mis notas bajas… Si seguía así no lo conseguiría. — Nathalie —Escuché risas a mi alrededor — La tarea, la estoy recogiendo —Miré al profesor, me miraba levantando ambas cejas y extendiendo su mano izquierda, en su derecha llevaba una pequeña pila recogida ya. — Lo siento —Respondí mientras buscaba en mi vieja mochila aquellos papeles impresos que había pagado apenas esta mañana. Le entregué el folleto y el profesor me miró de manera reprochera. — Recuerda que las entregas deben hacerse con su respectiva carpeta —Más risas, me hundí en la silla — Silencio, estudiantes. Esto es un aprendizaje para todos, las hojas no se deben entregar sueltas o no podré calificarlas bien. — Eso es por pobre —Una voz femenina habló y toda la clase volvió a reír. — ¿Quién dijo eso? —El profesor me dio la espalda y encaró a la clase — Un comentario más y todos tendrán que sostener de frente sus trabajos durante lo que reste de la clase. Cerré el abrigo hasta que mi nariz se cubrió. Qué vergüenza, había olvidado por completo comprar la carpeta, últimamente mi cabeza estaba más en las nubes que en la tierra. Suspiré y mis ojos se aguaron un poco. Aguanté y resoplé. El profesor siguió dando la clase y comentó que la semana siguiente entregaría los resultados del trabajo. Tomé notas, escribí las fechas tentativas de exámenes y, sobre todo, intenté dejar de lado el hecho de que toda la clase tenía puesto el ojo sobre mí. Más específicamente HieYun y su grupito. Escuché un sonido atrás de mi y cuando me giré para ver, un papel me cayó en la frente, ella lo había tirado. Dijo algo inentendible, claro, aprovechó que el profesor estaba de espaldas; me señaló con su índice que lo recogiera. Lo recogí y leí. “Hoy no te salvas” Viré los ojos volviendo a prestar atención a clases, no tenía tiempo para sus amenazas. Ni siquiera le había hecho nada, pero por alguna razón ella me odiaba a muerte. Alguien tiró de mi cabello cuando estuve de espaldas, lo envolví y metí dentro del abrigo y corrí la silla para adelante. Nada va a impedirme ser libre, esto no era solo por mí. Debía esforzarme al máximo. Y así fue mi día entero, estuve evitando encuentros innecesarios y poco productivos con HieYun, me escondía detrás de la gran cancha mientras leía un libro sobre caligrafía, del idioma no se me dificultaba hablarlo, solo era la escritura y la lectura, siendo muy pequeña tardé en aprender el abecedario y las consonantes, lo cual desarrolló un problema a largo plazo como un dictado pobre, al igual que en la escritura proactiva. Me detuve a admirar un poco el lugar para dejar de frustrarme, la tarde era bastante tranquila, el cielo estaba bastante nublado y hacía mucho frío, pero era un ambiente muy tranquilo y eso me agradaba. Los días nublados me hacían pensar en aquellas películas en las que la protagonista era una chica solitaria que se dedicaba a escribir, leer y beber café amargo. No cumplía yo con ese perfil excepto por el café, me agradaba escribir y leer, pero no era muy buena en ello, más bien me destacaba en el baile. Amaba bailar, todo tipo de música, mi favorita eran aquellas romanticonas y apasionantes, tal vez era porque eran las que oía cada día en el bar, mientras bailaba pool-dance. Agradecí no tener que ir a ensayar hoy, ya era una experta en el arte así que estaba exonerada y solo debía asistir a los actos. Maravilloso. — No puedo evitar sentir que me sigues a todos lados —Una voz vibrante me hizo desviar mi vista del libro, estaba acostada boca abajo en el suelo así que lo primero que vi fueron los zapatos de la persona que me hablaba, mi cuello me dolió por forzarlo a mirar más arriba, pero valió la pena. Era él nuevamente, sus cabellos azabaches junto a esos ojos de mirada profunda me observaban con atención. — Eso debería decirlo yo —Me senté entrecruzando mis piernas, la falda del uniforme me hacía sentir más frio en esa posición. Metí mis manos debajo de mis axilas, lo miré sorprendida de verlo con ropa muy delgada — ¿No te da frío? Se sentó a mi lado con las piernas extendidas, puso uno de sus pies sobre su tibia. — No me afectan esas cosas, de donde vengo esta temporada pega más fuerte —Respondió. — ¿Vienes del Polo Norte? Soltó una risa. Pude ver en esta ocasión su sonrisa y como sus dientes blancos se venían, contuve una sonrisa de mi parte, ¿qué demonios estaba haciendo yo? — Desde que te conocí he pensado que eres muy graciosa —Me miraba fijamente, corté el choque y preferí mirar hacia al frente, los estudiantes comenzaban a dirigirse a la última clase. Yo debería hacer lo mismo. — No soy una payasa —Me levanté sacudiéndome un poco, resoplé. — Desde que te conocí he pensado en lo desagradable que eres. — ¿Así que has estado pensando en mí? Lo miré con una cara indignada, me había descubierto. — ¡No! —Grité. Miré alrededor verificando que nadie hubiera escuchado — Claro que no he estado pensando en ti todos los días, ni siquiera en las noches. — Incluso en las noches —Volvió a decir. Entrecerré los ojos y di vuelta, no tenía remedio. — No tengo por qué explicarte nada. Me alejé sintiéndome apenada. Él lo decía por mi anterior comentario. — Te gusta huir mucho —No me di cuenta cuando se reincorporó y estaba caminando a mi lado nuevamente, aceleré mi paso. No debían verme con nadie o sería un problema. — No me interesas —Alegué. — No voy caminando contigo, voy a un sitio. — Pues ve por otro lado. — Tú ve por otro lado. — ¿Ahora estas molesto conmigo? —Expresé incrédula. — Tú eres quien está molesta. Ni siquiera te has presentado aún después de que te ayudara aquella vez. Frené en seco y bajé la mirada, era verdad. Con más razón tenía vergüenza de hablarle. — Lo siento… Solo que… Fue muy inapropiado —Un mechón de cabello se escabulló y lo puse detrás de mi oreja, lo miré. Él solo me veía sin decir nada, de una manera muy intensa — Me llamo Da… —Por mero reflejo estuve por revelar mi identidad en el bajo mundo, ese hombre no se merecía conocer a una persona como yo — Me llamo Nathalie… Me puedes decir Nat, ¿c-cómo te llamas tú? Recargó su peso en una pierna. Era muy alto, más alto que Yun. — YoonGi. Un gusto. —Me extendió su mano en modo de cortesía, sabía que los coreanos no se presentaban usualmente así. Un ainclinación bastaba así que eso hice. — Soy coreana… Aunque no lo parezca —Él sonrió y dejó caer su mano, devolvió mi reverencia. — Por supuesto que lo eres, Nat —Me quedé embobada en sus ojos. Eran cautivadores y enigmáticos, aquella intensidad en su mirada revelaba a un hombre fuerte y determinado. Me hizo sentir cálida, a pesar del frio que hacía, comencé a sentirme nerviosa bajo su escrutinio, no me gustaba esa calidez que me transmitía. No era buena señal, no para mí. — Disculpa, debo ir a clases. Espero verte por ahí… Adiós, Yoon… —No pude terminar de decir su nombre cuando veo a pocos metros a HieYun con su grupo a lo lejos, ella reía a carcajadas mientras me señalaba. — Disculpa a mi amiga. —Reí nerviosa. Él ladeó la cabeza. — Adiós. No escuché su respuesta, me fui en dirección contraria. Debía buscar rapido la salida antes de que ellos me encontraran a mí, esta vez estaba con los peores, si no me iba rápido se cumpliría la profecía del papel. Cuando ya estaba por salir a la portería, un gran cuerpo se me atravesó en el medio. No, no, no. Me habían alcanzado.
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