—Creo que ya es suficiente—le reprocho.
Él se gira, mirándome asqueado.
—Creí haber dicho que no quería a nadie aquí—dice y mi cara se vuelve roja de ira.
—No eres nadie para decir y mandar.
—¡No eres nadie para registrar mis cosas! —grita dejándome atónita.
¿Registrar sus cosas? ¡Pero si yo no entro en la habitación de nadie!
Presiono mis labios.
—¡Yo no registré nada de tus cosas! —le devolví el grito.
—¡Entraste a mi habitación! —gritó aún más alto el idiota este, enfureciéndome más.
—¡YO NO HE ENTRADO A TU HABITACIÓN, MALDITO IDIOTA! —le grité fuerte, y se quedó plasmado en su lugar.
¿Qué le picó a este?
Nunca lo había visto así, de molesto con alguien. No lo había visto gritarle así a alguien, aunque siempre supe que por dentro tenía muchas ganar de hacerlo. Hoy justamente, me parece que lo han hecho enojar mucho. ¿Pero quién? Si yo no he sido, ¿quién fue?
Me culpa de algo que yo no he sido, no necesitaría yo registrar sus cosas.
—Eras tú en las cámaras, Rusterfell—dice confiado y le miro molesta.
—Maldito idiota, qué yo no he sido—le digo firme, sin perder mi vista de aquellos ojos grises—. Yo nunca miento.
—¿¡Si no fuiste tú, quién!? —gritó y lanzó unas cuántas patadas al saco y luego se jaló el cabello, desesperado.
Algo pasó aquí, algo se le llevaron cómo para que esté así de desesperado, algo le quitaron de su habitación. Relajo mi cuerpo un poco, mi ira se esfuma, y le doy una mirada suave. Observo sus ojos, y sólo veo, lamento, dolor y tristeza.
—¿Se han robado algo, no es así? —pregunté lo más calmada que pude.
Caín se dejó caer al suelo, abrazando a sus rodillas.
—Caín...
—Tales, llámame Tales—me interrumpió, y asentí.
—Tales—repetí, su nombre o apodo—¿Qué fue lo que se llevaron?
—El collar de mi novia... —dijo a lo bajo, un tanto dolido.
Me quedé quieta, en este momento, se ve débil e indefenso. Veo estúpido que un hombre se vea así, débil porque se le han llevado el collar de un simple pasado. Los vellos se me erizan de repente, y me siento un tanto extraña, y ese lado extraño me pide que ayude a Caín, a conseguir aquél collar.
Suspiré, miré la hora en mi reloj y eran las once y cincuenta. En este momento tengo que irme a mi habitación. Me arrodillo delante de él, y coloco mi mano en su hombro desnudo de nuevo —Sí, Caín está sin camisa— y vuelvo a sentir aquella corriente extraña. La ignoro y le doy un leve apretón a su hombro.
—Te ayudaré a encontrarlo—le prometí—. Iré por cada habitación contigo, hasta encontrarlo.
Subió su cabeza, y pude notar como el sudor corría por su frente. Su cabello húmedo en sudor, se pegaba a su frente. Sus ojos grises me miraban de una manera intensa, de una manera familiar y extraña que me abrumaba. Y noté que, estaba mirando de una forma pervertida a Caín. Sí, diablos, ahora que me fijo, el condenado es muy sexy.
—Avísame cuándo—dijo y asentí.
Mire sus manos un tanto ensangrentadas.
—Por favor,cura tus manos—le pedí y salí de ahí.
En cuanto salí rápido de ahí, corrí a mi habitación, y frente a mi puerta ya estaba Rosalie.
—Entra, rápido—le ordené bajo.
Entró en mi habitación,y yo la seguí. Le pedí que se sentara y que antes de ver su expediente, y toda su información le pedí que me dijera que encontró.
—Caín no se llama Caín—dijo con más confianza, y si no estuviera sentada, me fuera de culo en este estúpido momento—. Tales Matthew Diubrak Coleman, lo demás querrás verlo tú solita—dijo, y me sorprende cómo pudo agarrar confianza en tan sólo segundos, minutos, horas.
Él me había dicho su nombre.
¿Por qué?
—Sé lo que estás pensando—dijo y mi cara se tornó a una confundida—. Podría confiar en ti hasta con los ojos cerrados, Abby.
Y así como entró, se fue.
Miré la carpeta negra y la abrí, y así como dijo Rosalie, Caín se llamaba Tales. Caín Falew, era sólo un apodo. Un nombre disfraz, y lo peor de todo, es que Dominic debe de saberlo. Y nunca lo dijo. De pronto siento, cómo poco a poco caigo dándome cuenta que en esta asociación hay gato encerrado. Y que hay secretos ocultos que ya me encargaré de descubrir.
Seguí mirando, y Tales tenía veintitrés. Nació en 1993 del 31 de Octubre,día de Halloween. Ese muchacho podría ser el mismísimo diablo, y yo su ángel del infierno tal vez.
Seguí mirando, y dice que vivía en las calles de Los Ángeles. Y no encontré nada más interesante, sólo una foto de él, en shorts y camiseta, y justamente había un tatuaje de un lobo chico en su pierna derecha. Me guardaría esta foto. No encontré nada más, sólo su nombre verdadero, fecha y no más.
Guardé la carpeta en mi bóveda, que ahí nadie sabría donde está.
Me acosté en mi cama, mirando el techo.
Y pensando en Tales.
Detrás de Caín, había una verdad oculta.
Y encontraría cual sería, porqué el nombre falso.
Y el porqué de Dominic lo oculta.
***
Suelto un suspiro muy pesado.
Últimamente estos días, he tenido un peso encima de mi espalda que no me lo quito ni yo misma. Y me he dado cuenta que es porque le he prometido a Tales que buscaría el collar que se han robado. En este momento me dirigía a la sala de vigilancia, para mirar las cámaras que dan al cuarto de Tales, para averiguar quién entró.
En medio de las puertas están unos de los vigilantes, quiénes me saludan con un asentimiento de cabeza, y yo hago lo mismo. Me abren la puerta, dejando que entre. Busqué a Clark,quién veía las cámaras día y noche. Me lo encontré en el segundo estudio, revisando algunos papeles y no sé qué más.
—Clark—saludé.
Él se espantó al escucharme, y casi soltaba los papeles que traía en manos.
—¿Qué necesitas? —preguntó, yendo directamente al grano.
Volví a suspirar.
Maldita sea, esta semana sólo me he encargado de suspirar mucho.
—Registra las cámaras de la habitación 152,de Caín por favor—le pedí.
Él fue al otro estudio, y se sentó en su silla mientras, marcaba rápidamente los teclados de la computadora que tenía al frente.
—Aquí está—dice—. ¿Lo reproduzco?
Asentí.
Miré atentamente la pantalla, y vi como Tales salía de su habitación. Cerrando con llave, y luego se iba. Segundos después, veinte segundos como máximo, una chica abría la cerradura de la habitación. En un momento gira a un punto de la cámara y su rostro es visto.
Más no lo reconozco. Facciones coreanas, y su cabello es verde. Igual al mío. Pero yo no soy coreana.
—¿Puedes hacer una búsqueda en el sistema con su rostro?
—Ya lo he hecho. —sonríe orgulloso—. Su nombre es Syan Jung Cho, se encuentra en la habitación 399.
Sonreí satisfecha.
La había encontrado.
—Gracias, Clark.
(...)
Miré el número, y era el correcto. Tomé la llave que tenía en mano, lista para abrir la puerta, y la mano de Tales se posó en la mía, mandando electricidad extraña por mi cuerpo.
Me sentí rara con él por un momento.
—¿Estás segura que es ella? —pregunta, y en su tono de voz noto desconfianza.
—Sí, lo es.
Él asintió y yo procedí en abrir la puerta.
La puerta se abrió, y una Syan asustada saltó de su cama.
—¡Señorita Abby! —exclamó asustada—. ¿Qué necesita?
Hipócrita.
Le di luz verde a Tales para que la agarrara y me la atara a la silla más cercana, y así lo hizo. Miré el cuarto, y noté un lugar en específico que tenía una g****a. Me acerqué allí, a paso lento. Ignoré los gritos de Jung, y abrí la g****a.
Dentro de ella, había un collar y papeles de información. Tomé todo eso, y lo lancé a su cama. Menos el collar. Miré el collar, y era de un corazón. De esos que se abrían en dos, y que tenía una foto dentro. El collar se me hacía extrañamente familiar, que cuando lo fuí a abrir, a ver si tenía una foto dentro, fue arrebatado de mis manos.
—¡Oye! —le grité a Tales—. ¡Quiero ver!
—Eh, no—susurró algo tímido, rascándose la nuca.
Solté un pequeño bufido, pero no se me quitaban las ganas de querer ver aquél collar que de seguro yo conocía, pero no recordaba de dónde. Se me hacía extrañamente muy familiar.
Tomé los papeles, y miré cada uno. Hablaban de los pasadizos secretos de la asociación,puntos débiles e información más secreta. También había planos de dónde encontrar la sala de armamentos, y el búnker que habíamos creado.
Entre nosotros había una maldita traidora, y tal vez más.
Me acerqué a Syan, tomando su cabello. Le pegué un puñetazo en la nariz, luego otro en la cara. La sangre de su nariz brotaba demasiado. Le había roto la nariz y no me preocupaba por ello.
—Me dirás dónde se encuentra él.
—¡Vete al infierno! —me escupió, pero en mi cara no cayó.
Pequeños microsegundos después observé como Tales le pegaba un puñetazo fuerte, que la dejó noqueada.
—¿Qué encontraste? —preguntó.
—Traidores—le informé—. Hay traidores entre nosotros.
—Creo que ya es suficiente—le reprocho.
Él se gira, mirándome asqueado.
—Creí haber dicho que no quería a nadie aquí—dice y mi cara se vuelve roja de ira.
—No eres nadie para decir y mandar.
—¡No eres nadie para registrar mis cosas! —grita dejándome atónita.
¿Registrar sus cosas? ¡Pero si yo no entro en la habitación de nadie!
Presiono mis labios.
—¡Yo no registré nada de tus cosas! —le devolví el grito.
—¡Entraste a mi habitación! —gritó aún más alto el idiota este, enfureciéndome más.
—¡YO NO HE ENTRADO A TU HABITACIÓN, MALDITO IDIOTA! —le grité fuerte, y se quedó plasmado en su lugar.
¿Qué le picó a este?
Nunca lo había visto así, de molesto con alguien. No lo había visto gritarle así a alguien, aunque siempre supe que por dentro tenía muchas ganar de hacerlo. Hoy justamente, me parece que lo han hecho enojar mucho. ¿Pero quién? Si yo no he sido, ¿quién fue?
Me culpa de algo que yo no he sido, no necesitaría yo registrar sus cosas.
—Eras tú en las cámaras, Rusterfell—dice confiado y le miro molesta.
—Maldito idiota, qué yo no he sido—le digo firme, sin perder mi vista de aquellos ojos grises—. Yo nunca miento.
—¿¡Si no fuiste tú, quién!? —gritó y lanzó unas cuántas patadas al saco y luego se jaló el cabello, desesperado.
Algo pasó aquí, algo se le llevaron cómo para que esté así de desesperado, algo le quitaron de su habitación. Relajo mi cuerpo un poco, mi ira se esfuma, y le doy una mirada suave. Observo sus ojos, y sólo veo, lamento, dolor y tristeza.
—¿Se han robado algo, no es así? —pregunté lo más calmada que pude.
Caín se dejó caer al suelo, abrazando a sus rodillas.
—Caín...
—Tales, llámame Tales—me interrumpió, y asentí.
—Tales—repetí, su nombre o apodo—¿Qué fue lo que se llevaron?
—El collar de mi novia... —dijo a lo bajo, un tanto dolido.
Me quedé quieta, en este momento, se ve débil e indefenso. Veo estúpido que un hombre se vea así, débil porque se le han llevado el collar de un simple pasado. Los vellos se me erizan de repente, y me siento un tanto extraña, y ese lado extraño me pide que ayude a Caín, a conseguir aquél collar.
Suspiré, miré la hora en mi reloj y eran las once y cincuenta. En este momento tengo que irme a mi habitación. Me arrodillo delante de él, y coloco mi mano en su hombro desnudo de nuevo —Sí, Caín está sin camisa— y vuelvo a sentir aquella corriente extraña. La ignoro y le doy un leve apretón a su hombro.
—Te ayudaré a encontrarlo—le prometí—. Iré por cada habitación contigo, hasta encontrarlo.
Subió su cabeza, y pude notar como el sudor corría por su frente. Su cabello húmedo en sudor, se pegaba a su frente. Sus ojos grises me miraban de una manera intensa, de una manera familiar y extraña que me abrumaba. Y noté que, estaba mirando de una forma pervertida a Caín. Sí, diablos, ahora que me fijo, el condenado es muy sexy.
—Avísame cuándo—dijo y asentí.
Mire sus manos un tanto ensangrentadas.
—Por favor,cura tus manos—le pedí y salí de ahí.
En cuanto salí rápido de ahí, corrí a mi habitación, y frente a mi puerta ya estaba Rosalie.
—Entra, rápido—le ordené bajo.
Entró en mi habitación,y yo la seguí. Le pedí que se sentara y que antes de ver su expediente, y toda su información le pedí que me dijera que encontró.
—Caín no se llama Caín—dijo con más confianza, y si no estuviera sentada, me fuera de culo en este estúpido momento—. Tales Matthew Diubrak Coleman, lo demás querrás verlo tú solita—dijo, y me sorprende cómo pudo agarrar confianza en tan sólo segundos, minutos, horas.
Él me había dicho su nombre.
¿Por qué?
—Sé lo que estás pensando—dijo y mi cara se tornó a una confundida—. Podría confiar en ti hasta con los ojos cerrados, Abby.
Y así como entró, se fue.
Miré la carpeta negra y la abrí, y así como dijo Rosalie, Caín se llamaba Tales. Caín Falew, era sólo un apodo. Un nombre disfraz, y lo peor de todo, es que Dominic debe de saberlo. Y nunca lo dijo. De pronto siento, cómo poco a poco caigo dándome cuenta que en esta asociación hay gato encerrado. Y que hay secretos ocultos que ya me encargaré de descubrir.
Seguí mirando, y Tales tenía veintitrés. Nació en 1993 del 31 de Octubre,día de Halloween. Ese muchacho podría ser el mismísimo diablo, y yo su ángel del infierno tal vez.
Seguí mirando, y dice que vivía en las calles de Los Ángeles. Y no encontré nada más interesante, sólo una foto de él, en shorts y camiseta, y justamente había un tatuaje de un lobo chico en su pierna derecha. Me guardaría esta foto. No encontré nada más, sólo su nombre verdadero, fecha y no más.
Guardé la carpeta en mi bóveda, que ahí nadie sabría donde está.
Me acosté en mi cama, mirando el techo.
Y pensando en Tales.
Detrás de Caín, había una verdad oculta.
Y encontraría cual sería, porqué el nombre falso.
Y el porqué de Dominic lo oculta.
***
Suelto un suspiro muy pesado.
Últimamente estos días, he tenido un peso encima de mi espalda que no me lo quito ni yo misma. Y me he dado cuenta que es porque le he prometido a Tales que buscaría el collar que se han robado. En este momento me dirigía a la sala de vigilancia, para mirar las cámaras que dan al cuarto de Tales, para averiguar quién entró.
En medio de las puertas están unos de los vigilantes, quiénes me saludan con un asentimiento de cabeza, y yo hago lo mismo. Me abren la puerta, dejando que entre. Busqué a Clark,quién veía las cámaras día y noche. Me lo encontré en el segundo estudio, revisando algunos papeles y no sé qué más.
—Clark—saludé.
Él se espantó al escucharme, y casi soltaba los papeles que traía en manos.
—¿Qué necesitas? —preguntó, yendo directamente al grano.
Volví a suspirar.
Maldita sea, esta semana sólo me he encargado de suspirar mucho.
—Registra las cámaras de la habitación 152,de Caín por favor—le pedí.
Él fue al otro estudio, y se sentó en su silla mientras, marcaba rápidamente los teclados de la computadora que tenía al frente.
—Aquí está—dice—. ¿Lo reproduzco?
Asentí.
Miré atentamente la pantalla, y vi como Tales salía de su habitación. Cerrando con llave, y luego se iba. Segundos después, veinte segundos como máximo, una chica abría la cerradura de la habitación. En un momento gira a un punto de la cámara y su rostro es visto.
Más no lo reconozco. Facciones coreanas, y su cabello es verde. Igual al mío. Pero yo no soy coreana.
—¿Puedes hacer una búsqueda en el sistema con su rostro?
—Ya lo he hecho. —sonríe orgulloso—. Su nombre es Syan Jung Cho, se encuentra en la habitación 399.
Sonreí satisfecha.
La había encontrado.
—Gracias, Clark.
(...)
Miré el número, y era el correcto. Tomé la llave que tenía en mano, lista para abrir la puerta, y la mano de Tales se posó en la mía, mandando electricidad extraña por mi cuerpo.
Me sentí rara con él por un momento.
—¿Estás segura que es ella? —pregunta, y en su tono de voz noto desconfianza.
—Sí, lo es.
Él asintió y yo procedí en abrir la puerta.
La puerta se abrió, y una Syan asustada saltó de su cama.
—¡Señorita Abby! —exclamó asustada—. ¿Qué necesita?
Hipócrita.
Le di luz verde a Tales para que la agarrara y me la atara a la silla más cercana, y así lo hizo. Miré el cuarto, y noté un lugar en específico que tenía una g****a. Me acerqué allí, a paso lento. Ignoré los gritos de Jung, y abrí la g****a.
Dentro de ella, había un collar y papeles de información. Tomé todo eso, y lo lancé a su cama. Menos el collar. Miré el collar, y era de un corazón. De esos que se abrían en dos, y que tenía una foto dentro. El collar se me hacía extrañamente familiar, que cuando lo fuí a abrir, a ver si tenía una foto dentro, fue arrebatado de mis manos.
—¡Oye! —le grité a Tales—. ¡Quiero ver!
—Eh, no—susurró algo tímido, rascándose la nuca.
Solté un pequeño bufido, pero no se me quitaban las ganas de querer ver aquél collar que de seguro yo conocía, pero no recordaba de dónde. Se me hacía extrañamente muy familiar.
Tomé los papeles, y miré cada uno. Hablaban de los pasadizos secretos de la asociación,puntos débiles e información más secreta. También había planos de dónde encontrar la sala de armamentos, y el búnker que habíamos creado.
Entre nosotros había una maldita traidora, y tal vez más.
Me acerqué a Syan, tomando su cabello. Le pegué un puñetazo en la nariz, luego otro en la cara. La sangre de su nariz brotaba demasiado. Le había roto la nariz y no me preocupaba por ello.
—Me dirás dónde se encuentra él.
—¡Vete al infierno! —me escupió, pero en mi cara no cayó.
Pequeños microsegundos después observé como Tales le pegaba un puñetazo fuerte, que la dejó noqueada.
—¿Qué encontraste? —preguntó.
—Traidores—le informé—. Hay traidores entre nosotros.