El paisaje que se percibía a través de la ventana había ido cambiando gradualmente desde que había comenzado el viaje. Las montañas comenzaron a desaparecer una hora después de su partida y en ese momento solo quedaba alguna meseta en la lejanía y los pastos y árboles comenzaron a ocupar el lugar. El camarote en que se encontraban era cálido y reconfortante. Crista había puesto una parte de sus ahorros para poder viajar cómodos. Luego de la batalla, los dos estaban exhaustos y apenas habían hablado. Sabían que estaban escapando de algún peligro y eso no los ponía de buen humor. Sabían que deberían irse lejos y esconderse, pero a la vez, tratar de vivir la vida, pues tampoco sabían que debían hacer y en ese momento, Heben y Crista, debían cuidar de la piedra filosofal. Ella la sentía la

