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Lucinda Mascherano: Heredera del Infierno

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Descripción

Desde que tenía dos años, Lucinda fue marcada por el destino. Un accidente la dejó huérfana, pero no sola. Fue adoptada por Enzo Mascherano, un poderoso jefe de la mafia italiana, quien la crió en su mundo de poder, sangre y lealtad.Bajo su protección, Lucinda creció con todas las comodidades, pero también conociendo las reglas del bajo mundo. Su vida era un equilibrio entre la obediencia a su padre y los pequeños momentos en los que se permitía ser una joven normal. Hasta aquella noche.Una fiesta, un desconocido con un acento ruso, un beso que encendió un deseo desconocido… y un error que creía poder olvidar. Pero el pasado siempre regresa, y lo que pensó que sería una noche sin consecuencias terminará entrelazándola con un peligro que jamás imaginó.Porque en el mundo de la mafia, nada es un accidente.Un dark romance lleno de pasión, intriga y secretos donde el amor y el peligro bailan al mismo ritmo.

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LUCINDA
Cuando tenía apenas dos años, un trágico accidente de tránsito cambió mi vida para siempre. Mis padres murieron en el acto, pero yo, por un golpe de suerte o quizás por destino, salí ilesa gracias al asiento especial para niños en la parte trasera del auto. Sin familia que pudiera hacerse cargo de mí, fui llevada a un orfanato. No pasé mucho tiempo allí. Una pareja decidió adoptarme, y al principio pensé que era simplemente porque no podían tener hijos. Sin embargo, pronto descubriría que no eran una familia común y corriente. El hombre que ahora llamaba "padre" era nada más y nada menos que uno de los jefes más poderosos de la mafia: Enzo Mascherano. Un nombre que infundía respeto y miedo en igual medida. Me llevaron a su casa, una imponente mansión donde la opulencia se mezclaba con la sombra del peligro. No tardé en darme cuenta de que no solo me habían adoptado para darme un hogar, sino porque veían en mí a su heredera, la futura sucesora del imperio Mascherano. A pesar del mundo en el que crecí, mis nuevos padres me trataron con amor. Enzo y su esposa, Isabella, jamás me hicieron sentir como una extraña. Desde el primer día, me envolvieron con su cariño y protección. Isabella era una mujer elegante y fuerte, pero cuando estaba conmigo, su dureza se desvanecía, dándome abrazos cálidos y susurrándome que ahora era su princesa. Enzo, por otro lado, era un hombre de pocas palabras, pero en su mirada siempre había orgullo cuando me veía. Fui criada con lujos, pero también con disciplina. Desde pequeña me enseñaron que ser parte de la familia Mascherano significaba ser fuerte, nunca mostrar debilidad. A los seis años, comenzó a recibir educación privada con los mejores tutores. Si bien el italiano era su lengua materna, aprendió inglés, francés y ruso con la facilidad de quien ha nacido para moverse en un mundo donde los idiomas son armas. Isabella se aseguraba de que su educación fuera impecable, mientras que Enzo le mostraba, de forma sutil pero firme, la realidad del negocio familiar. A los diez, entendió que no podía confiar en cualquiera. Aunque vivía en una mansión rodeada de lujos, también estaba rodeada de hombres armados y miradas cautelosas. Aprendió que la lealtad era un bien más valioso que el oro y que un solo error podía costar la vida. A los doce, su padre la llevó por primera vez a un campo de tiro. “Una Mascherano nunca es una víctima”, le dijo antes de colocar una pistola en sus manos. No fue fácil, pero Lucinda no se permitió fallar. Aprendió a disparar con precisión, a defenderse si era necesario y, sobre todo, a mantener la calma en situaciones de peligro. A los catorce, dejó de ser solo la hija del jefe. Su presencia en las reuniones familiares ya no era una simple formalidad; comenzó a escuchar, a analizar, a entender el juego de poder que movía el mundo de los Mascherano. También comprendió que, en un mundo gobernado por hombres, ser mujer significaba que tendría que demostrar su valía con más fuerza. Isabella la guió en el arte de la diplomacia y la manipulación sutil, mientras Enzo le enseñaba que la verdadera autoridad no se exige, sino que se impone con acciones. A los dieciséis, ya no era solo una observadora. Se convirtió en una pieza clave en algunos negocios, usando su inteligencia y su apellido como sus mejores armas. No solo era la heredera, sino una digna sucesora. A los dieciocho, ya nadie osaba verla como una niña. Su mirada reflejaba la astucia de su padre y la elegancia de su madre. Enzo sabía que el momento se acercaba: pronto, el mundo conocería a Lucinda Mascherano no solo como la hija del jefe, sino como la futura líder de un imperio construido sobre respeto, poder y miedo. Ahora, la pregunta no era si tomaría el control del legado Mascherano. La pregunta era cuándo y cómo lo haría. Lucinda no pasaba su vida entera entre negocios y estrategias. A pesar de ser la heredera de la familia Mascherano, también disfrutaba de su juventud, y su padre, Enzo, se aseguraba de consentirla en todo lo que quisiera. Siempre había sido una hija obediente, respetuosa y leal. Para ella, lo que su padre decía era ley, y como nunca le daba razones para dudar de su comportamiento, él le otorgaba libertades que pocas hijas de la mafia podían tener. Lo mejor era que sus amigas también eran hijas de socios de su padre, por lo que no había peligro en que se relacionara con ellas. Entre todas, Angélica era su cómplice más cercana. El sonido del teléfono interrumpió sus pensamientos. —¿Alo? —respondió Lucinda. —¿Estás lista para la fiesta de hoy? —preguntó Angélica con su habitual energía. Lucinda frunció el ceño. —¿Tú y tu costumbre de avisarme a último momento? —Si te aviso con tiempo, rechazas las salidas. Así que cuando lo hago en el último minuto, no puedes negarte. Vístete, hermosa. Paso por ti a las ocho. Antes de que pudiera protestar, Angélica colgó. Lucinda miró el teléfono con incredulidad y luego suspiró con una sonrisa. —Esa niña me va a matar algún día... No sé cómo carajos tenemos la misma edad y ella es tan loca. Sacudió la cabeza, riendo para sí misma, y dejó el teléfono sobre la cama. Antes de elegir su ropa, salió de su habitación y caminó hacia la oficina de su padre. Toc, toc. —¿Quién? —resonó la voz firme de Enzo desde adentro. —Soy yo, papá. ¿Puedo pasar? La puerta se abrió casi de inmediato y su padre la miró con una ceja levantada. —A ver, ¿qué locura se le ocurrió ahora a Angélica? Lucinda sonrió. Su padre ya la conocía demasiado bien. —¿Por qué piensas que vengo por algo que me haya dicho Angélica? Enzo cruzó los brazos. —Porque es la única razón por la que tocarías mi puerta un viernes a las siete de la noche. Lucinda soltó una carcajada. —Papi… ¿me das permiso para ir a una fiesta hoy a las ocho? Enzo negó con la cabeza, pero sonrió. —Cariño, sabes que no tienes que pedirme permiso. Ve, disfruta, pero sé responsable. Y si llega a pasar algo… Lucinda lo interrumpió con una sonrisa traviesa y terminó la frase por él: —Mato y después papá limpia. Enzo rio con orgullo y le revolvió el cabello con cariño. —Exacto, mi pequeña. Ahora ve y alístate.

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