RUSO

1061 Palabras
Lucinda le dio un abrazo fuerte antes de salir corriendo escaleras arriba. Entró a su habitación y se puso un short de jean con un crop top, dejando su cabello suelto en ondas naturales. Su maquillaje era sencillo, pero resaltaba sus facciones perfectamente. Lista para la fiesta. A las ocho en punto, un auto n***o con chofer se detuvo frente a la mansión Mascherano. De él bajó Angélica con su energía de siempre, luciendo un vestido corto combinado con tenis. Era un código no oficial entre ellas: no importaba el lugar, los tenis eran imprescindibles. Si pasaba algo, era mucho más fácil correr con ellos que con tacones. —¡Buenas noches! —saludó Angélica con su entusiasmo habitual mientras entraba con confianza. Lucinda se despidió de su madre con un beso en la mejilla. —Chao, mamá. No me esperes despierta, tal vez me quede en la casa de Angélica. —Diviértanse, pero sean responsables —respondió su madre con una sonrisa, acostumbrada ya a las salidas de las dos. Sin perder tiempo, Lucinda tomó a Angélica del brazo y subieron juntas al auto. —No sé cómo logras que el tío Félix te deje salir con esos vestidos —comentó Lucinda mientras se acomodaba en el asiento. Félix Santoneri, el padre de Angélica, no solo era un hombre imponente y respetado en los negocios, sino también el mejor amigo de Enzo Mascherano. Por eso, Lucinda siempre lo había llamado “tío”. Angélica se rio con picardía. —Fácil, cariño. No se dio cuenta de cómo salí. Y cuando vuelva, aquí tengo un bolso con un short. Me lo pongo debajo y listo. Lucinda negó con la cabeza, riendo. —Eres un caso perdido. El trayecto fue corto y lleno de risas. Al llegar a la fiesta, la música retumbaba en el ambiente y las luces iluminaban la casa en la que la celebración estaba en su mejor momento. Sin dudarlo, ambas cruzaron la entrada, listas para disfrutar la noche. La música vibraba en el ambiente, y Lucinda y Angélica no habían parado de bailar. Entre risas y movimientos al ritmo de la música, la noche se sentía joven y llena de energía. De pronto, un joven de unos pocos años mayor que Lucinda se acercó con seguridad. Su porte era elegante, su mirada profunda y misteriosa. Cuando habló, su voz se deslizó en un italiano casi perfecto. —Principessa, permettimi di ballare con te. (princesa me permite bailar junto a usted) Lucinda rió, sorprendida por la formalidad de su tono. —¿Por qué no? —aceptó con una sonrisa, dejando que la guiara a la pista. Mientras se movían juntos al ritmo de la música, Lucinda no pudo evitar notar algo en su acento. —Hablas bien, pero yo sí soy italiana… y se nota que tú no lo eres —comentó, mirándolo con curiosidad. El joven se inclinó levemente hacia su oído y susurró con un tono grave y atractivo: —Soy ruso, princesa. Lucinda sintió un escalofrío recorrer su espalda. Su acento le resultaba intrigante. —¿Y qué hace un joven ruso en Italia? —Vacaciones, princesa. ¿Y será que este humilde servidor puede saber tu nombre? Lucinda lo miró fijamente. Era atractivo, tenía una presencia que imponía y una sonrisa que desprendía confianza. Pero no podía decirle su apellido tan fácilmente. Si era alguien ajeno a su mundo, lo más probable es que se alejara. —Lucinda… Un gusto. ¿Y tú? El joven le sostuvo la mirada con un destello de diversión antes de responder: —Elías. Un placer conocerte, princesa. La conversación se deslizaba con naturalidad, y la química entre ellos era innegable. Bailaban cada vez más pegados, como si el resto de la fiesta hubiera desaparecido. Cuando la música cambió a un ritmo más pausado, Angélica apareció junto a ellos, acompañada por un chico que también parecía interesado en ella. —Lu, voy a estar por allá un rato. Nos vemos luego —le dijo con una sonrisa pícara, guiñándole un ojo antes de desaparecer entre la multitud. Lucinda solo negó con la cabeza, divertida. Sin embargo, en cuanto volvió su atención a Elías, el ambiente cambió. Entre ellos solo quedaba esa tensión palpable, ese magnetismo que hacía que cada roce pareciera intencional. Lucinda tomó un trago, disfrutando del sabor y de la compañía. Elías la observaba con intensidad, su mirada fija en sus labios. Y entonces, sin previo aviso, él acortó la distancia entre ellos y la besó. El primer contacto fue inesperado, pero en cuanto Lucinda sintió el calor de su boca, se dejó llevar. El beso se intensificó, volviéndose cada vez más desesperado. Sus cuerpos se amoldaban con una necesidad urgente. Lucinda sintió la calidez de los labios de Elías contra los suyos, y su mente se nubló. Todo en él era atrayente: su voz, su mirada, la forma en que la tocaba con una seguridad que hacía temblar su cuerpo. No supo en qué momento sus pies la guiaron fuera de la fiesta, ni cómo terminaron en la parte trasera del auto de Elías, pero ahí estaban, envueltos en un torbellino de deseo incontrolable. Sus manos temblaban, no de miedo, sino de anticipación. Nunca antes había estado con un hombre. Siempre había sido cuidadosa, siempre mantuvo su distancia… pero con él, todo se sentía distinto. Cada caricia de Elías encendía su piel de una manera desconocida, cada beso la arrastraba más al abismo del placer. Y entonces, simplemente se dejó llevar. No pensó en su apellido, en la familia a la que pertenecía, en las consecuencias. Solo en el momento, en el calor de su cuerpo, en la intensidad de la pasión. Cuando todo terminó, Lucinda quedó acostada junto a él, con la respiración agitada y el corazón latiéndole con fuerza en el pecho. Miró el techo del auto, intentando procesar lo que había hecho. Había entregado lo que nunca antes le había dado a nadie. Elías la atrajo hacia él, deslizando los dedos por su brazo desnudo, pero ella se apartó suavemente. —Debo irme —susurró, sintiendo un nudo en la garganta. Se vistió en silencio, sin mirarlo demasiado. No sabía qué la había envuelto, qué la había hecho cometer ese desliz de una noche, pero algo dentro de ella le decía que jamás volvería a verlo. Y quizás, era mejor así.
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