Los días pasaron y Lucinda intentó enterrar en lo más profundo de su mente aquella noche. Volvió a su rutina, a su vida entre lujos y responsabilidades dentro de la familia Mascherano. Pero algo en ella había cambiado.
A los pocos meses, su padre, Enzo Mascherano, decidió que era hora de que comenzara su entrenamiento formal. No solo debía conocer el negocio, sino también ser capaz de defenderse en cualquier situación.
—Es momento de que aprendas a luchar, bambina —le dijo Enzo una mañana en su despacho.
—¿Luchar? —Lucinda arqueó una ceja, sorprendida.
—No eres una niña común, Lucinda. Eres mi hija, y el apellido Mascherano conlleva riesgos. No siempre habrá alguien para protegerte. Quiero que seas fuerte. Quiero que seas capaz de acabar con cualquiera que intente hacerte daño.
Lucinda entendió en ese momento que su padre no estaba pidiendo su opinión. Simplemente le estaba informando lo que sucedería.
Así fue como, a los dieciocho años, comenzó su entrenamiento con los mejores hombres de su padre. Los guerreros de los Mascherano eran letales, expertos en combate cuerpo a cuerpo y armas. Al principio, la veían como la hija mimada del jefe, pero rápidamente se dieron cuenta de que Lucinda no tenía intenciones de rendirse.
Los primeros días fueron brutales. Cada golpe, cada caída, cada fallo le recordaba lo frágil que era comparada con ellos. Pero no se dejó vencer. Con el tiempo, sus reflejos mejoraron, su resistencia aumentó, y su cuerpo empezó a moldearse con la dureza del entrenamiento.
Uno de sus instructores, Vittorio, un hombre corpulento y de mirada severa, la empujaba hasta el límite.
—Si caes, te levantas. Si sangras, te limpias. Pero nunca te rindas —le gruñó un día, después de que ella terminara en el suelo tras una llave de derribo.
Lucinda escupió a un lado, respiró hondo y se puso de pie, con una sonrisa desafiante.
—Nunca me rindo.
Meses después, ya no era la misma chica que había sido en aquella fiesta. Se había convertido en alguien más fuerte, más peligrosa. Sabía disparar con precisión, pelear cuerpo a cuerpo y, lo más importante, conocía su valor dentro de la organización.
Ahora, no solo era la hija de Enzo Mascherano.
Era su heredera.
Lucinda empezó a invitar a Angélica a entrenar con ella, insistiendo en que también debía aprender a luchar. Ambas eran hijas únicas en sus familias, pero sus futuros eran muy diferentes. Mientras que Lucinda heredaría un imperio donde la fuerza y la sangre eran moneda de cambio, Angélica estaba destinada a manejar compañías de negocios importantes. No tenía que ensuciarse las manos, pues para eso estaban los Mascherano, aliados y protectores de los Santoneri.
Sin embargo, Lucinda sabía que el mundo en el que crecieron era peligroso. Ser hija de un hombre poderoso no las hacía intocables, al contrario, las convertía en objetivos. Secuestros, amenazas, intentos de extorsión… todo era posible.
—No siempre estarás rodeada de guardaespaldas, Angélica —le dijo Lucinda un día mientras ajustaba las vendas en sus manos—. Si alguien llega a tomar ventaja sobre ti, quiero que puedas defenderte.
Para sorpresa de ambas, la energía arrolladora de Angélica le sirvió bien en la lucha. No tenía la misma técnica refinada de Lucinda ni su resistencia, pero aprendía rápido y tenía reflejos naturales.
—¡Vamos, que si me vas a invitar a entrenar, al menos aguanta un poco más! —se burló Angélica una tarde, justo después de lograr derribar a Lucinda con una llave sorpresa.
Lucinda rió desde el suelo, frotándose el brazo.
—Te juro que en un par de años te arrepentirás de haber dicho eso.
Aunque Angélica nunca llegaría al nivel de Lucinda, se volvió lo suficientemente hábil para defenderse. Y eso era lo importante. En su mundo, no podían darse el lujo de ser débiles.
El tiempo pasó y, a medida que Lucinda se fortalecía, también lo hacía su influencia dentro de la familia Mascherano. Ya no era solo la hija del jefe; ahora tenía su propio ejército. Hombres leales, entrenados por ella misma, que solo respondían a su mando.
Entre ellos, su mano derecha era Dereck, un joven ruso proveniente de una familia con la que Enzo tenía conexiones. Había sido enviado a Italia por su propio padre, con la esperanza de que Enzo lo pusiera en cintura. Sin embargo, fue Lucinda quien terminó domándolo… a su manera.
Desde el primer momento, chocaron. Dereck era terco, rebelde y no aceptaba órdenes con facilidad. Pero Lucinda tenía algo que él respetaba: fuerza y determinación. No tardó en entender que ella no era una niña mimada, sino alguien con el poder y la inteligencia para liderar.
Con el tiempo, la rivalidad se convirtió en respeto, y el respeto en una amistad inquebrantable. Dereck se convirtió en su sombra, en su confidente, en el único que podía desafiarla sin temor a represalias.
Una tarde, mientras entrenaban en el gimnasio privado de Lucinda, ella recibió una llamada. Revisó el reloj y suspiró, deteniéndose en medio de la práctica.
—Dereck, tengo que irme a una reunión. Termina el entrenamiento y, si me entero de que no lo hacen completo, tú lo vas a pagar caro.
El ruso se apoyó contra el saco de boxeo con una sonrisa ladina, cruzándose de brazos.
—Tranquila, jefa. Todo al pie de la letra, como usted manda.
Lucinda rodó los ojos, pero no pudo evitar sonreír antes de girarse y salir del gimnasio. Sabía que podía confiar en él. Dereck no solo era su mano derecha, era uno de los pocos en los que realmente podía apoyarse.