Lucinda llegó a la oficina de su padre con el ceño fruncido. No solía ser convocada sin motivo, y menos en medio de su entrenamiento.
—Siéntate, bambina —ordenó Enzo con su tono grave y autoritario.
Ella obedeció sin protestar, pero su instinto le decía que algo no estaba bien. Lo confirmó al notar la presencia de su madre junto a él. No era común verla allí; su madre siempre decía que no interfería en las conversaciones entre padre e hija para no interrumpir la "dinámica" de su relación.
Lucinda entrecerró los ojos, cruzándose de brazos.
—Dime, padre, ¿para qué me necesitas? Sabes que no me gusta ser interrumpida a menos que sea algo importante.
—Cariño, deja que tu padre hable —intervino su madre con una suavidad inusual.
Lucinda arqueó una ceja, sintiendo que lo que estaba por escuchar no le iba a gustar nada. Su padre, con la expresión impasible de siempre, finalmente habló:
—Bambina, tu madre y yo hemos decidido que es hora de que te cases.
Por un segundo, reinó el silencio. Luego, una carcajada escapó de sus labios.
—Qué buena broma… No, en serio, ¿para qué me llamaron?
—No es una broma, cariño —insistió su madre con tono paciente—. Hablamos en serio. Queremos que te cases.
El rostro de Lucinda se endureció de inmediato.
—Ma per tutto il cielo, siete impazziti! (pero por todos los cielos habéis enloquecido)—exclamó en su italiano natal, indignada.
Cuando se enfadaba con sus padres, su primera reacción siempre era cambiar de idioma. Aunque en la familia hablaban español por conveniencia—dado que sus aliados, empleados y guerreros venían de distintos lugares—, el italiano seguía siendo su refugio cuando las emociones la desbordaban.
—Cálmate, Lucinda —dijo su padre con firmeza—. No te estoy preguntando si quieres, es una orden.
La frialdad de esas palabras la dejó inmóvil. Jamás había desobedecido una orden suya.
—Lo siento, padre… Solo que me sorprende. Ni siquiera tengo novio. ¿Cómo se supone que voy a casarme?
Fue su madre quien respondió esta vez, con la tranquilidad de quien ya tenía todo planeado:
—Para eso organizaremos un banquete. Invitaremos a los hombres más importantes y el que mejor se adapte a ti será tu esposo.
Lucinda sintió un nudo formarse en su estómago. Quería gritar, golpear algo, descargar toda la rabia que hervía en su interior. Pero en vez de eso, se forzó a respirar hondo y levantarse.
—¿Eso es todo? Ya me informaron, ¿puedo retirarme?
Su padre asintió. En cuanto obtuvo su permiso, salió de la oficina como alma que lleva el diablo, con la sangre ardiendo en sus venas.
Al llegar al patio de entrenamiento y ver a sus guerreros, se sintió un poco más en control.
—¡A luchar! —ordenó con voz dura.
Y sin esperar más, canalizó su furia en combate. Pateó traseros, derribó a más de uno y se aseguró de que cada golpe suyo fuera sentido. Si querían imponerle un matrimonio, que se prepararan. Porque Lucinda Mascherano no era una mujer a la que se doblegara tan fácilmente.
Una semana después…
—¡Feliz cumpleaños a ti, feliz cumpleaños a ti!
La puerta de la habitación de Lucinda se abrió de golpe, dejando entrar a la única persona capaz de hacer un espectáculo sin sufrir consecuencias: Angélica. Con una sonrisa radiante, cargaba un pastel con velitas encendidas, globos flotando a su alrededor y una caja de regalo entre los brazos.
—¡Levántate! —exclamó con entusiasmo—. ¡Diecinueve años no se cumplen todos los días!
Lucinda gruñó desde la cama, cubriéndose el rostro con la almohada. No tenía ánimos de celebrar. Sin embargo, cuando Angélica dejó todo sobre una mesa y la miró fijamente, su alegría inicial se transformó en preocupación.
—A ver, querida, ¿por qué tienes esa cara?
Lucinda suspiró y se incorporó lentamente.
—Mis padres quieren casarme a la fuerza.
El rostro de Angélica se congeló en una expresión de puro asombro.
—¿Qué? ¿Desde cuándo?
Lucinda se tomó su tiempo para contarle todo, desde la absurda reunión con sus padres hasta la decisión de organizar un banquete para encontrarle marido. Mientras hablaba, Angélica la escuchaba con el ceño fruncido y los labios apretados, conteniéndose para no explotar.
—¿Por qué no me llamaste antes? —preguntó finalmente—. Tal vez mi padre pueda hacer algo… convencer a mi tío de que no haga semejante locura. Hablaremos con él más tarde, pero por ahora olvídate de todo eso. Hoy es tu cumpleaños y vamos a celebrarlo como se debe.
Con una sonrisa cómplice, Angélica tomó la caja de regalo y se la extendió.
—Primero, vamos a destapar esto.
Lucinda la miró con curiosidad antes de desenvolver el paquete. Al abrirlo, encontró un hermoso vestido esmeralda de tela ligera, con una atrevida abertura que iba desde el muslo hasta los pies.
—¡Eres la mejor! —exclamó, maravillada—. Me encanta… pero con este vestido no voy a poder ponerme tenis.
Angélica puso los ojos en blanco, divertida.
—Oh, vamos, estamos en la casa de los Mascherano. No creo que tengamos que salir corriendo esta noche.
Lucinda rió con suavidad y, por primera vez en días, sintió que podía relajarse.
Pasaron el resto del día haciéndose faciales, aplicándose tratamientos capilares y preparándose para la fiesta. Cuando terminaron, Lucinda se observó en el espejo y quedó satisfecha con el resultado.
Su cabello caía en ondas suaves sobre sus hombros, enmarcando su rostro con un brillo natural. El vestido esmeralda realzaba cada una de sus curvas y, como se negó rotundamente a usar tacones, optó por unas elegantes sandalias romanas.
Angélica, por su parte, llevaba un vestido n***o ajustado hasta las rodillas, que resaltaba su figura con perfecta elegancia.
Lucinda respiró hondo, obligándose a olvidar las preocupaciones por una noche. Hoy no era la hija del jefe ni la heredera con un futuro impuesto… Hoy solo sería Lucinda, disfrutando de su cumpleaños junto a su mejor amiga.