Merecía que le creyera, aunque lo del hotel pasaría tiempo para olvidarlo, su explicación tenía lógica, además ya él rey me había dicho que le había enviado el regalo. – ¿Prometes no estar por ahí exhibiendo tu polla a todo el mundo? –No era todo el mundo pequeña, solo… eran… –Mil putas. –Agregó mirándome a los ojos. –Cuentas mal, solo eran ocho. –A mí me han parecido mil. –Tú me perdonas y yo prometo no abrir la puerta desnudo a nadie que no seas tú. ¿De acuerdo? –De acuerdo. –Asentí dejándome besar, dejándome hacer, porque me había dado cuenta de que yo era tan frágil como un cristal que se rompe con un leve roce, pero que se armaba con sus caricias. –Tengo que desnudarte, meterme dentro de ti y volar. –Nos desnudamos sin dejar de mirarnos, estábamos en las altur

