Después de ducharme me vestí con un conjunto de falda estilo tubo y chaqueta, de Prada por supuesto, y me dirigí a la galería Prada, en la parte de detrás había unos inmensos talleres donde estaban los mejores tejidos, diseños y maquinas modernas para la confesión de trajes, zapatos y bolsos que eran las tendencias principales de la marca. También había una especie de museo que se abría al público a una hora determinada. En el museo estaban expuestas las primeras maletas, baúles y bolsos que fueron la primera actividad comercial de la marca. Con el paso del tiempo fueron renovándose, extendiendo su popularidad al mundo entero y alcanzando matices de exclusividad.
Miré el gran reloj ubicado en la plaza que me decía que faltaban quince minutos para que la galería abriera sus puertas, tiempo que aproveché para tomar un café. Cuando estaba en el bar esperando mi pedido, se acercaron tres hombres vestidos iguales, pareciera que tocaban en alguna orquesta, iban a un funeral o pertenecían a una organización. Traje n***o de tres piezas y corbata negra encima de la camisa blanca. Me quedé mirándolos y por ello me di cuenta de que ellos también me estaban mirando.
El camarero se acercó con mi café y mientras lo removía vi de reojo que uno de ellos estaba hablando por teléfono, mientras los otros dos no me perdían de vista. Me puse muy nerviosa, por lo que después de dar un par de sorbos y pagar el café decidí irme a la galería.
–Gidemezsin özledim1[1] –Dijo uno de ellos. El que estaba hablando por teléfono se acercó cerrándome el paso. No tenía ni puta idea de lo me estaba diciendo, no podía descifrar su idioma, que debía ser turco, libanes o ve tú a saber.
– ¿Me permite pasar por favor? –Me dirigí al hombre en inglés aparentando una calma que estaba lejos de sentir.
–No podemos dejarla ir señorita. –Contestó en el mismo idioma que le había hablado, colocándose como una barrera entre la puerta y yo.
–Creo que os estáis confundiendo, os apartáis de la puerta o empiezo a gritar muy fuerte hasta que llegue la policía. –Los hombres se miraron entre sí, el que estaba al teléfono se había unido a los otros dos formando una barrera. Por unos segundos no supe qué hacer, hasta que se escuchó el sonido característico de la sirena de la policía, fue pura casualidad, pero aproveché la oportunidad.
Empecé a correr con mis tacones de doce centímetros, mi falda estilo tubo y mi pelo volando por los aires. A mi cabeza llegó una escena de la película novia a la fuga, solo que yo no era novia de nadie, ni me estaba fugando, escapaba de esos tipos porque no sabía que querían. Llegué a la puerta principal de la galería y respiré aliviada, pero de repente un lexus desplegó sus puertas en forma de alas y salió un hombre con pistola en mano acercándose a mí.
No sé cómo no me hice pis, mis ojos iban desde las pocas personas que corrían desesperadas al ver a un hombre con una pistola en mi frente, hasta los tres del bar que se acababan de unir. Sabía que nadie podría ayudarme, nadie sería capaz de plantarle cara a un hombre vestido para matar con pistola en mano y a tres armarios armados hasta en los dientes. Estaba segura de que en cualquier momento escucharía el bunn del sonido de la pistola en mi cabeza y pensé en lo corta que había sido mi vida y todas las cosas que dejaría pendientes de hacer, entre ellas convertirme en la mejor diseñadora de moda de Milán.
Eran las nueve de la mañana, en el Duomo a esa hora solo transitaban personas que, como yo, venían a trabajar. La galería y las mayorías de tiendas abrían al público media hora después.
–Sube al coche por las buenas o a punta de pistola, tú eliges. –Me quedé mirando al hombre que me estaba dando la orden y la situación me dio risa, mis nervios estaban a punto de estallar. Primero los armarios del bar y ahora este lunático que en vez de pegarme un tiro me ordenaba subir a su coche, ¡j***r! Tenía que haberme quedado en el sofá masturbándome.
–Tú estás mal de la cabeza, ¡quítate de mi camino que tengo que trabajar! –Dije aparentando una calma que no existía.
–Entonces será por las malas. –Afirmó, tirando la pistola a uno de los tres armarios para cogerme en brazos y meterme en el coche con puertas que parecían alas.
– ¡Auxilio! –Grité – ¡Me están secuestrando! –Nadie me escuchaba, las pocas personas que vieron cómo me subían en una caja deportiva no pudieron evitarlo, bueno tampoco es que viera a nadie intentarlo. El tipo que tenía a mi lado mirándome sin decir una palabra y vestido con un impoluto traje que, si mi conocimiento de moda no me hacía equivocar podía apostar que era un Versace; parecía un lunático que se había fugado del manicomio.
– ¡Eres un imbécil! No sé a quién buscas, pero me estás confundiendo, si no regreso a mi trabajo me van a echar. –Le informé a sabiendas que eso era lo que menos le importaba.
– ¿Qué trabajo? –Preguntó confundido.
–El que tengo, cuando me secuéstrate iba a entrar a la galería de Prada, ahí trabajo, así que por favor regrésame o déjame aquí, yo me voy andando, te prometo no decir nada. –Pedí con esperanza.
–No, tiene que responderme un par de preguntas, así que relájate. –Contestó con toda la calma del mundo y ese timbre de voz raro que creía haber escuchado en alguna parte.
– ¡Eres un maldito troglodita! –Lo encrespé pegándole en el pecho, sostuvo mis dos manos con una, mientras mis lágrimas empezaron a bajar.
– ¡Deja las manos quietas puta loca! Ya estamos llegando. –No sabía a dónde nos dirigíamos, lo cierto es que gritara, lloriqueara o pataleara estaba secuestrada por un demente, lo mejor era quedarme tranquila y guardar toda mi energía para escaparme a la primera oportunidad.
Intenté tranquilizarme para mirar detenidamente a mi secuestrador, tendría unos treinta años, quizás un par más estaba vestido con un traje que debía costar mi salario de seis meses, su pelo lo había peinado engominado hacia atrás, en el forcejeo que habíamos tenido se le había alborotado y aunque trataba de colocarlo en su sitio era imposible. Sus ojos eran negros como la noche y pareciera que le habían puesto pestañas.
Creo que él hizo la misma inspección óptica de mí, porque no dejaba de mirarme, mi ropa, mi cara, mis tetas.
– ¿Tienes alguna hermana gemela? –Preguntó a bocajarro. –En un principio le iba a mentir diciéndole que sí, pero no tenía sentido, el tipo estaba loco y si le mentía podía ser peor.
–No, Aunque en estos momentos me gustaría tenerla, creo que me estás confundiendo, recuerda que todos tenemos un doble en alguna parte. –Intenté convencerlo, su aura de peligrosidad me ponía los pelos como escarpia.
–Ya estamos llegando, comprobaré algo, luego te dejaré ir, o… quizás no y decida quedarme contigo como mi puta.
Yo no soy la puta de nadie y menos de un demente que me ha secuestrado en contra de mi voluntad. –No contestó, no dejaba de mirarme, de analizarme. Yo me sentía desnuda delante de unos ojos negros, un cuerpo envuelto en un traje de más de seis mil euros y… una pistola.
3 No se puede marchar señorita (Idioma turco)