Pensar tantas cosas viejas que en algún momento fueron jóvenes, era una máquina mortal, al menos eso creía Zaya, pues su mente volaba al pasado cada vez que un objeto o lugar la hacía recordar a Tahara, así era como recordaba bellas palabras mágicas y dulces de su amiga ya muerta, muerte que aún no terminaba por aceptar y creer. Tal vez por pensar cosas que le hacían mal emocionalmente hizo que no cerrara sus ojos hasta el amanecer.
Ildico al terminar de alimentar su cuerpo fuerte, se levantó, se quitó la corona, su grande chaqueta de la realeza y fue hacía su cuarto, allí vio que el bebé se había despertado, con su mirada lo quería matar, y con un abrazo proteger, el oficio de papá falso estaba por empezar, ya tenía planeado cómo crecería su hijo,
—Nunca sabrás lo que pisas, crecerás en el ambiente de un ser común, tu presencia me salvará. Después de todo no me importa lo que pase contigo —le dijo mirándolo a los ojos
Terminando de decirle sus palabras con odio, se sentó a su lado, subió sus pies a la cama y allí durmió. El pequeño Jack con los ojos abiertos miraba el techo, reía y metía sus deditos a la boca, como si alguien reflejado arriba le estuviese hablando para hacerlo reír.
Por otro lado, Fátima, limpiaba el desastre que habían hecho Jacok y Jacob, pues ninguno quiso cenar y el hermano mayor le jugó la broma de recibir el plato para luego tirarlo al suelo.
—Voy a cenar, dame el plato —le dijo Jacok
—¿Enserio Jacok?
—Sí, dámelo, tengo hambre
—Toma, si no quieres más lo dejas allí, me llamas o lo llevas a la cocina
Fátima dio medía vuelta y en ese instante el niño lanzó el plato al suelo quedando vuelvo pedazos.
—¡¿Qué hiciste Jacok?! ¡Niño malcriado! —le gritó
—Ja, ja, ja, ja —reían los dos
—No es gracioso, ahora limpiarás eso
—Yo no voy a limpiar nada —dijo
—Vas a limpiar esto o…
—¿O qué? Mi papi dijo…
—¡Ya! Está bien, yo lo limpio
Después de terminar de limpiar el piso que estaba manchado de comida y repleto de pequeñas partes de porcelana, las cuales cortaban, Fátima salió del cuarto triste, unos niño la habían hecho sentir miedo, sintió que eran la reencarnación de Ildico, mientras caminaba por los pasillos, vio que Ildico dormía, no había nadie despierto, —creía ella—, pensó que Zaya también dormía, aunque no era así. Pensó que esta era la oportunidad de escapar, pero pensó en Miguel como ella lo llamaba y se detuvo en la puerta, donde ya estaba para salir corriendo e irse al Reino donde se encontraba su hermana Candela, recordó la promesa que le hizo a su Reina y con valentía por cumplir lo que prometió
cerró las puertas, fue hasta su cuarto y como todos los no despiertos, se puso a dormir. Al día siguiente, saliendo el sol con sus rayos de luz que daban esperanza a Fhatercul, quien se encontraba desde la ventana de su cuarto observando la cosecha, vio como Zaya se despedía de Fátima, estaba por marchar a su Reino, se preguntaba de qué hablaban, ya que su sirvienta estuvo a punto de decirle a Zaya Todo lo que sabía.
—¡Maldita! espero que por tu bien no abras la boca o te irá muy mal—dijo en su mente
Un gran abrazo fue aquella despedida, las dos tenían un gran corazón, ambas eran la mano derecha de Tahara, aunque Fátima no se llenaba de valentía para enfrentar al Rey y decir solo la verdad.
—Cuida mucho a Miguel, si ocurre algo díselo a Nanly, siempre está aquí
—Sí, muy bello que se convierta en una paloma blanca
—Lo heredó de su padre, esa peculiaridad la tenía él antes de morir, trabajó para mi madre como su guardaespaldas
—¿Qué le pasó?
—Durante una guerra de dos Reinos, salió lastimado y murió asesinado por un soldado del enemigo
—Que triste
—Sí, desde entonces mi madre la cuidó, nos hicimos amigas, después de que mi mamá falleciera me hice cargo de ella, me ayuda a supervisar la marcha de todo en el pueblo, en el Reino
—Eso es un gesto muy hermoso de su parte Reyna Zaya
—Así como la estoy ayudando a ella, quiero ayudarte a ti, pero no me dices nada, ¿cuál es el miedo? A noche aceptaste que Ildico te golpea
—Señora, por favor, no siga, haga silencio, el señor Ildico la puede escuchar
—¡Que nos escuche!
—Haga silencio, por favor
—Yo no le tengo miedo Fátima
—Porque es usted muy poderosa
—Aún así, sin poderes o con poderes no le tengo miedo, él no es nada, grábate eso, se convirtió en Rey por despojar a Tahara
—Ojalá tuviera el poder de ustedes los Reyes, así podría dejar el miedo y contar los secretos que guardo
—¿Qué? ¿Secretos?
—Olvide lo que dije
—No, acabas de decir que sabes cosas que pueden destruir a Ildico de su trono
—Reina Zaya, váyase, por favor
—Está bien, me voy a Nafar, pero quiero que sepas que esto no acaba aquí, tú y yo tenemos que hablar sobre esto, cuídate Fátima, ya sabes, si hay problemas me lo haces saber con Nanly
—Cuidese Reina Zaya
Fátima entró al castillo, cerró las puertas y al caminar Ildico la tomó por el cuello con todas sus fuerzas, al parecer se encontraba detrás de la puerta escuchando todo lo que hablaban, estaba tan furioso que le gritaba que la iba a matar si llegaba a decir algo de lo que sabía, pues él aún no conocía lo que ella sabía, tampoco le pedía decirle qué era, ya que le daba miedo y estrés escuchar sus propias atrocidades.
—¡¿Qué le estabas diciendo a Zaya?! ¡Dime! ¡Dime! —le gritaba
—Nada, me lastima, por favor, suélteme, señor se lo pido, me está lastimando, me duele, por favor, por favor —suplicaba
—¡No me importa! ¡Eres una maldita! Te voy a matar si llegas a decirle lo conoces a cualquier persona ¡¿Me escuchaste?! ¡Dime si me escuchaste?!
—Sí, sí, si, si señor, no diré nada —decía ella llorando
—¡Más te vale! —le gritó, la agarró por el cabello y la tiró al suelo
Ildico salió enojado del castillo, se dirigió hacía donde su caballo Clerk, al llegar hasta él se enteró que este había muerto. Había asesinado a su propio corcel, el pobre estaba tieso, las moscas volaban a su alrededor, su carne ya era una apeste, no tenía ojos, puesto que habían sido comidos por los gusanos que se alimentaban ya de él.
—Que horror, ¡Fátima! ¡Fátima! ¡Ven aquí!
Ella apenas y se levantaba del piso, su cuerpo ya tenía tantas marcas que cada una era una historia donde los golpes y el dolor le quitaban la energía. Escuchando el llamado del Rey, corrió hasta la cocina, tomó un brillante y afilado cuchillo, se llenó de valor y se dirigió hasta donde Ildico. Al llegar hasta el cuarto donde estaba Clerk muerto, vio que Fhatercul no estaba allí, sacó el cuchillo del bolsillo de su vestido, tomándolo con su mano derecha alzó el brazo y comenzó a buscarlo, el cuarto estaba lleno de pajas y trigo.
—¡Fátima! ¡Corre! ¡Ven aquí!
Supo que no estaba en el cuarto sino afuera en la parte trasera, corrió hasta él y lo vio sorprendido mirando lejos. Cuando hizo exactamente lo mismo, igual que él se quedó impresionada con lo que sus ojos veían.
—No puedo creer lo que veo —dijo
En el Reino de Nafar, todos en el pueblo veían como gran parte del cielo estaba oscuro, sabían que era el cielo sobre Kailto, la Reina Zaya aún no llegaba, Nanly se encontraba en lo alto de una montaña y al igual que todos estaba sorprendida, tomando la forma de la paloma voló hasta el pueblo, al llegar preguntó al chico que le gustaba qué ocurría, este le contestó que desconocía el color del cielo, pues nunca antes había visto algo tan extraño y miedoso a la vez.
—¿Qué estará sucediendo en Kailto? La Reina Zaya está allá
—Nanly no vayas, no sé qué me daría si te llega a suceder algo
En ese momento llegó Zaya, pidió a todos guardar la calma, les contó a todos que se encontraba bien y que nada malo sucedería en Nafar, observó el cielo e imaginaba que se trataba de los seres que le había mencionado Ildico y que venían por el pequeño Jack, por ser hijo de Tahara.
—¿sabe usted que sucede Reina Zaya? —le preguntó un habitante de su pueblo
—Todos vayan a sus casas, cierren puertas y ventanas
Aquella fue la orden que todos obedecieron, sentía que algo estaba por ocurrir en Kailto y como en el Reino una gran plaga acababa con todo decidió ir para brindarle ayuda a Ildico, apesar de lo que pensaba de él, pero no lo hacía por salvarlo a él, sino a Jack y las tierras de Kailto.
Fhatercul y Fátima habían visto que todos los siervos estaban muertos sobre la cosecha marchita, unos se habían suicidado y otros solo habían muerto por la plaga. No había nada, todo era polvo azabache con un olor espantoso, Ildico supo que su esposa no bromeaba antes de morir, pues sus palabras se habían vuelto realidad.
—¿Qué?
—Quedarás sin nada Ildico, quedarás solo y yo me encargaré de que así sea
—¡Cállate! ¡Maldita! ¿Qué acaso no lo ves? Te estás muriendo, ahora yo seré el Rey de todo Kailto
—No, cuando mi hijo nasca vendrán por él y por lo que ahora llamas tuyo
—¡Imposible! Tú no tienes ese poder
—No olvides quien soy