El verano acaba de comenzar, poco a poco los arboles dejaban asomar tímidos brotes verdes entre sus ramas aún desnudas, la casa del Alpha, reconstruida con esmero y paciencia, respiraba calma, lejos habían quedado los días de guerra, traición y pérdida, no porque el dolor hubiera desaparecido, sino porque la vida, con su terquedad luminosa, había insistido en florecer. En el gran jardín trasero, donde se derramó sangre y se suplico por piedad, ahora corrían dos pequeñas figuras, una niña de cabello oscuro con ojos color ámbar y un niño de rizos plateados con ojos violetas únicos en todo el territorio, cuyo andar y ademanes ya tenía algo del porte de un Alpha. Ambos jugaban entre si de forma bastante salvaje para su edad, giraban, rodaban por el césped, reían con carcajadas libres y feroc
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