—"No te amo"— estoy segura que le dolió.
El silencio del otro lado de la línea me hizo sentir aún más pequeña. Podía imaginar la decepción en su rostro, como si le hubiera dado un golpe directo al corazón. Pero necesitaba hacer lo correcto, por más doloroso que fuera.
—No me digas eso... —su voz se quebró, pero luego se endureció de nuevo—. ¿De verdad vas a dejarme sin una explicación? ¿Vas a echar todo lo que hemos vivido por la borda? ¿Crees que me voy a tragar eso de que no me amas? Yo te amo, Mónica. Te amo, y estoy dispuesto a darte una vida modesta, si es lo que quieres. Lo haría. Yo... yo solo quiero estar contigo. Se que me amas, nos casaremos, tendremos hijos.
Su confesión me atravesó, y sentí una punzada en el pecho. ¿Por qué tenía que ser tan noble? ¿Por qué tenía que ser él quien me dijera eso, cuando yo no podía darle lo que merecía? No podía darle la vida que él quería. No podía quedarme, cuando mi hermana dependía de mí.
—No se trata de eso —respondí con el tono más firme que pude reunir—. Se trata de que debo pensar en lo que realmente importa, y mi hermana lo es todo para mí. No puedo ser egoísta. No puedo quedarme contigo sabiendo que lo que hago no es lo mejor para ella.
El silencio que siguió fue ensordecedor. Podía sentir su rabia al otro lado de la línea.
—¿Estás diciendo que yo no soy importante para ti? —preguntó, casi en un susurro, como si las palabras le costaran.
—No es eso, Mateo... —mi voz se rompió, pero me obligué a seguir—. Yo también te quiero pero como amigo. Yo... en este momento, mi responsabilidad está con ella. Tengo que asegurarme de que ella esté bien. Haz tu vida y olvídate de mi.
Pude escuchar cómo su respiración se aceleraba. Finalmente, rompió el silencio con una risa amarga.
—Perfecto, Mónica. Entonces, hazlo. Vete con tu hermana, porque claramente no lo haces por mí. Ya veo cómo es.
Sentí cómo la rabia de sus palabras me alcanzaba, pero también sabía que lo que estaba diciendo era cierto, aunque doliera. Estaba eligiendo lo que creía que era lo mejor, y a veces el amor no era suficiente para tomar decisiones.
—Lo siento, Mateo —dije con todo el dolor que sentía—. Lo siento mucho. Pero esto es lo que tengo que hacer.
Y colgué la llamada.
El sonido del teléfono apagándose resonó en mis oídos, pero no me sentí aliviada. Solo sentí un peso enorme sobre mis hombros. Mi corazón seguía pesado, pero ya no podía dar marcha atrás. Tenía que seguir adelante.
Los días siguientes a nuestra mudanza pasaron rápidamente. Carmen se ocupaba de que todo en el apartamento funcionara a la perfección y, más importante aún, de que Daniela se sintiera a gusto. Yo trataba de adaptarme a esta nueva rutina, aunque el peso de lo que estaba por venir no se desvanecía.
Una mañana, Priya me llamó para confirmar la cita médica.
—Mónica, el procedimiento será el miércoles a las diez de la mañana. Vinay y yo estaremos allí contigo. Queremos que sepas que no estás sola en esto —dijo, con esa calidez que parecía ser parte de su naturaleza.
Agradecí su apoyo, aunque no pude evitar sentirme nerviosa. Sabía cómo funcionaba el procedimiento, pero eso no hacía que enfrentarlo fuera más sencillo.
El miércoles llegó más rápido de lo que esperaba. Me levanté temprano, tratando de mantener la calma mientras desayunaba con Daniela y Carmen.
—¿A dónde vas hoy? —preguntó Daniela mientras untaba mantequilla en su tostada.
—Al médico, Dani. Es algo relacionado con mi trabajo, pero no te preocupes, estaré de vuelta pronto.
Carmen intervino, ayudándome a desviar la atención de mi hermanita.
—Nosotras vamos a pasar un día divertido aquí, ¿verdad, Dani? Tal vez hagamos galletas.
Daniela asintió emocionada, lo que me alivió. Le di un beso en la frente y salí del apartamento con una mezcla de nervios y determinación
Cuando llegué a la clínica, Vinay y Priya ya estaban allí, esperándome en la recepción. Priya me sonrió y tomó mi mano.
—¿Lista?
Asentí, aunque no estaba completamente segura.
El doctor nos recibió en su oficina antes del procedimiento. Explicó todo en detalle, desde cómo se transferirían los embriones hasta las posibilidades de éxito. Yo asentía mientras escuchaba, pero mi mente estaba enfocada en mantener la compostura.
Cuando finalmente llegó el momento, me llevaron a una sala blanca y luminosa. Me recosté en la camilla mientras el equipo médico trabajaba con precisión. Priya y Vinay estaban en la sala de espera, pero yo sentía su apoyo incluso a la distancia.
El procedimiento en sí fue rápido, casi anticlimático. El doctor me explicó que ahora solo quedaba esperar y que en unas semanas sabríamos si había sido exitoso.
Esa noche, me recosté en el sofá mientras Daniela jugaba con Carmen en el suelo. Aunque intentaba distraerme, no podía dejar de pensar en lo que había ocurrido ese día. Ahora tenía una pequeña vida potencial creciendo dentro de mí. Era un pensamiento abrumador y, al mismo tiempo, esperanzador.
Priya me llamó para asegurarse de que estaba bien.
—Gracias por todo, Mónica. Este es solo el comienzo, pero significa tanto para nosotros.
—De nada, Priya. Estoy bien, de verdad —respondí, aunque mi voz sonaba más cansada de lo que quería admitir.
Al colgar, miré a Daniela y recordé por qué había aceptado este trabajo en primer lugar. Todo esto era por ella, para darle la vida que se merecía.
No sabía qué depararía el futuro, pero en ese momento me sentí en paz. Ahora solo quedaba esperar.
Las semanas pasaron con una mezcla de expectativa y nerviosismo. Durante ese tiempo, traté de mantenerme ocupada con Daniela y con las tareas cotidianas que implicaba adaptarnos al nuevo hogar. Carmen seguía siendo una ayuda invaluable, y su presencia permitía que me enfocara en lo que se venía sin descuidar a mi hermana.
Finalmente, el día de la prueba llegó. Era una mañana fría, y mientras me preparaba para salir, Daniela me abrazó con fuerza.
—Suerte, Mónica. Espero que todo salga bien con tu trabajo.
Su inocencia me conmovió. Le acaricié el cabello antes de despedirme y subí al auto que Vinay había enviado para recogerme.
Priya y Vinay ya estaban en la sala de espera cuando llegué. Priya se levantó de inmediato y me abrazó con calidez.
—Hoy es un gran día, Mónica. No importa lo que pase, queremos que sepas lo agradecidos que estamos contigo.
Sonreí, pero no dije nada. Las palabras no podían expresar todo lo que sentía en ese momento: nervios, esperanza, incluso un toque de miedo.
El doctor nos recibió poco después y nos llevó a su oficina. Sosteniendo unos documentos, se sentó frente a nosotros con una expresión neutral que no dejaba entrever nada.
—Bueno, tengo buenas noticias —comenzó, mirando a Priya y Vinay antes de girar hacia mí—. La transferencia fue exitosa. Mónica, estás embarazada.
El aire pareció detenerse en la habitación. Priya llevó una mano a su boca, sus ojos llenos de lágrimas, mientras Vinay apretaba su hombro con suavidad. Yo me quedé en silencio, asimilando sus palabras.
—¿De verdad? —preguntó Priya con la voz temblorosa.
—De verdad —respondió el doctor con una sonrisa—. Ahora comienza una nueva etapa.
Priya se levantó de inmediato y me abrazó.
—Gracias, Mónica. Gracias por hacer esto por nosotros.
Vinay, menos expresivo pero igualmente agradecido, me dio una sonrisa sincera y me estrechó la mano.
—No tenemos palabras para agradecerte.
Al llegar a casa, Daniela corrió hacia mí, ansiosa por escuchar cómo me había ido.
—¿Todo bien?
Me agaché a su altura y le sonreí.
—Todo salió bien, Dani.
Con palabras que Daniela pudiera entender me sente con ella y le expliqué que mi trabajo consistía en hacer felices a parejas que no podían tener hijos por medio de un acuerdo mutuo me daban dinero y yo les daría un bebé.
—¿Tendrás relación con el esposo de otra mujer?
—No, Dani.
Le expliqué que todo sería llevado a cabo en un laboratorio, le llaman inseminacion artificial o invitro, le expliqué todo para que su confianza en mí fuera suficiente para que se sintiera segura en este nuevo camino.
Más tarde esa noche, mientras me recostaba en la cama, dejé que las emociones del día me inundaran. Estaba embarazada. Otra vida crecía dentro de mí, y aunque no era mía, sentía una conexión especial.
No podía evitar pensar en cómo sería todo a partir de ahora. Las visitas regulares al médico, las interacciones con Priya y Vinay, y los inevitables cambios en mi cuerpo. Sin embargo, lo más difícil sería manejar mis emociones. Porque aunque este bebé no fuera mío, no podía evitar sentirme responsable por él o ella de una manera que no había anticipado.
Esa noche, antes de quedarme dormida, me prometí algo: haría todo lo posible para que este embarazo fuera un éxito, no solo por Priya y Vinay, sino también por mí misma. Era una nueva etapa, un desafío único que estaba lista para enfrentar.
Los meses avanzaban con una mezcla de emociones que iban desde la ilusión hasta la angustia. Cada semana traía consigo nuevos desafíos y cambios en mi cuerpo que me recordaban la importancia de lo que estaba haciendo.
Desde el principio, Priya y Vinay insistieron en que asistiera a citas psicológicas mensuales. Al principio, me sentía incómoda hablando de mis pensamientos más íntimos con una extraña, pero poco a poco comencé a abrirme. La psicóloga, una mujer paciente llamada Corina, me guiaba para aceptar mi papel como "incubadora humana", como ella lo llamaba de forma práctica.
—"Recuerda, Mónica, este bebé no es tuyo. Eres una cuidadora temporal, y cuando nazca, estará en manos de quienes lo han soñado durante años" —me repetía.
Al principio, esas palabras me parecían frías, casi deshumanizadoras. Pero entendía su propósito: prepararme emocionalmente para el momento más difícil de este proceso, cuando tendría que entregar al bebé.
El embarazo avanzaba con sus altibajos. Había noches en las que apenas podía dormir debido a las náuseas o porque el bebé no dejaba de moverse. Mi cuerpo, cansado, a veces me pedía tregua, pero la responsabilidad que sentía me empujaba a seguir adelante. Era doloroso que este bebé no será mío, ni tengo una pareja para criarlo y que cuide de mi. A de sentirse lindo.
Los antojos eran otra historia. Nunca pensé que desearía tanto helado de chocolate con papas fritas o mangos verdes con sal y limón. Carmen se convertía en mi cómplice, saliendo en plena noche para satisfacer mis caprichos culinarios.
—Este bebé va a nacer con personalidad fuerte, ya verás —bromeaba ella mientras yo devoraba un tazón de frutas con chile.
Pero ese no era un verdadero problema sino las noches en vela, los pensamientos se convertían en mi peor enemigo. Había días en los que mi mente vagaba hacia el pasado, hacia Mateo. Me preguntaba cómo habría sido mi vida si hubiese tomado otras decisiones, si no hubiese perdido mi virginidad, si no me hubiera convertido en una madre subrogada o si él hubiera decidido quedarse a mi lado.