Carlos.
Ya son las siete de la mañana y para mí desgracia tengo que ir a trabajar, estuve hasta tarde dándole mente a mi miserable vida. Entro al baño, me rasuro la barba y me entro a la ducha rápida luego de cepillarme.
¿En qué momento se convirtió todo esto en un caos? ¿Tan falto de sexö me encontraba? Cuando la vi por primera vez, todo parecía tan claro. Estaba buscando una distracción, nada más y me cautivó por completo. El bar no estaba tan lleno de gente, pero, de alguna manera, ella estaba ahí, casi como si fuera el único ser, en el lugar. Mónica...
Nunca imaginé que después de esa noche, mi vida se vería arrastrada por su imagen, por esa presencia que se coló en mi mente y en mis pensamientos. ¿Por qué le di tanto? Cuatro mil dólares... ¿para qué? ¿Cuál sería su urgencia para perder su virginidad con un extraño como yo? Para algo que no debía haber hecho, algo que no tenía sentido, que no se ajustaba a mi forma de hacer las cosas. Debí haberla tenido comiendo de mi mano, controlando la situación, pero no lo hice. Le di demasiado. Fue como abrirle la jaula al ave encerrada. No lo pensó dos veces y voló.
Recuerdo perfectamente cómo se entregó a mí. Ella no era como las demás, no era una mujer que esperaba que la tratara con esa frialdad que solemos usar en este mundo de riqueza y alianzas. No... Mónica tenía algo diferente, algo real. Vi en su mirada una mezcla de fortaleza y fragilidad, y su cuerpo...mierda, sólo de pensarlo se me pone duro, ella era tan natural, unos pechos perfectos, su coño con bellos finos perfectos, y tan húmeda sin haberle hecho siquiera sexö oral, una mirada tan pura. Nunca me miró directo a los ojos, y menos se atrevió a mirar mi paquete. Bajo mis manos, su piel ardía, pero su alma también lo hacía, y eso fue lo que me sorprendió. Ella tembló bajo mi cuerpo.
Carajo... mejor voy a tomar una ducha y dejar de pensar tanto, no puedo ir a trabajar con esta ereccîön.
Su virginidad... me atrevería a decir que fue algo que marcó el momento. No fue solo la carne, no fueron solo los gemidos que escapaban de sus labios, no. Fue su entrega total, como si confiara en mí de una forma que no comprendía. Y yo, estúpido, pensando que era solo una aventura más. Me molesta que haya mensionado que tenía novio. Que, lastima por él, que me comí su postre y lo volvería a hacer si tengo otra oportunidad. Si necesita más dinero haría un acuerdo con ella. Maldición tengo que casarme con mi prometida.
Estaba lleno de estrés, sí, mi familia no paraba de presionarme para que me casara con Ángela, la hija del colega de papá. Todo estaba decidido: el matrimonio, la herencia, la empresa que heredaría... era un futuro calculado, bien planificado, pero vacío. Porque no era lo que quería. Lo que quería era viajar y atender mis negocios desde mi laptop en cualquier parte del mundo. Pero ella se desvaneció de mi vida, tan rápido, tan inexplicablemente.
He ido de bar en bar, con la esperanza de encontrarla, de que ella estuviera allí, entre la multitud. ¿Por qué no? Pensaba. No podía haber desaparecido de esa forma. Pero no la encontré. Ni siquiera su amiga, ni el dueño del local, sabían de ella. Mónica parecía haberse desvanecido en el aire, se la había tragado la tierra y yo, aquí, atrapado entre lo que la vida me impone y lo que mi corazón grita.
Al final, esta semana, mi padre me convocó para una cita con Ángela. ¡Otra vez! Todo parecía una broma cruel. Mi destino ya estaba marcado, como un contrato de mierda que no podía romper. Tenía que seguir el guion: casarme con ella, tomar las riendas de la empresa, ser el hombre que todos esperaban que fuera. Pero en el fondo, lo único que quería era a Mónica. El eco de su risa, la suavidad de su piel, el recuerdo de esa noche… todo eso retumbaba en mi mente mientras mi futuro se tejía a espaldas de mis deseos.
Es absurdo. Ella no es parte de este mundo. Yo no debería estar buscando a alguien como ella. Pero no puedo dejar de pensar en ella. La necesito, aunque no lo entienda.
Me siento atrapado, en una jaula que he construido yo mismo. Cada vez que intento avanzar, es como si algo me empujara hacia atrás, hacia Mónica, hacia su rostro en mi mente. ¿Qué fue lo que me hizo sentir tan... vivo? A pesar de que intenté seguir con mi vida, de que me presionan para casarme con Ángela, mi mente no deja de regresar a esa noche, a su cuerpo, a cómo me entregó todo, a cómo todo parecía tan real con ella, tan genuino, como si todo lo demás no importara.
La veía como alguien que entendía lo que era luchar por los demás. Ella no me veía como una oportunidad, no me veía como el "Ceo heredero" que todos pretendían que fuera. Me miraba como algo más, y eso, joder, eso me desarmaba. Nadie me había mirado así. Nadie me había tratado con esa mezcla de fuerza y vulnerabilidad. ¿Cómo pude ser tan tonto de dejarla ir?
Intenté llenar el vacío que dejó. Fui a bares, buscando a alguien, cualquiera que me distrajera. Pero no la encontraba. El eco de su sonrisa dibujada resonaba en mi cabeza, como un recuerdo increible, como un recuerdo que no dejaba de recordarme lo que no había hecho. Pensé que tal vez solo fue una aventura, solo un momento. Pero, ¿y si no lo fue? ¿Y si era ella la ideal? ¿Y si fue el comienzo de algo más, algo que simplemente dejé escapar por mi orgullo y temor?
Esa mañana, después de una de esas noches vacías, mi padre me convocó a la cita con Ángela. Otra reunión de esas que me mantienen atrapado en este mundo de apariencias, donde no hay cabida para lo que realmente siento. Ángela, siempre tan fría, tan calculadora. Todo estaba planeado. Mi futuro ya estaba decidido. Pero yo no quería eso. No quería seguir el guion.
Recuerdo que, al llegar a la reunión, mi mente no dejaba de divagar. ¿Por qué no podría ser Mónica la que estuviera aquí? ¿Por qué no podía estar ella en este mundo, en mi vida? Al mirarla, Ángela no me inspiraba nada más que una obligación. Era como si estuviera viendo a la mujer que mi familia quería que fuera mi esposa, pero no la mujer que yo deseaba. Y yo no quería más obligaciones. Angela era hermosa pero no era mi tipo.
A lo largo de la reunión, traté de mantener la compostura. Sonreí, respondí a las preguntas, pero mi mente se seguía desplazando hacia Mónica, hacia lo que no se dijo esa noche, hacia lo que podría haber sido si no me hubiera dejado arrastrar por mis deberes familiares, por las expectativas que no eran mías. Si no hubiera sido tan hijo de la muralla ¿Qué estaba buscando? ¿Qué haría ahora? ¿Sería capaz de olvidarla? ¿O acaso estaba condenado a vivir con su imagen, su calor, su esencia dentro de mí, mientras el mundo seguía adelante, esperando que yo cumpliera con lo que se esperaba de mí?
Lo único que sabía era que tenía que encontrarla. Tenía que verla de nuevo. No podía seguir así, encerrado en un matrimonio de conveniencia, entre una vida que no elegí y un deseo que no entendía.
Mi cabeza estaba hecha un torbellino, pero una cosa estaba clara: Mónica, con su risa, con su entrega, con su mirada, se había convertido en algo que no podía simplemente borrar. Y no descansaría hasta encontrarla, hasta hacerla parte de mi vida, aunque eso significara desafiar todo lo que mi familia esperaba de mí.
Mónica.
El sonido del teléfono vibró en mis manos, y al ver el nombre de Mateo en la pantalla, sentí cómo mi estómago se retorcía. Sabía que este momento llegaría tarde o temprano. Había pasado demasiado tiempo sin verlo, sin saber qué decirle. Pero no podía seguir huyendo. Tomé aire, miré el teléfono por un instante más, y presioné el botón para contestar.
—Hola, Mónica —su voz, cargada de ansiedad, fue lo primero que escuché. Mi corazón dio un vuelco. Yo sabía que esto no sería fácil.
—Hola, Mateo —respondí, intentando mantener la calma, pero algo en mi tono traicionaba el nudo en mi garganta.
—¿Dónde estás? No entiendo por qué desapareciste de repente. ¿Qué está pasando? ¿Por qué no contestas mis mensajes? —su voz ya no sonaba tranquila, era casi como una acusación.
Me mordí el labio, sintiendo cómo cada palabra que salía de mi boca me costaba más. Pero ya no podía seguir con esa mentira, con ese "nosotros" que no tenía futuro. No podía seguir jugando con sus sentimientos.
—Me mudé —dije, casi sin pensarlo, pero ya estaba fuera. Él guardó silencio por un momento, y el peso de la espera me aplastó. Sabía que él quería algo más. Algo que yo ya no podía darle. —Y, Mateo, tomé una decisión. Creo que esto... ya no funciona.
Mi voz tembló al final de la frase, y lo escuché suspirar profundamente, como si no pudiera creer lo que acababa de decir.
—¿Qué? —su tono se endureció, y pude notar cómo la frustración crecía en su voz—. ¿Qué quieres decir con que ya no funciona? Mónica, por favor... ¡Dime la verdad!¿tienes a otro? Necesito entender qué está pasando. No te vas a ir así, sin más. ¡Merezco una explicación!
Su insistencia me hizo sentir aún más culpable. Pero, al mismo tiempo, sabía que tenía que ser honesta, aunque me doliera más que cualquier mentira que pudiera inventar. Me duele que piense que tengo otro, pero en parte tiene razón ya no soy la niña inocente de hace días.
—La verdad es que... —me detuve un momento, respirando profundamente antes de continuar—. No puedo seguir con esto. No puedo seguir con una relación que no tiene futuro. No puedo seguir engañándote. Tengo que pensar en mi hermana, Mateo. Ella es mi responsabilidad. Discúlpame, pero no te amo.