A los pocos minutos Joyce bajó a desayunar. —Hola ¿cómo andas? —Bien, creo ¿y tú? —¿Crees? ¿Por qué? —Tu hermano es un pesado, perdón pero lo es —se disculpó antes de seguir —quiere que vaya a la gala que me dijiste, pero quiere que vaya del color que él manda y que use su tarjeta —dice mostrándole a lo que se refiere —y creo que eso no me hace sentir muy cómoda. —Tranquila, él es así, un poco mandón pero no es malo, solo que aún no lo sabe. Ambas chicas soltaron a reír. —Yo lo se, Joyce, pero me siento incómoda con todo esto, verás… siento como si mi vida estuviera empeñada ya, pagó todo lo de mi papá y esa fortuna que pretende pagar por unas clases que ni siquiera hemos tenido, y luego esto —le dice mostrando nuevamente la tarjeta. —Mira —le responde la joven, colocando el tened

