Capítulo 5: Luciérnagas entre las parras

562 Palabras
(Parte 2) La música bajó de ritmo mientras algunos se acomodaban en mantas, otros seguían bebiendo y conversando con una naturalidad que le resultaba fascinante a Angie. Todo era tan humano, tan simple, tan real. Se sentó sobre el pasto, con los pies descalzos y la copa a un lado, observando el cielo abierto, sin edificios que lo cortaran. Las estrellas ahí no eran las mismas que en la ciudad. Estas parecían más grandes, más vivas… o tal vez era ella la que había cambiado. Elija se sentó a su lado, con una rama de hinojo entre los dedos. —¿Qué tanto piensas? —preguntó él, sin mirarla directamente. —En lo poco que necesito para sentirme llena —respondió, sincera—. Siempre pensé que para ser feliz debía lograr cosas grandes. Tener un puesto, un departamento con vista, horarios apretados… Y ahora, aquí sentada, con los pies sucios y la cara sin maquillaje, siento que nunca fui más yo. —A veces la ciudad te llena de ruido para que no escuches lo que realmente importa —dijo Elija, lanzando la ramita al aire. Ella lo miró de reojo. —¿Y tú escuchas lo que importa? —Todo el tiempo. Aunque a veces no me gusta lo que oigo. —¿Como qué? Él la miró, por fin. —Como la idea de que quizás te vayas. Que esta noche sea solo eso: una noche bonita en un lugar que no piensas quedarte. Angie sintió un vacío en el estómago. No por lo que dijo, sino porque tenía razón. Aún no lo sabía. Aún no podía prometer nada. —No me gusta hacer promesas que no sé si puedo cumplir —dijo en voz baja. —No te estoy pidiendo promesas —respondió él—. Solo honestidad. Eso ya es más que lo que muchos dan. Hubo una pausa, y luego Angie cambió de tema, suavemente. —¿Quién organizó todo esto? —Nadie. O todos. Cuando alguien tiene ganas de compartir, avisa. Y los demás vienen. Es lo más parecido a un ritual que tenemos aquí. —¿Y tú? ¿Siempre vienes? —Siempre. Me recuerda por qué elegí quedarme. Angie tomó un sorbo de vino. En ese instante, una niña pequeña se acercó y le ofreció una flor silvestre. —¿Para mí? —dijo Angie, sorprendida. —Sí. Eres nueva. Y mamá dice que a las nuevas hay que darles algo bonito para que vuelvan. Angie sonrió y le revolvió el cabello. —Gracias, princesa. La niña corrió riendo hacia su madre, y Elija soltó una carcajada suave. —Ya eres parte del ritual, parece. —¿Y ahora qué sigue? —Ahora… nos quedamos hasta que el vino se acabe, o hasta que el sueño gane. Angie lo miró. El ambiente, la música, las luciérnagas, todo parecía formar parte de un susurro de la tierra diciéndole que estaba en el lugar correcto. Pero en el fondo de su mente, una pregunta seguía insistente: ¿Qué haré cuando tenga que decidir entre esta paz y mi antigua vida? Elija se recostó en la manta y le ofreció la mitad. —¿Te quedás? Ella dudó un segundo. Luego, sin pensarlo demasiado, se recostó junto a él. —Solo un rato —murmuró. Pero en el fondo, sabía que ese rato estaba echando raíces.
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