(Parte 1)
La mañana amaneció gris en la ciudad. No por el clima, sino por la rutina. El café burbujeaba en la cafetera automática mientras Azul Kovac se peinaba frente al espejo, con el teléfono apretado entre el hombro y la mejilla.
—¿No me van a decir que no la extrañan? —decía, con tono firme.
En la sala, David y Lesly hojeaban papeles de la finca, mientras Edgar revolvía su café sin mucho entusiasmo.
—No es eso, Azul —respondió Lesly—. Es solo que Angie parece estar... ¿cómo decirlo? Más tranquila allá. Más viva.
—¿Y eso les parece normal? —saltó Azul—. ¡Solo iba por unos días! Ya casi lleva tres semanas y ahora apenas contesta los mensajes. No se conecta, no llama.
—Lo mismo hizo José cuando llegó allá —intervino Edgar con voz baja—. El viñedo te traga el alma, pero no te la quita. Solo... te la devuelve distinta.
Azul lo miró con fastidio.
—¿Y tú vas a seguir con esa poesía inútil?
En ese momento, Patricia Álvarez entró sin tocar, como acostumbraba.
—Buenas, buenas. ¿Todavía no saben si esa finca se vende o no?
—¿Siempre con lo mismo, Patricia? —dijo Lesly, cansada—. ¿No ves que para Angie ya no se trata de vender?
—Entonces es peor. Porque si esa muchacha se encariña, olvídense del testamento. Nos va a dejar sin una gota de vino —dijo Patricia mientras se servía jugo como si viviera allí.
Azul tomó una decisión.
—Le voy a escribir. Una carta. De las de verdad. Nada de mensajes. Se la enviaré con don Gustavo, el chofer de la empresa. Irá a dejar provisiones a la zona esta semana. Que se la dé en la mano.
Edgar la miró curioso.
—¿Una carta? ¿Tú?
—Sí. Porque si algo puede hacerla pensar, es mi letra. Y porque tengo mucho que decirle que con emojis no se entiende.
David, el hermano menor, soltó una carcajada.
—¿Vas a sermonearla o a recordarle que la extrañamos?
Azul se quedó pensativa.
—Las dos cosas.
Mientras tanto, en la finca, Angie respiraba el aroma de la vid húmeda, sin saber que en pocos días una carta llegaría con palabras que removerían mucho más que el corazón.