Tal como lo había dicho Cicero, esta casa estaba repleta de personas al igual que el restaurante de Donatello. Mi miedo más grande estaba por volverse realidad, me casaría con Cicero de nuevo y esta vez yo lo aceptaba, tenía mil y una preocupación por estos días que vendrán, pedía a Dios y ahora a los Dioses que nos bendiga. Cicero estaba tan tranquilo, se dedicaba hablar por teléfono mientras yo moría de nervios, la boda sería en la mañana, pero la prueba de vestuario la organización y todo este protocolo me llevaban loca, si esto era algo sencillo no imaginaba como sería en Grecia. Las flores que habían escogido me encantaban eran unas astromelias rosas, acompañadas de una ramitas blancas. Eran las flores favoritas de mamá y era una manera de sentirla cerca. No se cuántas veces entro u

