La música cambió de tono, algo suave, casi imperceptible, pero suficiente para recordarme que ahora no era Francesca-la-que-siente, sino Francesca-la-que-camina-derecho-con-cara-de-foto-perfecta. Di los últimos pasos hacia mi lugar en el altar. Me acomodé en la fila derecha, bouquet en mano, respiración estable. Estable, al menos en apariencia. Porque por dentro… por dentro la ceremonia recién empezaba, y yo tenía un huracán estacionado detrás del esternón. Me obligué a mirar al frente. La alfombra blanca. El arco de flores. Las velas alineadas. La luz filtrándose por el vitral de la catedral. Pensé en Luce, atrás de esa puerta, respirando como si estuviera por entrar a un escenario. Vi a Michael secándose discretamente las manos en el pantalón. La abuela Anna llorando anticipa

