Prosiguieron el camino en silencio, ambas mirando por las ventanas del carruaje. Cuando comenzó a anochecer el carruaje hizo un alto en un hospedaje a mitad de camino y el guardia preguntó a Ángela y a su tía si necesitaban bajar de la carroza.
—No, gracias... —Ángela sonrió—. Baja tú si lo necesitas tía.
—No cariño, me quedaré aquí contigo —Angelia la miró recelosa, normalmente su sobrina no perdería oportunidad de pasear por lugares nuevos.
—Baja si lo necesitas tía, tranquila, no te preocupes por mí —Ángela observó como el cochero descendía del carruaje y se dirigía al hospedaje, vió a los guardias relajadamente charlando en la puerta y supo que era el momento adecuado—. Baja, tía.
—Ya he dicho que me quedo contigo —su tía estaba interponiéndose en su plan y eso la ponía muy nerviosa.
—Como quieras, tía —Ángela sonrió, se
incorporó del asiento y abrió la puerta del carruaje—. Si insistes en permanecer conmigo, será mejor que te agarres —dicho esto salió del carruaje, agarrándose a la parte superior y saltando al asiento del cochero, tomo las riendas de los caballos y los hizo cabalgar a galope.
— ¡¿Ángela, qué haces?! —su tía gritaba
sofocada desde el interior del carruaje—. ¡¿Te has vuelto loca?!
Ángela sonreía mientras indicaba a los
caballos el camino a seguir y dejaba a los
guardias gritando tras ella. Guió el carruaje por un camino escondido durante mas o menos una hora para después hacerlo parar, se bajó de él y abrió la portezuela para ayudar a su tía a salir.
—Tía, tú insististe en quedarte conmigo —ella le tendió la mano y la ayudó a descender del coche—. Y yo no pienso casarme con ese hombre.
Dicho esto, abrió el baúl de la parte
trasera del carruaje, ante la mirada atónita de su tía y sacó el vestido n***o.
— ¿Pero qué haces con eso? —su tía se acercó mirándola sorprendida—. Es el vestido del funeral del padre de Leonardo.
—Sí, con el pareceré una viuda —admiró
el vestido y después miro a su tía—. Y si
pretendes acompañarme será mejor que te pongas un vestido oscuro —abrió el baúl de su tía y sacó un vestido morado con encajes negros—, este, es el indicado.
— ¿Estás loca, niña? —Angelia agarró el vestido enfadada—. ¿Hacerte pasar por una viuda?
—Sí, es la única forma en la que pasaremos desapercibidas —Ángela se acercó a su tía y le tomó la mano—. Tía, sé que me quieres y sabes perfectamente que no seré feliz con ese hombre, no permitas que arruinen mi vida.
Amanecía cuando la guardia del
gobernador llegó a la casa de Gobernación, donde Roberto Sánchez y José Cortés, esperaban ansiosos la llegada de Ángela.
La sorpresa fue extrema cuando vieron
llegar a los guardias solos, heridos y
desarmados, lo primero que al gobernador le paso por la mente fue la banda Angeles.
— ¡¿Dónde está mi prometida?! —Roberto agarró a uno de los guardias por la camisa y lo zarandeo enfurecido—. ¡¿Se la han llevado esos maleantes?!
—No, señor —el otro guardia se acercó para tratar de calmar al gobernador—. Fuimos atacados por la banda Angeles a mitad de camino, pero perdimos la pista de la señorita Ángela antes.
— ¿Qué quiere decir con que perdieron la pista de mi hija? —José Cortés se acercó con el ceño fruncido y tembloroso ante la idea de que algo le hubiera sucedido a su hija.
—Se nos escapo señor —el guardia miraba al suelo incapaz de enfrentar la mirada incrédula de ambos hombres—. Hicimos un alto en el camino al anochecer, como estaba previsto, su prometida y la señora Angelia no quisieron bajar del carruaje, cuando
mis hombres desmontaron la señorita
Ángela tomó las riendas del carruaje y las perdimos de vista.
— ¿Qué? —el gobernador miraba sorprendido y a la vez enfurecido a sus guardias.
— ¿Mi hija huyó con el carruaje? —don José incrédulo ante lo que sus oídos acababan de escuchar miraba al vació, tratando de encontrar una respuesta. Su hija no era una mujer dócil, tenía un fuerte temperamento pero huir—. ¿Con mi hermana? No puede ser.
—Pues parece que así es —Roberto miró altivo a su futuro suegro y entró a su casa sin mirar atrás—. ¿Qué clase de burla es esta? Mi prometida huye de mí, escapa de mis guardia.
—No, señor, estoy seguro de que todo tiene una explicación —José miraba al gobernador suplicando que le oyera—. Mi hija siempre ha sido una mujer de genio y seguramente se asusto con tan apresurado enlace, estoy seguro de que recapacitar y regresará.
—Eso espero, si no olvídese de nuestro trato —el gobernador caminó hacia su despacho y cerró la puerta tras él.
Desde hacia ya cinco años, los viñedos que poseía la familia Cortés pasaban por malos momentos desde que tuvieron que cortar las vides y volverlas a plantar, debido a una plaga que curiosamente solo afectó a sus tierras. El señor Gobernador se ofreció a ayudar a la familia Cortés, prestándole el dinero necesario para la replantación de vides, pero por supuesto pidió algo a cambio, quería las tierras de los Cortés y la mejor forma de obtenerlas era casándose con la hija de él. Sabía bien que era una joven hermosa y temperamental, y aunque
él no era hombre de pensar en matrimonio, no le parecía mala idea tomarla como esposa. Un gobernador con familia era mar renombrado que un hombre solo, y lo cierto es que Ángela Cortés poseía una belleza de la que él deseaba ser dueño.
Estaba amaneciendo cuando Ángela
despertó, se había quedado dormida, a esas horas ya tendrían que estar emprendiendo el camino hacia el puerto. Se levantó rápidamente de la cama y comenzó a vestirse, de nuevo con el vestido n***o, era el único adecuado para una viuda.
—Tía, despierta —Angelia abrió los ojos y vió a su sobrina arreglándose—. Ya tendríamos que estar de camino al puerto, no quiero arriesgarme a que nos encuentren.
—De acuerdo —su tía suspiró y se levantó de la cama para vestirse.
Ya alistadas, juntas bajaron al salón de la
posada, todas las miradas se posaron en
ambas y el dueño de la posada corrió a
atenderlas.
— ¿Van a desayunar las señoras? —el
posadero les sonrió amablemente
señalando una de las mesas del salón.
—No, gracias —Angelia respondió sonriente—. Debemos retomar nuestro viaje.
—En ese caso, espero que todo estuviera de su agrado —el hombre parecía nervioso ante ellas.
—Sí, no se preocupe, tenga —le dió una bolsita con las monedas en pago por la habitación que habían usado, aunque era un pago generoso—. Ordene a los mozos que alisten mi carruaje, por favor.
—Por supuesto señora —el hombre les indicó que les siguiera—. Yo mismo las guiare a las caballerizas.
Salieron guiadas por el posadero en
busca de su carruaje, rápidamente los
mozos acataron la orden de su jefe y se
dispusieron a alistar los caballos.
Gabriel y Tomás entraron a la posada,
aparentando ser unos viajeros, ambos
miraban cada rincón, aunque coincidían en que una señorita distinguida como debía ser la prometida del gobernador jamás pasaría la noche en un lugar de este tipo.
—Buenas días señores, ¿puedo ayudarles? —un muchacho joven se acercó a ellos sonriente.
—Lo cierto es que sí, muchacho —Gabriel le miró fijamente—. Buscamos a una mujer joven que viaja con otra un poco más mayor, ambas son damas de clase distinguida, ¿Las has visto?
—No señor, pero yo acabo de llegar —el
muchacho les indicó que tomaran asiento—. Esperen a mi tío, él les podrá dar razón.
—Claro chaval —Tomás se apoyó en la barra dispuesto a pedir una cerveza.
— ¿En que puedo servirles viajeros? —el
posadero se acercó a ellos escrutándoles
con la mirada.
—Verá, buscamos a dos mujeres de clase
distinguida —Gabriel sonrió—. ¿Las ha visto por aquí?
—No señor —Tomás se dió cuenta que el
posadero meditó antes de contestar y supo que no se fiaba de ellos.
—Verá posadero, nuestra señora prosiguió el camino después de que el otro carruaje se estropeara para descansar en una de las posadas y después debíamos darle el encuentro.
—Ah, ¿puede ser su señora viuda? Y
acompañada por su dama, algo más mayor que ella, llegaron anoche el posadero —señalaba la entrada.
—Sí, ellas son seño, ¿Dónde podemos
encontrarlas? —Gabriel supuso que la
prometida del gobernador se había hecho pasar por viuda, claro, era la mejor manera de no llamar la atención.
—Pues acaban de dirigirse a las cuadras,
los mozos estaban disponiendo el coche
para que partieran —en cuanto el posadero dijo eso, ambos asintieron sonrientes y se dirigieron a las cuadras.
Escondidos tras unos pilares observaron a los mozos atando los caballos al carruaje. Una mujer con un vestido morado los observaba atentamente, mientras otra vestida de n***o, parecía ser viuda, se paseaba de un lugar a otro. No podían verle el rostro a la supuesta viuda, pero ya imaginaban que debía ser hermosa, aquél vestido resaltaba sus curvas. El gobernador era un hombre con mucha suerte.
En cuanto los mozos se retiraron, ambas se dispusieron a subir al carruaje, Gabriel y Tomás cubrieron sus rostros y salieron a su encuentro para evitar que se marcharan.
— ¿A dónde van dos señoritas tan
distinguidas solas por los caminos? —Gabriel apuntó con su arma a Ángela y ésta mirándolo fijamente cedió en su intento de subir al carruaje, él la tomó del brazo y tiró de ella.
—Los caminos son peligrosos, ¿saben —Tomás agarró a Angelia por detrás
mientras ésta comenzó a gritar, pero
rápidamente le taparon la boca.
...