Capítulo 3

982 Palabras
Jorge cabalgaba dirección norte, cuando se dió cuenta de su error, si la prometida del gobernador huia de él, no regresaría a la mansión de su tía y menos por ese camino. Dió la vuelta y a todo galope regresó por donde vino, si la muchacha trataba de escapar seguramente buscaría un puerto, era la forma más segura de que el gobernador no la encontrara. Se dirigió por el camino del este, por donde había enviado a Gabriel y Tomás, aunque si ellos la habían encontrado ya se dirigirían a la cueva, en todo caso se los encontraría en el camino. Llegó a la posada de La Tiarata, no pensó parar allí, seguramente sus amigos ya la habían revisado y si no había rastro de ellos es que habían seguido adelante, pero a los pocos metros de la posada oyó a un joven muchacho, que parecía ser el ayudante del posadero. —Era una mujer preciosa y muy joven —el muchacho caminaba sonriente con un cubo de agua dirección a la posada, mientras hablaba con un hombre mas mayor—. Es extraño que fuera viuda, ella y su dama de compañía pasaron aquí la noche. Nada mas oír eso, Jorge regresó a la posada, pero en lugar de entrar a preguntar, decidió ir a las caballerizas, si había algún carruaje lujoso, aún estaban allí. Cabalgó despacio con su caballo para no delatarse, mientras se cubría el rostro por precaución, pero entonces vió el carruaje en mitad de las cuadras y a Gabriel y Tomás sosteniendo a las dos mujeres. Aunque parecía que a Gabriel le estaba costando bastante mantener tranquila a la suya, desde lejos se podía ver que tenía un buen cuerpo aunque llevaba la cara cubierta. — ¡Suéltame pedazo de bruto! —Ángela se retorcía y pataleaba mientras Gabriel difícilmente conseguía mantenerla entre sus brazos. — ¡Déjala en paz! —Angelia se resistía a permanecer junto a su captor y este riendo de la situación de su amigo mantenía su arma cerca de la dama, para que esta no le diera tantos problemas. — ¡¿Se puede saber que esta pasando?! —Jorge apareció tras ellos, Ángela solo pudo ver un hombre alto y fuerte subido sobre su caballo, que al igual que los otros llevaba el rostro cubierto, pero por su forma de comportarse parecía ser el jefe. — ¡La fiera se me resiste un poco, jefe! —Gabriel seguía forcejeando con Ángela, mientras Jorge admiraba sorprendido el coraje de esa mujer. — ¡Suéltenme! ¡¿Qué quieren de nosotras?! —ella miró a Jorge y él se sorprendió que no le temiera— ¡No tengo familia, nadie pagará rescate por mí! ¡No soy más que una simple viuda! —Mentira —Jorge comenzó a reír y desmontó de su caballo—. Eres Ángela Cortés, prometida del gobernador Roberto Sánchez —caminó despacio hasta ella y tiró hacia arriba del tul que le cubría la cara, cuando vió sus ojos se perdió en ellos. Era la mujer más hermosa que había visto nunca. Ángela se quedó paralizada, no solo por que ese hombre supiera quien era, sino por sus ojos, su mirada penetrante y la forma en que la miraba. Aunque no le conocía, juraría que su mirada delataba deseo y pasión. —Te hemos pillado la mentira, fierecilla —Tomás se reía mientras sostenía del brazo a Angelia. — ¡¿Qué quieren de nosotras?! —Ángela encaró al enmascarado, lanzándose hacia él, si no fuera porque el otro hombre la sostenía de los brazos, estaba segura que habría logrado golpearle. — ¿De tí? —él se giró para no desconcentrarse, la cara de esa mujer, sus ojos y aquél cuerpo, era una diosa, la mujer perfecta, y se iba a casar con el hombre más despreciable del mundo—. Nada, tenemos algo que exigir a tu prometido. —Me escapé, dudo que él les de algo por mí —Ángela observaba la forma de comportarse de ese hombre, se movía de manera sencilla y firme, parecía un hombre de clase. —No creas —el rió—. El señor gobernador es muy posesivo con lo suyo y todos saben que tú eres su prometida, dará lo que sea por recuperarte. — ¿Recuperarme? —Ángela se quedó pensando, ¿la regresarían a el?, al final tendría que casarse con ese hombre. Jorge miró confundido la reacción de la muchacha, parecía más afligida por el hecho de que la fueran a entregar a su prometido que porque la estuvieran secuestrando. — ¡Y un cuerno! —Ángela pisó a Gabriel el cual se agachó por el dolor, después le golpeó hacia atrás con el codo para terminar girándose y dándole un puñetazo. — ¡Ahg! ¡Me ha roto la nariz! —Gabriel se quejaba tirado en el suelo mientras Jorge corría a atrapar a la muchacha y Tomás reía por lo bajo al ver semejante espectáculo. — ¡Suéltame! ¡Que me sueltes! —Ángela forcejeaba con el jefe de la banda, le golpeaba y pataleaba pero él era mucho más fuerte que el anterior forajido. — ¡Déjala, desgraciado! —Angelia trató de acudir en la ayuda de su sobrina, pero Tomás la sostuvo por los brazos, temiendo que tuviera el miso ímpetu. — ¡Si no te estas quieta tendrá que ser por la fuerza! —él la agarraba por las muñecas pero ella seguía forcejeando, entonces levantó la rodilla y le golpeó en el estómago. Él se encogió un poco ante el dolor, sus compañeros lo miraron con los ojos abiertos como platos—. ¡De acuerdo! ¡Odio golpear a una mujer pero tú te lo has buscado! —de un golpe, claro que, sin usar toda su fuerza, derribó a la mucha que cayó desmayada en sus brazos.
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