Capítulo 19

1622 Palabras
Manuela Frank Pasó por mí antes de las siete, después de recoger a Román.  Veinte minutos más tarde el maldito teléfono me asusta, era Gonzalo con un mensaje empalagoso. “Hola, mi cielo ¿Cómo estás? Quiero pedirte que te cuides mucho. Hablé con Frank hace unas horas y le advertí que si algo malo te sucedía, lo mataría.” “Gracias por preocuparte, pero me temo que exageras, estaré bien.” Le respondí de inmediato. Llegamos a las siete y media a la casa de playa, justo cuando bajábamos un taxi se estaciona y vimos bajar a Axel. Román me guiña un ojo y se adelanta con Frank al interior de la casa. En tanto el chico lindo se acercaba a mí. —Hola, Manuela —Dice, mirándome de esa manera tierna que se estremece. —Hola — sonrío nerviosa, admirando como sus labios se van acercando a los míos hasta rozarlos. —Estás divinamente hermosa esta noche —acaricia mi rostro con ternura, arrancándome un gran suspiro, en tanto con su mano libre me acerca a su cuerpo— No puedo evitar embriagarme con tu perfume y desear besarte. Termina de hablar y me regala uno de esos besos tan dulces y ardientes que me derriten entre sus brazos. —¡Dios mío! —grita Ankly separándonos repentinamente— la del cumpleaños soy yo Axel, a mí es a quien debes estrujar entre tus varazos fuertes y embriagarme de tu perfume tan varonil que me excita — suspira—En verdad me estoy sintiendo terrible. Axel se acerca a ella sonriendo, con los brazos extendidos a los costados para darle ese ansiado abrazo. —Feliz cumpleaños —le dice. —No, esto no se hace— pronuncia Ankly con tristeza acercándose a sus brazos— me siento como plato de segunda mesa, se siente horrible— dice con su voz chillona antes de sonreír y morderse los labios al colocar su cabeza sobre su pecho. —Te lo compensaré, te lo prometo. Esta noche seré tuyo — propone él. —No me tientes, que soy muy exigente — levanta una ceja. —Puedo hacer de todo, menos hacerle de stripper— responde Axel con una sonrisa. —¡Ay! Que aguafiestas eres te creí mi amigo y así me pagas, es horrible que solo quieras enseñarle a Manuela todo ese encanto— mira su entrepierna abultada— ¡Dios! Ve a cambiarte antes de que no responda de este fuego que me provoca tu amiguito ahí abajo ¡Dios bendito! Axel ríe entrando a casa, guiado por Catalina. Entramos detrás, la fiesta ya había iniciado y la familia de Ankly disfrutaba de la pista de baile. Subimos las escaleras al segundo nivel, donde me muestra la habitación que ocuparé esa noche, y coincidentemente está al lado de Axel. —Espero que se porten mal—Dice Ankly caminando hasta la cama. — ¿Y qué piensas que haré? — rio sentándome a su lado. En eso Catalina ingresa, cerrando la puerta. —Si van a hacer sus cositas ricas, por favor que no sea en la cama, no quiero torturarme con su perfume esta noche — se sienta a mi costado. — Ustedes son terribles—. Les digo. —Axel te tiene unas ganas y tú no estás muy lejos — dice Ankly. —Pero no terminaremos haciendo el amor aquí … —¡Ay! Por favor —ríe Ankly te apuesto lo que quieras a que no tarda ni cinco minutos en aparecer por esa puerta para verte. En eso tocan la puerta y se abre, apareciendo el ángel de mi tortura. —Disculpen, es que se cayó un botón de la camisa, ¿Pueden ayudarme con este problema? — muestra su camisa. Ambas me miran con una sonrisa, peor es Catalina la que se pone de pie primero. —Bueno, yo soy terrible con las agujas —le dice. —Yo podría ayudarte a romper el resto—agrega Ankly dejando la cama — sin embargo, aquí Manuela es experta— me guiña un ojo — en uno de los cajones de mi ropero hay agujas e hilos. —Entra— dice Catalina— nosotros esperamos afuera. Nadie va a interrumpirlos — guiña un ojo antes de cerrar la puerta. Diablos, con estas amigas, ya no quiero enemigas. Me pongo de pie caminado al ropero en busca de esa bendita caja, sin darme cuenta de que Axel pone el seguro a la puerta y va tras de mí. —Discúlpalas, son… como decirlo de la manera correcta… son terribles — le digo— no obstante me alegran la vida con sus ocurrencias. —Son chicas agradables, alegres y te quieren mucho — se acerca por detrás rodeándome por la cintura, congelándome en el acto —Un buen pretexto no crees —muestra su camisa intacta. Me giro y veo esos hermosos ojos marrones, llenos de lujuria. —Debí suponerlo —pronuncio casi en susurro, sin poder alejarme. —Sin embargo, valió la pena, te tengo solo para mí, los próximos 45 minutos — mira su reloj. —¡Dios! —me aparto con la poca voluntad que mi sensatez me regala—Eres demasiada tentación— respiro profundo para no imaginar lo que va a pasar entre esas cuatro paredes. En aquel momento, vuelvo a sentirlo a mi espalda, desliza sus brazos por mi cintura y me gira. Mi cuerpo tiembla de miedo y deseo, mi respiración se agita y mi entrepierna se humedece mientras palpita deseosa de sentirlo dentro. —Te amo— susurra acercándose a mis labios. —No lo digas — respondo con miedo. —Te amo, te amo, te amo — me apega a su pecho, puedo sentir su erección bajo el pantalón, ¡Diablos! Eso me excita más. —No debo— expreso casi en súplica —mi vida es complicada, no quiero que… Antes de que manifieste algo más, sus labios acaricien los míos y sus brazos me envuelvan en su telaraña de amor, me nublen los sentidos arrastrándome a ese beso insaciable, lujurioso y tan prohibido. No existe nada alrededor, solo esta maldita sofocación que hace que busquemos arrancarlas prendas del cuerpo. De un segundo a otro en la intimidad de esas cuatro paredes dejamos los miedos y nos entregamos al deseo de nuestros corazones. Dejando que las manos busquen la piel bajo la ropa, sin remordimiento. Besos húmedos, caricias ardientes, mordiscos y gemidos agudos acompañaban a esas sombras fusionadas en la pared que muestran el gran amor que ahora sentimos. Sin dejar de besarnos dejamos que las prendas caigan al piso una a una, dejándonos desnudos, a la merced de esas manos traviesas que quieren recorrerlo todo. Minutos después estamos sobre la cama, comiéndonos a besos, tatuándonos la piel con las caricias y esos besos húmedos ardientes que nos estremecen. No hace falta las palabras cuando los ojos dicen tanto, al igual que los gemidos de placer que me provoca su gruesa polla entrando y saliendo de mí, haciéndome explotar en sensaciones indescriptibles. Ya no tengo miedo, por primera vez me siento viva, deseada, amada. Compartiendo la misma emoción por ese primer orgasmo que hace que esos gemidos armoniosos aceleren el corazón. —¡Oh mi Dios! — expreso a media voz —No pares… sigue … Sigue… así… ¡Oh Dios mío! Clavo mis uñas en su espalda en tanto él acelera los movientes de su pelvis y la intensidad de los gemidos mutuos nos ensordecen, me mira a los ojos y muerde sus labios ahogando ese pequeño grito final que se confunde con el mío mientras deja su chorro caliente en mi interior. Me mira otra vez con esa sonrisa pícara dibujada en su rostro y busca mi boca para saciarla de esa dulzura a la que ya me he vuelto adicta. —Te amo tanto —Dice él arrastrando un suspiro. —Nunca me creí capaz de amar de esta manera. —¿Te arrepientes? —Ni por un segundo —pronuncio de inmediato —. Solo tengo miedo de despertar. —No dejaré que lo hagas — me llena de besos el rostro, que únicamente atino a reír. —Bueno Romeo, ya debes ir a dar una presentación a la cumpleañera o te matará. —Por cinco segundos más contigo, podría soportar cualquier tortura más. Dejamos la cama, muertos de risa y corremos al baño para asearnos y estar listos en cinco minutos o mis amigas tumbarían esa puerta. Terminábamos de vestirnos, cuando llaman a la puerta. —Muñeco ya estamos esperándote, ¿hasta cuándo se terminará de cocer ese botón? Les recuerdo que no están fabricándolo — grita Ankly atreves de la puerta — y ya luego me explicarán por qué tiene seguro la puerta. Axel corre a abrirle. —Ya estoy listo — dice agitado. —Sí, se nota que estás mucho más feliz—expresa Ankly levantando una ceja. Axel se apresura a dejar la habitación mientras mis amigas se carcajean en la entrada. Catalina ingresa en su plan de detective, muy seria, mirándome de arriba abajo. Luego camina a mi alrededor oliéndome. —Te lo mencioné Ankly— dice ella burlona— aquí humo sexo y del bueno. Solo atino a esconder el rostro entre mis manos. —¡ven acá bruja— Ankly me toma del brazo para sentarme en la cama— cuéntalo todo. —¿En serio? — interrogo mirándolas. —¡Desembucha!, danos detalles, mamacita— pide Catalina ansiosa. —Nos perdemos la presentación — advierto, poniéndome de pie. —Nada de presentación, ya tuviste tu presentación en vivo. Así que mátanos de la envidia. — insiste Ankly. Dejo un respiro y cubro mi cara unos segundos.
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