Abrió los ojos lentamente y al moverse, volvió a cerrarlos. ¡Dios! Todo le dolía. Cada uno de los músculos de su cuerpo se sentía como de piedra. Dejó escapar un gruñido. No sería capaz de levantarse de la cama. Abrió nuevamente los ojos y observó la habitación. No tenía idea cómo había llegado a casa. Habría pensado que todo había sido un sueño, de no ser por su deplorable estado físico. Una vez que Salvador salió de ella, se había desplomado sobre la cama. Sus huesos y músculos convertidos en gelatina. Tomó un poco de aire y se incorporó. Salvador se había desvanecido. ¿Se había ido? Entonces lo miró. No se había percatado que sobre el dintel de la puerta de la habitación había un reloj. Creyó haber estado con Salvador por horas, pero ya había terminado. De un salto dejó la cama,

