Salvador regresó a eso de las ocho. Adriana pensó que pasaría a ver a doña Carmen, pero no lo hizo. Un par de horas después terminaba de preparar a la mujer para dormir, cuando su teléfono sonó. “Quiero hablar con Zia. 10:15 junto a la piscina” Se quedó congelada en su sitio. Evidentemente él no dejaría el tema ahí y posiblemente no le agradó la forma en que ella respondió en la mañana. Y sí, tal vez no debió hablarle de esa manera. Él solo quería saber cómo estaba. Era una noche algo fría, así que tomo su suéter y se dirigió a la parte trasera. Se aseguró de que la puerta quedara abierta. No quería quedarse fuera. Dio una mirada, pero no encontraba a Salvador. Al final lo divisó al pie de la piscina. No era más que una larga sombra oscura. Sus pasos en la grava llamaron la

