Héctor la encontró al lado de doña Carmen, tomando sus signos vitales. - ¿Mala noche? – preguntó acercándose. - El doctor Fernández vino a verla ayer y aumentó la dosis de algunos medicamentos – respondió Adriana – Pero durmió bien y todo se mantiene estable. Sin embargo, no he querido dejarla sola – - Ve a descansar. Necesitas dormir un poco – tomó la tableta de sus manos - ¿Planes para este fin de semana? – - Humm…no, nada especial – dijo, aunque su garganta se había cerrado – Solo quiero pasar un fin de semana tranquilo – - Me parece bien. Anda, ve a dormir – - Sí, gracias – Adriana sonrió. Héctor era un hombre bajito y grueso, de unos cincuenta años. Tenía un trato paternal y cálido. Trabajaba en la casa de reposo donde doña Carmen había estado internada y cuando Salvador t

