Pasó todo el tiempo posible con doña Carmen y no salió más que para comer algo. A media mañana, cuando fue a buscar algo de fruta, escuchó a Ángela y a la niña en el patio. Chapoteos y risas le indicaron que disfrutaban de la piscina. Mucho más tarde, poco antes de la hora en que Salvador acostumbraba a visitar a su madre, oyó golpes a la puerta. Al abrir, se encontró con Ángela. Vestía una blusa blanca de tirantes que dejaba ver sus grandes y redondos senos sin sostén y un short de mezclilla que apenas cubría sus nalgas. - Hola – dijo en voz baja – No quería interrumpir. Solo quería saludar a doña Carmen – - ¡Oh! En este momento ella duerme y lo mejor es dejarla descansar – - ¿Está muy mal? ¿Se va a recuperar? – Adriana no supo qué responder. Desconocía qué tanto sabía Ángela

