Al llegar a casa de los Almonte, Héctor le comentó que Salvador había salido con Ángela y Eva desde el sábado y no había regresado. Se dio un baño, se preparó un té y se acomodó en la sala de estar con su libro. Había llovido todo el día y la habitación era acogedora, pero a cada momento, levantaba la mirada, segura de haber escuchado la reja abrirse. No pudo evitar que su corazón latiera más rápido cuando finalmente la luz de los faros se reflejó en el ventanal. ¿Qué debía hacer? Tal vez lo mejor era refugiarse en su habitación. No creía tener las fuerzas para enfrentar a Salvador y a Ángela. “¡Dios! ¿En qué me he convertido?” Recogió su libro y se calzó las zapatillas. Sin embargo, se detuvo en seco en la entrada de la sala en cuanto vio a Salvador que ya se acercaba por el pas

