El Hijo Contra El Rey

1070 Palabras
Con dedos temblorosos, el informante marcó un número que no había usado en meses. —¿Kael? —dijo apenas le respondieron—. Tengo algo. No es una prueba directa, pero es una grieta. Una que podrías romper si sabes dónde golpear. Del otro lado de la línea, Kael no respondió de inmediato. Se había quedado mirando su reflejo en la ventana. Había en su rostro una mezcla de furia contenida y dolor sordo. Cuando finalmente habló, su voz sonó como una promesa: —Envíamelo. Si mi padre quiso borrar a Lucía del mapa, va a tener que entender que esta vez... se metió con lo único que no puedo permitir que destruya. Colgó. Dio media vuelta. Y caminó hacia la oscuridad con la determinación de quien está a punto de traicionar su propia sangre. Porque Kael no era ajeno a la oscuridad de Rafael. Pero esta vez, estaba dispuesto a iluminarla. Aunque eso significara quemarse por dentro. Con dedos temblorosos, el informante marcó un número que no había usado en meses. —¿Kael? —dijo apenas le respondieron—. Tengo algo. No es una prueba directa, pero es una grieta. Una que podrías romper si sabes dónde golpear. Del otro lado de la línea, Kael no respondió de inmediato. Se había quedado mirando su reflejo en la ventana. Había en su rostro una mezcla de furia contenida y dolor sordo. Cuando finalmente habló, su voz sonó como una promesa: —Envíamelo. Si mi padre quiso borrar a Lucía del mapa, va a tener que entender que esta vez... se metió con lo único que no puedo permitir que destruya. Colgó. Dio media vuelta. Y caminó hacia la oscuridad con la determinación de quien está a punto de traicionar su propia sangre. Porque Kael no era ajeno a la oscuridad de Rafael. Pero esta vez, estaba dispuesto a iluminarla. Aunque eso significara quemarse por dentro. A varios kilómetros, en un almacén abandonado que en otros tiempos había servido como fachada para contrabando, el informante esperaba con la grabación en una memoria USB. El lugar olía a humedad, polvo y traición. Cuando escuchó el motor de la moto aproximarse, tragó saliva. No era miedo lo que sentía. Era la certeza de que, al entregar lo que sabía, ya no habría marcha atrás. Kael apareció como una sombra entre la niebla de la madrugada. Se quitó el casco con lentitud, los ojos encendidos como si acabara de salir del fuego. —¿Dónde está? —preguntó sin rodeos. El informante le tendió la memoria sin decir palabra. Kael la tomó, la observó un segundo, y luego levantó la vista. —¿Quién más sabe de esto? —Nadie. Lo escondí hasta ahora —respondió el hombre—. Y… si me pasa algo, tengo instrucciones de que todo se filtre. Kael lo miró con dureza, pero asintió. —Hazte humo. A partir de este momento, no me conoces. —Nunca lo hice. El hombre desapareció en la noche, y Kael volvió a subir a su moto. Mientras avanzaba entre calles húmedas y luces tenues, su mente repasaba los detalles que aún no había visto, pero que ya podía intuir: la camioneta sin placas, los nombres, la entrega del sobre. Todo apuntaba a algo más grande. Rafael no solo quería deshacerse de Lucía. Estaba encubriendo algo… o a alguien. Horas después, Kael se encerró en su apartamento y conectó la memoria al ordenador. La imagen era clara. El taller. El sicario. El sobre. Pero lo que lo paralizó fue lo que escuchó segundos después. Una voz. La voz de su padre. —"Asegúrate de que esta vez no salga viva. Que parezca un accidente, algo clínico. Nadie hará demasiadas preguntas con su historial…" Kael cerró los ojos. Un dolor agudo se clavó en su pecho, pero no fue sorpresa. Fue la confirmación brutal de lo que ya sabía. No había marcha atrás. Rafael no solo era su padre. Era su enemigo. Y ahora, Kael lo enfrentaría. Con pruebas. Con furia. Con todo lo que le quedaba. Porque Lucía merecía algo más que venganza. Merecía justicia. —Bienvenido, joven Kael —dijo Soledad con una leve inclinación, secándose las manos en el delantal mientras trataba de ocultar la sorpresa de verlo a esa hora. Kael apenas le respondió con un movimiento de cabeza. Su cuerpo tenso, los pasos firmes como si cada uno fuera una cuenta regresiva hacia el desastre. La sudadera oscura que llevaba puesta contrastaba con el mármol pulido del recibidor, donde cada rincón olía a poder y perfumes costosos. Su presencia, sin embargo, traía algo más: un silencio espeso que hizo que hasta los relojes parecieran retrasar sus latidos. —¿Dónde está? —preguntó, sin rodeos. Soledad se estremeció un poco. Conocía esa mirada. Había visto a Rafael con ese mismo fuego en los ojos, pero en Kael se sentía diferente. Más contenido. Más peligroso. —En el estudio… está con uno de sus socios. No sé si— Kael no la dejó terminar. Ya caminaba por el pasillo central, sin mirar cuadros, sin detenerse a contemplar los lujos que desde niño había despreciado. Pasó junto a los guardias, que lo reconocieron pero no se atrevieron a detenerlo. Nadie quería ser quien interrumpiera a un hijo caminando directo hacia el infierno. Golpeó la puerta del estudio solo una vez antes de abrirla con fuerza. Rafael levantó la vista desde su sillón de cuero, con una copa de coñac en la mano y un cigarro aún humeante entre los dedos. A su lado, un hombre trajeado se puso de pie, tenso. —Hijo —dijo Rafael con una sonrisa tranquila—. Qué grata sorpresa… Kael cerró la puerta tras él sin responder. —Fuera —ordenó, sin apartar los ojos de su padre. El socio miró a Rafael, buscando una señal. Rafael, aún sin perder la sonrisa, asintió con un leve movimiento de cabeza. El hombre salió, incómodo, y la puerta volvió a cerrarse. Ahora eran solo ellos dos. El padre. El hijo. Y la verdad que esperaba ser arrojada como gasolina. —¿Qué pasa, Kael? —preguntó Rafael con falsa calma, aunque sus ojos ya se afilaban—. ¿Vienes a pelearme por una mujer? Kael caminó hacia el escritorio, sacó la memoria USB de su bolsillo y la arrojó sobre la madera con fuerza. —Vengo a preguntarte por qué ordenaste su muerte.
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