Aquí lo que dictaba el pulso eran las copas que se llenaban sin descanso, los cuerpos que se entrelazaban sin pudor, el humo denso que flotaba en el aire como una nube de decadencia consentida. Las drogas pasaban de mano en mano como billetes marcados, y las carcajadas eran profundas, violentas, como el eco de una bestia que no teme a nada.
En el centro de todo, como un rey sin corona pero con todo el poder, estaba Rafael. El padre de Kael. El jefe indiscutible de los Dragones Dorados. Su presencia imponía respeto incluso en medio del caos. Era un hombre de mirada quemada por el tiempo, de sonrisa afilada y manos curtidas por la sangre. Hoy, sin embargo, sus ojos brillaban con una satisfacción especial, una euforia que no venía del alcohol ni del humo, sino de una victoria más íntima, más simbólica.
—¡Brindemos! —rugió, alzando su copa con fuerza—. ¡Por los hombres que creen que pueden jugar a ser dioses y terminan de rodillas!
Los vítores se alzaron como una ola de fuego. El bar vibraba. Rafael estaba de pie sobre un sofá, rodeado de mujeres que se reían sin comprender del todo el motivo de la celebración, pero lo suficiente como para fingirlo. Una de ellas le acariciaba el pecho; otra se inclinaba para susurrarle algo al oído. Rafael solo sonreía. Ese tipo de sonrisas que cortan más que una navaja.
—¿Sabes qué me gusta más que ganar dinero? —le dijo a su segundo al mando, un hombre con chaqueta de cuero y ojos de zorro—. Ver a hombres como César Aybar suplicando sin palabras. Ver cómo el mundo les quita lo que más aman. Así entienden… que nadie puede tocar a los míos y salir ileso.
El otro asintió, aunque no con el mismo fervor. Sabía que Rafael estaba eufórico, sí. Pero también sabía lo que significaba ese estado: más enemigos, más fuego, más guerra.
Porque lo que Rafael no decía —lo que tal vez no se permitía pensar— era que esa celebración no era solo por la humillación de César. Era también una forma de evitar pensar en su propio hijo. En Kael. En la distancia creciente entre ellos. En el hecho de que, mientras él bebía y festejaba como un emperador moderno, Kael probablemente estaba del otro lado de la ciudad, en una sala de hospital, vigilando a la misma muchacha que Rafael había usado para mandar un mensaje.
Lucía Aybar.
—¿Y si se muere? —se atrevió a preguntar su segundo.
Rafael bebió un trago largo, vaciando la copa.
—Entonces será una mártir. Una advertencia. Un nombre que César no olvidará jamás.
Pero incluso mientras decía esas palabras, su mandíbula se tensó.
Porque aunque lo negara, aunque lo disfrazara con la brutalidad que lo había hecho leyenda en las calles, Rafael no era del todo indiferente. Había visto a Kael sangrar por gente que apenas conocía. Había visto su rabia, su lealtad, su capacidad para luchar con el alma cuando los demás solo usaban las manos. Y eso lo atormentaba más que cualquier enemigo.
Porque Kael no era como él. Nunca lo había sido. Y cada día que pasaba, ese abismo crecía.
—Que nadie diga mi nombre esta noche —murmuró finalmente Rafael, bajando la voz, como si confesara un pecado—. Solo quiero ruido. Ruido, carne y olvido.
La música volvió a retumbar. Los cuerpos seguían moviéndose al ritmo de una noche que parecía no terminar. Las drogas fluían. Las risas volvían a estallar.
Y Rafael, el hombre que había construido un imperio desde las sombras, se dejó caer en el sofá con una sonrisa amarga, ahogando en whisky y sexo la verdad que no podía admitir: había encendido un fuego que tal vez, esta vez, no podría apagar.
No si Kael decidía enfrentarlo.
No si Lucía abría los ojos.
Kael no era ajeno a la oscuridad que envolvía a su padre. Había crecido en ella, respirado su hedor, aprendido a no confiar ni siquiera en la sombra de un gesto amable. Y aunque no tenía pruebas, su intuición —esa punzada insistente en el pecho— le decía que Rafael estaba detrás del intento de asesinato de Lucía. El problema era que saber no era lo mismo que probar. Y enfrentarlo sin certezas no solo sería inútil, sería un suicidio.
Se levantó de la silla de su oficina, pasó una mano por el rostro y se acercó a la ventana. Desde ahí, la ciudad parecía dormir, pero él sabía que era una mentira: bajo cada farola, cada callejón, cada bar lleno de risas falsas, se cocinaban secretos que podrían destruir imperios. O salvarlos.
Lucía...
No entendía aún por qué ella le importaba tanto. Tal vez porque, cuando la vio por primera vez, no parecía pedir ayuda. Solo descanso. Como si el mundo la hubiese quebrado en tantos fragmentos que ni siquiera la muerte podía prometerle alivio. Y ahora, al tenerla postrada en una cama, intubada, sin voz... Kael sentía que cada segundo que pasaba sin respuestas, era un segundo más que la ciudad le robaba.
Pero no estaba solo en la cacería.
Lo que Rafael no sabía —o quizá sí, y no le importaba— era que los hombres de César Aybar aún se movían entre las sombras. Hombres leales no al padre, sino a la causa que él había defendido una vez: proteger a Lucía. Estaban infiltrados en clubes, bares, almacenes y estaciones de policía. Algunos eran viejos conocidos de los Dragones Dorados, y otros eran fantasmas sin rostro. Pero todos estaban alerta.
Y esta noche, uno de ellos tenía algo.
En un viejo edificio abandonado en el barrio Este, un hombre nervioso revisaba una grabación en su teléfono. Había seguido a uno de los sicarios de Rafael hasta un taller mecánico que solo abría de noche. Lo había visto hablar con un hombre encapuchado, pasarle un sobre, y luego subir a una camioneta sin placas. Lo grabó todo. El cruce de nombres. Uno en particular que heló la sangre del espía: Lucía Aybar.