César desvió la mirada hacia la camilla. Por un instante, la coraza se agrietó. Sus ojos, habitualmente impermeables, temblaron apenas. El pitido regular del monitor parecía burlarse de su impotencia.
—Ella no tiene que despertar para saber que estoy aquí —murmuró, más para sí que para Kael—. Siempre lo ha sabido.
Kael no respondió de inmediato. Lo observaba, no con juicio, sino con esa clase de claridad brutal que sólo otorgan las cicatrices.
—Tal vez. Pero esta vez no basta con estar —dijo al fin, con suavidad en la voz y filo en el fondo—. No después de todo lo que pasó.
César volvió a clavar la mirada en él, como si las palabras fueran una ofensa. Pero algo en la expresión de Kael le impidió explotar. No era arrogancia lo que veía. Era algo más complejo. Un dolor que conocía, pero que no compartía del mismo modo.
—¿Y tú qué sabes de lo que pasó? —espetó, volviéndose hacia él.
Kael se acercó un paso. La tensión volvió a crecer, densa como niebla.
—Lo suficiente para no juzgarla. Lo suficiente para entender que no necesita salvadores… sino aliados.
Por primera vez, César titubeó. No era un hombre acostumbrado a la vulnerabilidad, y esa palabra —aliados— le recordó todo lo que había hecho sin preguntarse si era lo que Lucía necesitaba. O quería.
Una voz interrumpió el momento.
—Señores, tienen que salir. Estamos por hacerle una nueva evaluación neurológica —dijo una doctora que acababa de llegar, enfundada en una bata blanca, guantes y mirada de cansancio profesional.
Kael asintió y dio un paso atrás. César no se movió de inmediato, pero finalmente se giró hacia la puerta.
—Quiero un parte médico completo en cuanto terminen —dijo, sin mirar a nadie en particular.
—No está en usted decidir eso —replicó la doctora, sin alzar la voz, pero con autoridad.
Kael no pudo evitar una leve sonrisa. Por primera vez, el poder de César se topaba con límites.
Ambos hombres salieron al pasillo. El silencio entre ellos ahora era menos tenso, pero más espeso. Una tregua, quizás. Temporal.
—Ella va a necesitar alguien que se quede cuando despierte —dijo Kael.
César asintió, casi imperceptible.
—Y tú… —agregó Kael—. Si de verdad eres su padre, vas a tener que aprender a escucharla. No a controlarla.
César no respondió. Pero esta vez, no porque se resistiera. Sino porque por primera vez, no tenía una réplica automática.
El monitor dentro de la habitación seguía marcando ese ritmo testarudo. Y entre las sombras del pasillo, ambos hombres entendieron que lo verdaderamente difícil aún estaba por comenzar. Porque cuando Lucía abriera los ojos, nada volvería a ser igual.
Cuando Kael lo dejó solo con Lucía, César se acercó en silencio hasta la camilla. El zumbido leve de las máquinas y el pitido constante del monitor marcaban el ritmo de una presencia que se negaba a apagarse. Llevó sus manos hacia las de ella y las sujetó entre las suyas, con torpeza, como si no supiera ya cómo tocar a su propia hija sin romperla.
—Siempre fuiste buena para llevarme la contraria —susurró, más con dolor que con reproche—. Hasta cuando no hablabas, sabías cómo desafiarme.
Lucía no se movió. Solo el temblor imperceptible de sus párpados y la respiración profunda mantenían viva la ilusión de que podía oírlo.
César bajó la cabeza, su frente casi rozando los nudillos fríos de ella. Su voz se quebró un poco al continuar:
—Tú eras mi niña, Lucía. La única parte de este mundo que valía la pena proteger con las dos manos. Y aun así… te fallé.
Se quedó en silencio un largo momento. Afuera, alguien empujaba una camilla por el pasillo. Un ascensor sonó al abrirse. Pero en esa habitación, todo parecía detenido. Solo ellos dos. El tiempo suspendido. El arrepentimiento colgado del techo como una lámpara que ya no iluminaba.
Kael, por su parte, había regresado a su oficina. Cerró la puerta con un movimiento seco y se dejó caer pesadamente en la silla frente a su escritorio. El cuero crujió bajo su cuerpo exhausto. Se frotó los ojos con ambas manos. Sentía el peso de la noche en los hombros, como si cada decisión tomada durante las últimas horas hubiese envejecido diez años de su vida.
Se quedó allí, en la penumbra, mirando el reflejo tenue de su rostro en la ventana. En el exterior, las luces de la ciudad titilaban, indiferentes al drama que se tejía entre esas paredes.
Él la había sostenido cuando su cuerpo temblaba. Le había susurrado que resistiera, que no era su hora, que aún quedaban cosas por decir. Y había sentido algo, algo que no se atrevía a nombrar, brotar en el contacto con la piel de Lucía. No era piedad. No era deber.
Era algo más profundo. Más peligroso.
Cerró los ojos.
—No te mueras, Lucía —murmuró para sí, sin siquiera notarlo—. No ahora. No así.
De vuelta en la habitación, César alzó el rostro. Las lágrimas se habían contenido, pero sus ojos estaban enrojecidos, enmarcados por años de silencios y decisiones duras. Acarició el cabello de su hija con una ternura que pocos habrían creído capaz en él.
—Si vuelves —susurró—, te prometo que no voy a volver a esconderte del mundo. Ni del mío.
Y entonces, por un instante, tan leve que dudó haberlo sentido, Lucía apretó ligeramente sus dedos. Una presión mínima. Pero real.
César se quedó inmóvil, como si el universo entero hubiera contenido la respiración.
El monitor no cambió su ritmo. El mundo no se detuvo.
Pero para él, esa presión diminuta fue más poderosa que cualquier palabra.
Lucía estaba allí. Aún.
Al otro lado de la ciudad, donde el dolor no alcanzaba, donde la noche era más una promesa que un castigo, la vida seguía su curso con un ritmo distinto. Las luces de neón parpadeaban como guiños cínicos en las esquinas, los motores rugían como bestias hambrientas y la música —grave, obscena, hipnótica— dominaba cada rincón del bar donde los Dragones Dorados celebraban una victoria que sabían era tan peligrosa como embriagante.
Allí no existían las batas blancas, ni los monitores que marcaban la vida al borde del abismo.