El Centro Del Silencio

1063 Palabras
El viento frío de la noche acarició su rostro, pero César apenas lo sintió. Iba vestido con traje oscuro, sin corbata, y el primer botón de la camisa desabrochado. Sus ojos, habitualmente controlados y calculadores, ahora ardían con preguntas. Se detuvo un segundo frente a las puertas automáticas del hospital, como si intentara contener una tormenta que hervía bajo su piel. —Encuéntrala —ordenó sin girarse, y dos de sus hombres entraron antes que él, abriéndose paso entre el personal médico y los visitantes con un aire de autoridad que no requería identificación. César avanzó después de ellos, sus zapatos resonando en los suelos de mármol con un ritmo preciso. Cada paso era una promesa silenciosa de que no permitiría que Lucía desapareciera otra vez. Porque no era solo una paciente para él. No lo había sido desde hacía mucho tiempo. Subió al segundo piso guiado por uno de los asistentes, un enfermero que no se atrevió a contradecirlo cuando lo empujó verbalmente a llevarlo hasta la paciente crítica recién ingresada. Al llegar a la sala, se encontró con una enfermera cerrando la puerta. —No puede pasar, señor —dijo con firmeza, colocándose entre él y el umbral. César no respondió de inmediato. Solo clavó en ella una mirada tan dura que la mujer dudó por un segundo. —Estoy aquí por Lucía Aybar. No vine a negociar —declaró con voz baja, pero cargada de poder. La tensión en el pasillo era palpable. Dentro de la habitación, Kael se giró hacia el sonido de voces elevadas. Al ver la silueta de César más allá del vidrio, su expresión se endureció instintivamente. Abrió la puerta. —¿Usted es familia? —preguntó Kael, sin ceder un centímetro. —Eso no te incumbe —replicó César con frialdad, cruzando la puerta sin pedir permiso. Kael dio un paso adelante, interponiéndose. —Aquí adentro solo entra personal autorizado o familiares directos. Cualquier otra cosa, hable con administración. César lo miró, evaluándolo. No estaba acostumbrado a que lo enfrentaran. Pero lo que más lo descolocó fue lo que vio en los ojos de Kael: la misma intensidad que sentía arder en los suyos. —¿Quién eres tú para decidir eso? —preguntó, con una voz cargada de sospecha. Kael no respondió. Solo sostuvo su mirada. Ambos sabían que lo que los separaba en ese momento no era una puerta, ni un reglamento, sino a Lucía. —Soy el que no la dejó morir —respondió finalmente Kael, sin alzar la voz, pero con una gravedad que caló hondo. Un silencio denso se instaló entre los dos hombres. Desde la camilla, conectada a monitores y rodeada de tubos, Lucía se mantenía inmóvil. Pero en su rostro comenzaba a dibujarse una leve expresión, como si su cuerpo, incluso en el estado en el que se encontraba, percibiera la tormenta que se avecinaba. Porque ella, de una forma u otra, era el centro de una historia que aún no había comenzado del todo. No importaba cuántas veces se negara a serlo. Lucía, con su cuerpo delgado atrapado entre las líneas rectas de una cama de hospital, aún respiraba. Y eso era suficiente para que el mundo se doblara un poco a su alrededor. El monitor cardíaco marcaba el tiempo con un ritmo obstinado, casi desafiante. Como si su corazón —desgastado pero terco— se negara a rendirse. Y, sin embargo, ella estaba inmóvil. Suspendida. Como el centro invisible de una tormenta aún por desatarse. La tensión en la sala era casi palpable. Kael sostenía la mirada de César con la misma firmeza con la que había sujetado la mano de Lucía cuando su cuerpo convulsionaba. No había espacio para la cortesía ni para el consuelo. Solo dos hombres enfrentados por el mismo nombre, por la misma herida abierta. —Te pregunté si eras familia, no si tenías dinero o influencia —dijo Kael, con voz firme, cansada. Cansado de las máscaras, de las verdades a medias, de los hombres que construían jaulas con promesas rotas. César no titubeó. —Ella no tiene a nadie más que a mí. Soy su padre —dijo con una dureza que parecía cincelada en mármol —Y si tú crees que porque le salvaste la vida puedes decidir quién la ve o no… estás más perdido de lo que pareces. Las palabras golpearon como un mazo. No por el tono, sino por lo que ocultaban, la verdad de un hombre que había confundido la protección con la posesión, el amor con la vigilancia. Kael, sin embargo, no se inmutó. Estudió a César con la mirada de quien busca grietas en una armadura. —¿Cómo es que no has podido protegerla? —preguntó con frialdad —Además, no tienes la imagen de un padre. ¿Quién eres realmente en su historia? ¿El padre ausente que volvió cuando ya era tarde? ¿O el guardián que confundió el encierro con el cuidado? César entrecerró los ojos, la mandíbula tensa. Luego sonrió. No con alegría, sino con la tristeza de quien lleva demasiado tiempo perdido en un laberinto que construyó con sus propias manos. —Yo soy el único que no la ha olvidado. Ni siquiera cuando ella hizo todo por desaparecer. Y era verdad. César había sido el faro apagado en la costa de una Lucía que naufragaba. El padre que miraba desde la distancia, incapaz de entender que su hija no quería ser salvada, sino vista. No recordada como una niña rota, sino reconocida como una mujer que había sobrevivido a su propio invierno. Pero ahí estaba. Lucía. Dormida. Respirando. Ella era el centro. No por lo que había hecho, sino por lo que aún no había ocurrido. Porque su historia no había terminado. Ni siquiera había comenzado del todo. Lucía era el punto de fuga. El lugar donde todas las líneas convergían. La promesa aún no dicha. La pregunta sin respuesta. Había en su cuerpo quieto una especie de resistencia silenciosa. Como si incluso en su inconsciencia negara ser reducida a lo que los demás decidieran por ella. Kael lo sabía. La había visto caminar por el borde del abismo y aún así extender la mano hacia otros. Había conocido su tristeza como se conoce el mar, primero en la superficie, luego en lo profundo, donde la oscuridad cambia de nombre y el dolor se vuelve sagrado.
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