Su respiración estaba agitada, su pecho subía y bajaba con rapidez mientras la miraba al rostro, buscando alguna señal de vida, alguna chispa de respuesta en aquellos labios pálidos. Por un instante, el tiempo pareció detenerse en aquella ambulancia en movimiento.
Negó con la cabeza, apretó los dientes y volvió a colocar las manos sobre su pecho. No podía rendirse. No ahora. Sentía que se lo debía, aunque no entendía exactamente por qué. Tal vez era una promesa no dicha, tal vez un recuerdo borroso o simplemente la necesidad de desafiar a la muerte una vez más. Sus manos firmes comenzaron nuevamente con las compresiones torácicas.
—Uno, dos, tres, cuatro… ¡Vamos, Lucía, regresa! —exclamó con fuerza, su voz cargada de desesperación y determinación.
Su compañero lo observaba con el ceño fruncido, con el peso de la realidad aplastando su esperanza. Pero algo inesperado sucedió. De repente, un pitido distinto emergió del monitor, primero débil, intermitente, luego más claro, más fuerte. Los ojos del paramédico se abrieron con sorpresa mientras dirigía la mirada a la pantalla.
—¡El ritmo cardíaco está regresando! —gritó con incredulidad.
El doctor sintió un escalofrío recorrerle la espalda. No podía creerlo, pero tampoco tenía tiempo para dudar. Continuó con las compresiones, manteniendo el ritmo, observando el cuerpo de Lucía con una mezcla de asombro y esperanza. Su piel, antes fría, comenzaba a recuperar un ligero matiz de color. Sus párpados, apenas perceptibles, temblaron levemente.
—Lucía… —susurró él, casi como una súplica.
El monitor siguió sonando con más intensidad, marcando un pulso débil pero existente. Era una señal. Era una lucha que aún no había terminado. Y él estaba dispuesto a pelear hasta el final para traerla de vuelta.
El sonido ensordecedor de la sirena de la ambulancia resonaba por las calles, alertando a los conductores que se apartaban rápidamente para darle paso. La velocidad era vertiginosa, el chofer maniobraba con destreza, esquivando obstáculos con precisión quirúrgica mientras su único objetivo era llegar al hospital a tiempo. Dentro del vehículo, los paramédicos se aferraban a la camilla, asegurándose de que la paciente, que había vuelto a la vida contra todo pronóstico, permaneciera estable.
—¡Aguanta, Lucía! Ya casi llegamos —murmuró el doctor que había luchado incansablemente por traerla de vuelta.
Cada segundo contaba, cada latido que el monitor registraba era un triunfo en su feroz batalla contra la muerte. Finalmente, tras lo que pareció una eternidad, la ambulancia giró bruscamente y se detuvo de golpe frente a la entrada de urgencias del hospital. Los frenos chirriaron, y sin perder ni un instante, las puertas traseras se abrieron de par en par, dejando que una bocanada de aire fresco irrumpiera en el interior del vehículo.
—¡Tenemos una paciente en estado crítico! —gritó uno de los paramédicos mientras empujaban la camilla fuera de la ambulancia.
Un equipo de médicos y enfermeros, alertados con antelación, se apresuró a recibirlos. Con movimientos sincronizados y eficientes, rodearon la camilla, revisando signos vitales, conectando fluidos y preparando el equipo de reanimación mientras la transportaban a toda prisa por los pasillos del hospital.
El doctor que la había mantenido con vida en el trayecto descendió de la ambulancia y los siguió de cerca, sin apartar la mirada de Lucía. Su pecho subía y bajaba con dificultad, pero su corazón latía, prueba de que aún tenía fuerzas para aferrarse a la vida. Mientras las puertas automáticas de la sala de emergencias se cerraban tras ellos, una sensación de alivio, mezclada con ansiedad, envolvía el ambiente.
Lucía había vuelto, pero su lucha aún no había terminado.
El doctor Kael Varnassi se quedó inmóvil por un segundo, observando a Lucía mientras era llevada de urgencia a una de las salas del hospital. Su rostro permanecía inexpresivo, pero en su mirada se reflejaba algo más que preocupación profesional. Algo personal, algo que lo conectaba con ella de una forma que ni siquiera él parecía comprender del todo.
A su lado, el paramédico que había estado con él en la ambulancia lo observó con curiosidad. Había visto cientos de casos en su carrera, pero rara vez un médico mostraba una intensidad tan fuerte al salvar a un paciente. Decidió preguntarle directamente, incapaz de contener su intriga.
—¿La conoces? ¿O solo es mi impresión? —inquirió con una ceja enarcada, sin apartar la vista del doctor.
Kael parpadeó un par de veces, como si la pregunta lo hubiera sacado de un trance. Sus labios se entreabrieron, pero tardó en responder. Finalmente, desvió la mirada, como si intentara encontrar la respuesta en algún rincón del hospital.
—No… no estoy seguro —admitió en voz baja. Su tono era firme, pero llevaba consigo un matiz de duda.
El paramédico frunció el ceño, sin estar del todo convencido. Había algo en la forma en la que Kael había luchado por ella, en la desesperación con la que se había negado a rendirse cuando todos daban a Lucía por perdida. No era solo su instinto de médico, era algo más profundo.
—Parecía que no querías dejarla ir —comentó el paramédico con un tono más suave.
Kael respiró hondo. No podía explicarlo, pero en el instante en que sus manos habían presionado el pecho de Lucía, sintió algo… un lazo invisible que lo ataba a ella. No era la primera vez que veía a un paciente debatirse entre la vida y la muerte, pero con Lucía había sido distinto. Había sentido que su destino estaba entrelazado con el de ella de alguna manera.
—No sé qué fue, pero… algo me decía que no debía dejarla morir —dijo finalmente, cruzándose de brazos, como si quisiera protegerse de sus propios pensamientos.
El paramédico asintió lentamente. No entendía del todo lo que sucedía, pero algo en su interior le decía que esa no era la última vez que Kael Varnassi y Lucía se cruzarían. Y que, de alguna manera, el destino tenía planes para ambos.
Cesar Carretti y sus hombres de confianza estacionaron con brusquedad frente al hospital, el rugido del motor aún resonando en la calle mientras él descendía del vehículo con pasos firmes y una mirada cargada de furia e incertidumbre.