Había cumplido su propósito. Con un gesto de indiferencia, se dio media vuelta y regresó a su vehículo, sin un ápice de remordimiento en su mirada. El trabajo estaba hecho.
Se subió a su coche, ajustó el volante, y sin pensarlo dos veces, pisó el acelerador para alejarse de la escena. El sonido de su motor rugiendo a través de la lluvia era lo único que quedaba después del impacto, del caos, de la muerte de Lucía Carretti. Había actuado con precisión, sin dejar rastros, como si todo fuera parte de un plan calculado, como si todo fuera un movimiento más en un tablero de ajedrez. El hombre misterioso dejó atrás el lugar sin mirar atrás.
Mientras tanto, en otro lugar, César Carretti, el patriarca de la familia, se encontraba reunido en su oficina con sus asesores. La luz tenue de las lámparas iluminaba su rostro, que reflejaba la tensión de la situación. El tema de la reunión era grave, sus enemigos estaban intentando apoderarse de una porción crucial de su territorio. El negocio estaba en peligro, y César, como siempre, estaba decidido a hacer lo que fuera necesario para mantener el control.
La habitación estaba llena de humo y tensión. Unas cuantas luces mortecinas iluminaban el rostro de los presentes, todos hombres curtidos por los años y la violencia. Al fondo de la mesa, con los dedos entrelazados y la mirada fría como el filo de un cuchillo, se encontraba César, el hombre que regía aquellos territorios con puño de hierro.
—Debemos acabar con la pinche competencia de raíz, César —dijo un hombre con canas blancas, su rostro serio y marcado por la vida en las sombras. No había atisbo de duda en su voz; estaba decidido a erradicar a los enemigos de su socio.
César asintió lentamente, evaluando las palabras de su viejo amigo. Sus ojos recorrieron la mesa, buscando cualquier señal de debilidad en los rostros de los demás. Todos estaban de acuerdo, la guerra era inevitable.
Pero antes de que pudiera abrir la boca para dar su veredicto, la puerta del salón se abrió con fuerza. Un hombre irrumpió en la sala con el rostro pálido y la respiración entrecortada. Su sola presencia hizo que todos se pusieran en alerta.
—Señor… —tragó saliva, intentando encontrar las palabras adecuadas —La señorita Lucía sufrió un accidente.
El silencio que siguió fue sepulcral. La frase cayó como una losa sobre la habitación. Nada de lo que habían dicho antes era más importante que la vida de la hija del jefe. Los ojos de César se abrieron con furia y miedo, emociones que rara vez dejaba ver.
—¿Qué has dicho? —espetó Cesar, levantándose de manera apresurada de su asiento. Su voz retumbó en la estancia como un trueno, haciendo que incluso los más valientes de la sala sintieran un escalofrío recorrer su espalda.
El mensajero bajó la cabeza, sin atreverse a repetir la noticia. Sabía que cualquier palabra equivocada podía costarle la vida.
—¿Dónde está? —exigió saber César, caminando con pasos firmes hacia el hombre.
—La están llevando al hospital… No sabemos si va a sobrevivir.
La rabia se mezcló con la desesperación en el rostro de César. Lucía era su única debilidad, su único punto vulnerable. Si alguien la había lastimado a propósito, no habría lugar en la tierra donde pudieran esconderse. La guerra que antes planeaba contra sus enemigos ahora tenía un nuevo objetivo: venganza.
—¡Averigua qué pasó! —rugió, golpeando la mesa con el puño —Si esto no fue un accidente, quiero saber quién lo hizo… Y quiero su cabeza antes del amanecer.
Los hombres en la sala asintieron sin vacilar. Sabían que la tormenta apenas comenzaba y que cuando César se movía, el mundo temblaba.
La ambulancia avanzaba a toda velocidad por las calles de la ciudad, zigzagueando entre el tráfico con la sirena resonando en el aire. Dentro del vehículo, el ambiente era un torbellino de tensión y desesperación. Los paramédicos habían logrado sacar el cuerpo de Lucía de los escombros, en el fondo del agua y ahora luchaban contra el tiempo para mantenerla con vida.
—¡Vamos, Lucía, aguanta! —gritó el joven doctor mientras aplicaba compresiones torácicas con firmeza sobre su pecho.
Su rostro estaba cubierto de sudor, pero no se detuvo. Cada presión, cada intento de resucitación era una batalla contra la muerte. Su juramento como médico resonaba en su mente: salvar vidas, sin importar las circunstancias.
—Uno, dos, tres, cuatro... ¡Vamos, debes volver! —su voz retumbaba dentro de la ambulancia, cargada de determinación y angustia.
A su lado, su compañero observaba atentamente el monitor cardíaco, con la esperanza de ver algún cambio, alguna señal de que Lucía aún luchaba por aferrarse a la vida. Pero la línea seguía plana, una sentencia silenciosa que se negaban a aceptar.
—¡Vamos, Lucía! —insistió el doctor, incrementando sus esfuerzos mientras el tiempo avanzaba en su contra.
El paramédico que controlaba el monitor negó con la cabeza y dejó escapar un suspiro pesado.
—Es demasiado tarde… —susurró, como si las palabras pesaran más de lo que podía soportar —La hemos perdido.
El doctor se quedó inmóvil por un segundo, con las manos aún sobre el pecho de Lucía. Sus ojos reflejaban impotencia, rabia y dolor. Se negaba a aceptar la derrota. Miró el rostro pálido de la joven, esperando algún milagro que no llegó.
—Hora del deceso… —dijo su compañero en voz baja, mirando el reloj con resignación.
El joven doctor apretó los dientes, bajó la cabeza y cerró los ojos un instante, permitiéndose sentir el golpe de la pérdida antes de retirarse los guantes con frustración. La ambulancia siguió su curso, pero el aire en su interior estaba impregnado de una pesadez insoportable. Lucía ya no estaba.
El doctor que había luchado incansablemente por traerla de vuelta se alejó apenas unos centímetros del cuerpo inerte de Lucía.