La madrugada aún no había terminado cuando Dolores, en un estado de agitación controlada, comenzó a dar órdenes precisas. No había tiempo que perder. Mientras su teléfono seguía vibrando con mensajes y llamadas, la primera acción que tomó fue llamar a su equipo de confianza, exigiendo que investigaran el origen del video. —Quiero saber quién lo grabó, cómo lo consiguieron, y sobre todo, cómo llegó a publicarse —ordenó, su voz firme pero tensa, mientras un grupo de técnicos y expertos en ciberseguridad se movilizaba para rastrear cada pista, cada posible origen. Sin embargo, la magnitud del problema se hizo evidente muy pronto. A pesar de los esfuerzos de su equipo, el video había alcanzado más de diez millones de vistas en cuestión de minutos. La noticia se había extendido como un reguer

