Una vez que los demás se retiraron de la sala, el silencio se volvió denso, casi tangible. Dolores y Octavio quedaron solos, frente a frente, en la amplia sala de reuniones de la casa familiar. Las luces frías de la habitación contrastaban con la tensión que se respiraba en el aire, un peso invisible que parecía aplastar cualquier intento de normalidad. Octavio permanecía de pie, con los brazos cruzados, tratando de mantener la compostura, pero su rostro reflejaba la preocupación que lo consumía por dentro. Dolores, por su parte, se sentó nuevamente en su silla, su mirada fija en la pantalla que aún mostraba fragmentos del archivo comprometedor que había presentado minutos antes. —Dolores… —comenzó Octavio, eligiendo cuidadosamente sus palabras—. Esto no es necesario. Podemos resolver es

