La luna había alcanzado su cenit, derramando su luz pálida sobre la vasta extensión del campo, cubriendo la cabaña en una manta de quietud engañosa. Dentro de sus paredes, Dolores y Laureano yacían juntos, envueltos en la calidez del fuego moribundo y el calor residual de su encuentro. La tormenta afuera se había calmado, pero no sabían que otra tormenta, una más peligrosa y destructiva, estaba a punto de desatarse. Mientras tanto, a kilómetros de distancia, en una oficina iluminada únicamente por el brillo de una pantalla, Luis Carlos García observaba el video que había recibido esa misma tarde. Las imágenes eran claras, demasiado claras: Dolores y Laureano, envueltos en su íntimo reencuentro, sin sospechar que cada movimiento, cada susurro, había sido capturado por una cámara oculta. Lu

