El timbre de la puerta de entrada le retumbó como una bomba en el centro del pecho. Lourdes se levantó como un resorte y fue a abrir. Por la mirilla vio a Amelia y sin acordarse de cuál era la llave, probó hasta que abrió.
-Lourdes, dijo Amelia consternada dándole un abrazo sincero. Lourdes lloraba desconsolada apoyada en la pared.
- ¿Cómo está Catriel?
-Venga Amelia, le dijo y se dirigieron a la habitación del muchacho.
Evidentemente la imagen de Catriel había empeorado significativamente desde hacía unas pocas horas nomás, y en el rostro apesadumbrado de Amelia, se reflejaba la contundencia de esta desmejora. Amelia se acercó dejando su cartera a los pies de la cama de Catriel. Se sentó. Lo observó detenidamente mientras
acariciaba su mano todavía sucia por la peloteada de la mañana.
-Hoy no estaba tan mal Lourdes, dijo sin quitarle la mirada.
Lourdes permanecía muda del otro lado de la cama, parada, escuchando las palabras de la maestra perdida en la estampa pobre de su hijo. De pronto despertó. Como emergiendo del fondo del océano, dando un respiro grueso y profundo que le nació de algún rincón de su cuerpo pequeño. Se sentó en la cama sin interpretar absolutamente nada.
-iHijo! ¡Hijo querido!, arremetió su madre mientras lo abrazaba con fuerza.
-Tranquila, Lourdes, tranquila, decía Amelia intentando poner paños fríos y un poco de calma. Catriel no entendía nada, pero sabía que algo no estaba bien.
- ¿Qué pasó, mamá?, preguntó confundido.
-Catriel, ¿cómo te sentís, hijo?
-Bien, mamá, creo, dijo mirándose los brazos y el cuerpo e intentando descubrir la hora y el tiempo en el que estaba inserto.
-iSeñorita Amelia!, exclamó sorprendido. - ¿Qué está pasando mamá?, se dirigió ahora a Lourdes.
-Catriel, estábamos preocupadas, dijo la maestra.
-Pero yo estoy bien, ¿por qué se preocupan?, preguntó sin hallar una lógica en las palabras dolientes de Amelia.
-Durante toda la mañana estuviste muy extraño Catriel, y a lo largo del día, te pregunté, en varias ocasiones si te sentías bien y desde hace unos días vengo observando comportamientos que no son tuyos hijo, ¿me vas siguiendo?
Catriel afirmaba con un sí descompasado. – Amelia continuó. - Y sabés que hoy, antes de irte, te pregunté si estabas en condiciones de venir solito hasta tu casa...
-Sí, y le respondí que me sentía bien, que podía hacerlo, contestó antes de que Amelia concluya su exposición.
-Apenas llegaste - prosiguió su mamá, ni me saludaste. Te metiste al baño y ahí estuviste durante un rato largo.
Catriel la observaba y trataba de recordar algo de todo lo que le estaban diciendo. Su gesto era elocuente: nada. Lourdes continuó. - Luego llamó Amelia para ponerme al tanto de sus observaciones. Corté con ella. Te llamé y no me respondías hijo. Entré desesperada al baño y estabas tirado encima del inodoro, babeando y parecías muerto hijito mío.
Lourdes volvía a abrazarlo y lloraba sobre el hombro de Catriel desencajada de la realidad. El niño miraba a su maestra preguntándole en silencio mil cosas a la vez.
-No llores, mamita, dijo compungido Catriel. – Estoy bien. Sólo tengo mucho sueño y no sé por qué, pero es eso nada más. Sueño.
-Lo mismo me dijo hoy en la escuela Lourdes, agregó Amelia, que sentía mucho sueño y que lo único que deseaba era dormir un poco. Tras unas palabras de consuelo y alguna que otra sonrisa aislada para cortar la tensión vivida Amelia los dejó sin antes proponerle a Lourdes que, de todos modos, lo haga ver con un especialista, debido a todos los cambios que los niños van experimentando, sondeando inclusive, contracciones de otra índole.
La normalidad volvió a instalarse. Parecía no haber pasado nada. Todo olía como siempre y Catriel continuaba con su vida y su derroche de energía. Lourdes no lo vivía del mismo modo. Trataba de disimular su acoso. Lo seguía como una sombra inquieta y poderosa por cada uno de los rincones de la casa mientras él, deambulaba en su mar profundo de fantasías. Ya en la cena, Lourdes comenzó a notar señales similares a las del mediodía. Lo veía extrañamente agotado, abatido. Sus ojos lucían tristes y lejanos y su rostro no lograba esconder ese fiel cansancio puesto ahí a puñetazos. "Voy a acomodar mis cosas", le dijo a su madre y arrastrando los pies en clara señal de sopor extremo, se fue a su habitación. Lourdes se quedó terminando con los quehaceres de la casa y se fue a duchar. Pasó por el dormitorio de su hijo y Catriel dormía desencajado y desprovisto de toda ortodoxia, aventado en la cama y totalmente desalineado. "Hijo, tenés que bañarte", dijo Lourdes arrodillándose ante el muchacho. Catriel divagaba lejos, muy lejos de la realidad, con una respiración apagada y un ronquido cortado y gris. Lourdes asomó su nariz a la boca del niño: nada extraño. Le arremangó la camisa y buscó marcas en sus brazos, bajo un llanto mudo y lanzándose insultos ella misma por desconfiar e imaginar semejantes atrocidades de su pequeño: nada anormal. Lourdes se quedó mirándolo y, desprovista de entendimiento, sólo le pidió a Dios que lo proteja y lo saque de esta situación.
Catriel abrió la puerta del aula cinco minutos después de empezada la clase de geografía. Amelia se quedó horrorizada al ver la estampa del niño: la camisa abotonada azarosamente; los cordones de los zapatos llenos de agua y barro, a punto de desabrocharse definitivamente; el cabello revuelto y una expresión fantasmagórica surcándole el rostro. En el aula danzó un silencio sepulcral. Atrás quedaron el alboroto típico y las palabras desoídas de Amelia. Podía palparse en el ambiente tenso y caudaloso esa ventisca desigual e infalible gritando en su infierno pantanoso. Catriel entró como un náufrago perdido, sucio y descomunal, dormido en sus pisadas, acarreando su mochila a medio abrir y con la mitad de las cosas. Como el más avezado adivino apuntó, sin margen de error, a su butaca vacía. Se desplomó como un peñasco y se durmió sobre sus brazos pequeños, dejando a la deriva su carrito pestilente.
Nadie murmuraba si quiera. Todo era una postal del verdadero desconcierto y sólo las miradas atónitas de los demás niños y de Amelia inclusive, hablaban y buscaban hallar una respuesta dentro del aula infestada de duda.
-Niños, escuchen bien, dijo con un color diferente en su tono de voz Amelia, casi al borde del precipicio. - Manténgase así, en silencio como se encuentran ahora - prosiguió -. Ya vengo. Nadie respondió nada. Sólo las actitudes apesadumbradas y quietas de los alumnos bastaron como respuesta fiel y concreta.
Amelia corrió hasta la dirección. Algunas maestras la vieron pasar como una saeta y muchos se asomaron al hall central para intentar averiguar qué estaba sucediendo.
-Amelia, ¿qué ocurre?, preguntó la directora del colegio.
-Griselda - respondió la docente - Es un alumno. Catriel Panigassi. Ya viene mal desde hace unos días y hoy, no sólo llegó tarde, sino que se presentó en un estado calamitoso.
-iNo me digas, Amelia! ¿Qué le sucede al muchacho?, preguntó inquieta.
-Vamos a tener que averiguarlo Griselda. Esto es algo que lleva tres o cuatro días y que ha ido empeorando conforme han ido pasando las horas. Ayer estuve en su casa y hablé con la madre. El niño había sufrido un episodio similar, pero logró salir misteriosamente. Le sugerí a Lourdes, la mamá del alumno, que lo haga ver con un especialista, pero esto de hoy parece un proceso peor al de ayer. Estoy realmente asustada.
La directora se quedó con la mandíbula cerca del escritorio. No podía creer lo que estaba oyendo.
-Debemos actuar rápido, Amelia.
-Sí.
-Llamemos a la madre y a emergencias.
En menos de diez minutos la unidad de emergencias se hizo presente en la escuela. Por detrás, husmeándole los talones, arribó Lourdes. Parecía un alma en pena, un ánima perdida en un universo desconocido entre el cielo y el más allá. Los paramédicos sugirieron el traslado. El doctor de la unidad habló con la madre del muchacho y le explicó que necesitaban observarlo en el sanatorio para poder efectuar, en detalle, un mejor diagnóstico. Lourdes y Amelia se quedaron con un sabor amargo y pudieron observar en el médico una mirada esquiva.