VOLANDO SOBRE ALAS AZULES

1406 Palabras
En el sanatorio, después de un concienzudo y exhaustivo examen, el doctor decidió hablar a solas con Lourdes. -Adelante señora, dijo el médico invitando a la madre que aguardaba nerviosa en la sala central. - ¿Qué tal señora?, doctor Sotello. Pase por favor. -Gracias, dijo Lourdes con la voz apagada. -Bien señora - abrió el profesional con un suspiro largo que retumbó en el consultorio. - Hemos estado observando y haciendo unos chequeos básicos a Catriel -, respondió presurosa Lourdes. ...Catriel, exactamente. Lourdes olfateó un preámbulo demasiado extenso y un desvío importante en la mirada de Sotello. - ¿Qué le está pasando a mi hijo doctor? Quiero que me sea franco por favor, preguntó Lourdes con el llanto crujiéndole en la garganta. Sotello la miró como buscando el punto menos vulnerable para depositar sus palabras. -Mire señora, ya que me pide franqueza, creo que es lo mejor y el camino más rápido para tomar el toro por las astas. -No lo entiendo doctor, dijo Lourdes presagiando algo fuera de foco. -Le explico señora: después de unos cuantos estudios que se le han efectuado a su hijo, hemos llegado a la conclusión que el niño tiene un tumor cerebral depositado en la base del mismo, más precisamente en la zona del bulbo raquídeo. Lourdes sintió como si mil amarras le tiraran y le despedazaran la carne de una manera cruel y despiadada. Un sin fin de cuchillas se le metieron por las venas del cuello y le atravesaron el alma y le desgarraron malamente el corazón inflado de palpitaciones, a punto de estallarle por la boca abierta y espantada, muda, intentando dar un grito atroz, intentando descuartizar al mismo demonio con un alarido traído de las tinieblas. No pudo más. Era un dolor supremo. Era El Dolor. Lloraba y se retorcía en su silla y volvía a mirar a Sotello, descreída, buscando a Dios que era un fiel ausente. - ¿Está usted seguro de lo que me dice doctor?, preguntó armada de una voz ronca y poderosa. -Señora, le ruego un poquito de calma nada más - ¿Cómo quiere que me calme doctor?, replicó todavía en su grito descomunal - iUsted me está diciendo que mi hijo se va a morir y todavía me pide que me calme!, le gritó tomándose del escritorio con gruesos escupitajos a centímetros de la cara de Sotello. Volvió a su silla. Derrotada. Lloraba, lloraba. -Perdone doctor, perdone por favor, suplicó mientras el médico permanecía estático mirándola angelicalmente y comprendiendo los dolores de esta pobre mujer. Luego de unos segundos en donde pareció que una leve brisa de sosiego sobrevolaba el consultorio, Sotello dijo: -Lourdes - si me permite que la llame por su nombre de pila- En ningún momento le dije que Catriel se iba a morir. Lourdes levantó sus ojos y una vaga promesa parecía meterse en su sangre. Sotello continuó. -Por eso le dije que lo mejor sería hablarle frontalmente y ahorrarnos un tiempo muy valioso para poder, así, hacerle frente a esta situación, ¿me explico? -¿Eso quiere decir que mi hijo no se va a morir? -Eso quiere decir que hay muchas cosas por hacer, que no hay tiempo que perder y que necesitamos mucho de su colaboración, de su fuerza y su entereza. Lourdes lloraba con una leve mueca de esperanza y de alegría dibujada en su rostro. -Entiendo su pesar Lourdes. Yo también soy padre de una nena de nueve años y se, créame, lo que usted está sintiendo. Pero debemos enfrentar esto con el menor dolor posible y con la mayor actitud. Lourdes asentía las palabras y las sugerencias de Sotello. -Tranquilícese por favor y vamos a hacer lo siguiente: el niño ha recuperado su conciencia y ya está mucho mejor. Ellos, a diferencia nuestra, tienen un poder y un caudal de recuperación increíbles. Este problemita en Catriel recién está comenzando. No hay que descuidarlo y hay que respetar un proceso largo y con piedras en el camino. Quiero que sepa que aquí cuenta usted con un grupo de profesionales de primer nivel y con una tecnología de avanzada que se va a poner enteramente al servicio de su hijo. Ayúdenos con su presencia fuerte y su persistencia. De esa forma usted sería un profesional más en el trabajo a desarrollar. Sólo usted conoce a su hijo mejor que nadie. Sólo usted puede, desde su perspectiva y desde su impronta, hacer el trabajo que nosotros con el no podríamos hacer. -Muchas gracias doctor, muchas gracias, dijo visiblemente maltrecha Lourdes. -Ahora llévelo a casa y que descanse. Pasado mañana lo trae para comenzar con los estudios pertinentes, ¿sí? -Sí doctor, hasta luego. -Hasta pasado mañana Lourdes. Sotello se fue del consultorio y una enfermera trajo a Catriel. Su madre lo miró. Él estaba ahí, parado, con su piel de porcelana, su pelo acomodado y sus ropas menos maltratadas como si nunca nada hubiera sucedido. Parecía un mal sueño de su madre. Ella hubiera deseado que todo haya sido una pesadilla estúpida y ridícula, pero no era así. Catriel estaba ahí, al frente de su madre, con un tumor gestándose dentro de su cuerpecito de ángel y con el semblante limpio de todos los días, lleno de vida, de una vida que a Lourdes le corría como el agua entre los dedos. - ¿Qué te dijo el doctor mamá?, preguntó con la inocencia clásica de un niño pulcro y feliz. Lourdes no quería mentirle, pero pensaba ir de a poco para que Catriel, muy despacio, vaya entendiendo los pasos del proceso. Y parecía una idea acertada. -Bueno mi amor, mirá: hay que hacer unos estudios - le decía mientras abandonaban el sanatorio, bajo una siesta calurosa que azotaba a Posadas toda. Y continuó. - Van a ser unos cuantos exámenes para ver de donde provienen tus dolores de cabeza, el malestar que estás teniendo, el porqué de tu cansancio extremo.. En fin, una serie de estudios y, tras ellos, medicina, reposo y unos cuantos días en la cama hasta que te recuperes. - ¿Eso nada más?, preguntó como sintiéndose un héroe después de todo. -Por ahora eso hijito mío. Una vez que tenga los resultados el doctor Sotello dirá como sigue, respondió Lourdes sin mirarlo a los ojos y conteniendo el volcán desolador que aglutinaba su alma y su corazón. -Mamá, ¿estás bien? ¿Estás llorando?, preguntó afligido Catriel. -Si hijo, estoy bien. Y no estoy llorando. Sólo me entró algo en los ojos y no sé qué es, contestó separada unos centímetros de su hijo. Una mariposa agitaba sus alas al compás del silencio sobre el cordón de la vereda y brillaba como un espejo bajo el sol poderoso. Catriel las amaba. -Mamá, mirá, la mariposa que siempre quise tener, dijo alborozado. -Hermosa hijo, hermosa, dijo Lourdes apartada todavía y sin signos de recuperación. La espectacular mariposa comenzó a agitar cada vez más fuerte sus alas en claro intento por emprender el vuelo. Se elevó pausada y lenta, como rogándole en su lenguaje a Catriel que la atrape y la lleve con él. Y el ruego tuvo su respuesta. Catriel corrió tras ella, que escapó de sus cuerdas como una princesa a punto de ser capturada por su príncipe azul. A lo lejos el rechinar de unos neumáticos fueron sonidos apagados en los oídos de Catriel, pero se presentaron como volcanes en erupción en Lourdes y en el resto de los transeúntes. -iCatriel!, gritó Lourdes rompiendo la barrera del sonido y atravesando el cemento de las calles con ese alarido implacable que le brotó desde lo más crudo de sus entrañas. Catriel parecía estar viviendo sólo su mundo, su historia, la historia del príncipe enamorado de su princesa, la cual, desplegaba sensualmente sus alas azules pidiéndole, como una súplica, que la rescate y que la ame en su palacio de ensueño. Y en ese recorrido de amor fue alcanzado por las chapas calientes de un auto descontrolado, que terminó su loca carrera bajo los vidrios de una joyería, varios metros más adelante, y que se engulló a una hermosa mujer de ojos azules y a un pobre trabajador que quedó oliendo a muerte en lo retorcido de la locura. Lourdes corrió desbocada hacia el cuerpecito de Catriel que terminaba de ahogarse en un mar interminable de sangre y que volaba hacia la libertad de la muerte plegado en las alas azules de su eterno amor.
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