Desde que Gregorio se casó con Valeria, a comienzos de los setenta, adoptó la costumbre de levantarse bien temprano, junto a los primeros rayos de sol y al canto de los gallos, que se perdían detrás de las montañas azules y frescas.
Para cualquier habitante de Posadas, la gran ciudad, la vida en Manantiales era un concierto de aburrimientos dentro de un pueblo fantasma y desolado, pero para Gregorio, esa quietud y ese aire fresco y puro de las mañanas, eran dos mundos que se entremezclaban, proveyendo prácticamente todo lo necesario para desandar la jornada sin sobresaltos bajo un clima armonioso.
Luego de estirar los huesos y de observar el paisaje como si fuera la primera vez, parado en la entrada de su casa bajo un alero de enredaderas, le daba de comer a los animales y regaba las plantas, mientras Valeria preparaba, una vez más, el habitual desayuno caliente y cremoso.
Esa fue una de las tantas mañanas que amaneció singularmente fresca y con un leve rocío que apenas acariciaba las flores. Gregorio acabó con su ritual de comprobaciones, tomó su desayuno y se fue a trabajar. Hacía quince años que se desempeñaba como chofer de la empresa más problemática de Manantiales, una sociedad anónima que vivía constantemente bajo la lupa de la justicia, sus más fervientes detractores, y hundida en las miradas hostiles de sus usuarios, cansados de tantas improlijidades y hartos de tarifas elevadas. Gregorio era amado hasta por los insectos en el pueblo y la gente solía reclamarle por esa devoción casi esclava para la firma en donde trabajaba, y eso lo ubicaba en un plano de dualidad constante, en una encrucijada y en estar siempre entre la espada y la pared. Pero Goyo, como le decían en el pueblo, tenía muy claro todos y cada uno de los pasos que daba en la empresa y se limitaba a ser respetuoso y cordial, amigo de todo el mundo y enemigo acérrimo
de las habladurías torpes y descuidadas que sólo envenenaban - como generalmente sucedía en Manantiales - los oídos de los pobres pueblerinos. Atravesando la una de la tarde partió rumbo a Posadas con su estampa de hombre impecable y pulcro, con su cabello engominado y con algunas canas surcándole los costados y esos bigotes densos y poblados y su inmaculado uniforme con las rayas bien marcadas a sus lados y ese típico e inconfundible olor a apresto que hasta servía de aroma constante en el colectivo.
El sol parecía querer arder con rabia en los confines del cielo turquesa y el calor, después de una noche fresca y destemplada, hacía sentir su veneno. Poca gente subió al recorrido de Gregorio en Manantiales, acaso los únicos que no contaban con otra alternativa que treparse al transporte de los ilegales y de los malversados. Recién en Las Torcazas el colectivo abrigó a un número importante de personas que colmaron prácticamente la totalidad de los asientos. Saliendo de Las Torcazas comenzaba el infierno para Goyo porque ingresaba en la ruta 160, que padecía los mismos avatares que la ruta 44, que se encontraba en la franja opuesta y desembocaba en El Faro donde, recién ahí, la ruta abría sus brazos a distintos destinos. La paciencia y el exquisito humor de Gregorio no sólo le proporcionaban excelentes dividendos a él, sino que lograba calmar las fieras que venían resoplando como toros embravecidos agarrándose de los pasamanos para no explotar definitivamente. Como todos los días, sorteando los obstáculos y manteniendo las aguas turbulentas a una temperatura media, logró atravesar el chubasco abominable del tráfico y enfiló hacia Posadas. La última parada la tenía a cuatro kilómetros pasando El Faro, por la ruta 152, que lo llevaba a la gran
ciudad. Era una garita precaria en donde confluían lugareños que vivían en los barrios aledaños a la ruta y servía de lugar neutral para las diferentes empresas que por allí pasaban. Llegó a las trece
cuarenta y cinco, con esa responsabilidad del deber que eximía cualquier planilla demarcada y toda planificación trazada a pesar de los imprevistos en el hormiguero de la ruta anterior. Los pasajeros de esa parada fueron los últimos y Gregorio no se detendría hasta su arribo a Posadas, treinta y seis kilómetros más adelante.
-"iBuenas tardes, buenas tardes, buenas tardes!, saludó Goyo con esa simpatía que lo caracterizaba mientras una a uno iban trepando al ómnibus. El último de los pasajeros era su tripulante más antiguo: Joaquín. Gregorio lo conocía desde el momento mismo en que ingresó a la empresa, quince años atrás, y desde ese entonces había sido su más fiel pasajero, casi un amigo.
-Buenas tardes, Goyo, ¿cómo está tu rodilla hoy?, preguntó Joaquín con una leve palmada en el hombro.
-Cada vez peor, Joaquín", respondió Gregorio mientras sobaba el hueso circular. - Esto no tiene solución, prosiguió. Joaquín lo miró y sin quitarle la mano del hombro le dijo.
-Todo tiene solución, y al unísono dijeron: Menos la muerte. Ambos sonrieron y Joaquín se fue hacia el fondo, buscando el mismo asiento que ocupaba desde hacía quince años.
El amanecer de la siesta aparecía terrible, bajo un calor insoportable. Los pasajeros estaban sumidos en sueños profundos. Joaquín también dormía con su rostro cubierto por un pañuelo para impedir el paso de los rayos del sol. Gregorio no perdía su concentración, pero podía observar a Estela y a Ernesto, detrás de él a su derecha, tomados de la mano como en los tiempos de juventud, con el mismo amor y la misma pasión de entonces, con sus cabezas pegadas como dos eternos enamorados. Goyo sólo dibujaba una sonrisa apenas perceptible;
detrás de él, pero a su izquierda, Angélica hamacaba sin compás su cabeza a un ritmo desigual, provocada por los movimientos del colectivo, sosteniendo como siempre su bolso gigante y abriendo, de vez en cuando, los ojos desorbitados para asegurarse de no haberse ido cerca de la luna como constantemente le decía a Gregorio cada vez que llegaban a Posadas, agradecida de no haberse pasado. Y detrás de Estela y Ernesto – despatarrado y sin ortodoxia alguna - asomaba su cabeza ladeada Aníbal, desprovisto de toda lógica en su descanso, con su rostro desfigurado de sueño y sus pies descalzos a punto de patearle los talones a Estela. Y más atrás Olivia y Jacinto. Y más atrás Rogelio y Roberto. María, atravesada en los dos asientos, Ignacio y Tina con sus habituales discusiones en un silencio que sólo Goyo podía apreciar y disfrutar. Y detrás de Angélica el resto de los pasajeros hasta llegar al último peldaño con Joaquín bajo un pañuelo oscuro intentando que el sol no le impida el descanso. Era la imagen de todos los días. Goyo conocía como a la palma de su mano a cada uno de ellos y hasta solían darse conversaciones muy interesantes en contados momentos, cuando todos estaban despiertos y predispuestos a esos juegos que Gregorio proponía para hacer más ameno el viaje e, íntimamente, comenzar a devolverle a la empresa algo de la jerarquía que otrora supo tener. Después de veinte minutos de viaje podía verse, a lo lejos, las puntas elevadas, casi tocando las almas de los ángeles, de los primeros edificios de Posadas.
Con un comportamiento natural y programado los pasajeros comenzaban a darle forma de ser humano a sus cuerpos descarrilados después de un sueño acogedor. Muchos estiraban sus brazos haciendo rechinar sus huesos; otros dejaban que sus piernas se alarguen hasta encontrar la satisfacción buscada mezclada con una felicidad única en el rostro, todavía preguntándose en dónde se encontraban y posteriormente ubicados en la realidad con sus cabellos aplastados y sus ropas fuera de lugar.