Gregorio podía escuchar los bostezos largos que venían desde el fondo, apareciendo entre la oscuridad y retumbando por todo el colectivo y causándole una leve mueca de sonrisa, al tiempo que se decía a sí mismo - una vez más - "no tienen vergüenza de bostezar como los cerdos". Se podían escuchar los últimos ruidos de los papeles guardándose en las maletas y el sonido inconfundible de los paquetes de golosinas que se cerraban hasta el té de la tarde y los tacos de los zapatos rechinando y renegando para ser puestos de nuevo en los pies cansados y a Tina, que bajaba de la guantera sus clásicos bolsos de perfume que llevaba para vender en Posadas, mientras no se ponía de acuerdo con Ignacio en una lucha candente de palabras asordinadas. Y Gregorio disfrutaba. Y era un placer ver de nuevo a Angélica enterrada en el asiento, más dormida que antes y jugando, hasta el extremo, para verla despertar de golpe pensando que la galaxia es la próxima parada. Desde el fondo del ómnibus Gregorio vio acercarse a Joaquín, tambaleante, largo y delgado, intentando no dar con su cabeza en el techo.
-Goyo, perdón, ¿a cuánto estamos?, preguntó Joaquín.
- ¿Qué te sucede, Joaquín? Te ves fatal esta mañana.
-No he podido pegar un ojo, respondió sensiblemente fastidiado.
-Se te nota, amigo. En siete minutos llegamos. Yo te pego el grito.
-Gracias, Goyo, dijo Joaquín más calmado.
Y como si se tratara de la primera vez, los rostros de los pasajeros se pegaban a sus respectivas ventanillas y admiraban la ciudad, como si arribaran a un mundo nuevo enclavado en el espacio sideral. Los ojos de Estela adoraban la majestuosidad que se elevaba frente a su mirada atónita, y Ernesto quedaba perplejo y hacía ruidos con su mandíbula al ver a su esposa disfrutar hasta las lágrimas de semejante espectáculo. Y Aníbal aprovechaba el deslumbre para acarrear sus zapatos sin que Estela lo notara, y se perdía en la llamada mágica que lo seducía al oído y que venía desde afuera, desde la modernidad de una gran ciudad. Y por un instante las discusiones se aplacaban entre Ignacio y Tina, azorados y conmocionados, extraviados de sus conflictos y engullidos por la magnificencia. Y a pesar de recalar en esta ciudad, una y otra vez durante quince años, Gregorio sentía la misma hipnosis, el mismo sudor placentero corriéndole por los surcos de su espalda como buen pueblerino, acostumbrado a sus cosechas y a sus máquinas herrumbradas, a sus caballos y a sus chanchos sucios y desprolijos y a esos olores clásicos a pastura y a yuyo verde, con casas antiguas y veredas angostas.
El ruido de la ciudad era ciertamente distinto y desacompasado, el polo opuesto a la tranquilidad de Manantiales y a esa armonía periódica que se vivía. La hermosura y la majestuosidad de Posadas se entorpecían con la locura cotidiana, clásica de toda gran ciudad, y el descomponedor griterío de los coches se mezclaba con el infernal concierto de bocinas y con los carteles digitales rompiendo a martillazos con sus publicidades a color. Podían verse señoras emperifolladas en sus elegantes autos y señores de traje con sus periódicos bajo el brazo y sus teléfonos de última generación. Y podían verse los jóvenes enfundados en sus ropas de moda y luciendo esos extraños cortes de cabello, de todos colores, buscando hacer algo que en sus hogares no podrían. Y esos comercios de grandes vidrieras, con luces de todo
tipo; y esos salones enormes y esos paradisíacos restaurantes con televisores empotrados en las paredes.
En Manantiales todavía se mantenían aquellas costumbres que habían dejado como herencia los antepasados. Y era verdaderamente difícil intentar torcer esa realidad. La gente todavía compraba sus provisiones en el comerciante del pueblo, y todavía el señor de la leche pasaba al alba con su carreta y su caballo a dejar sus botellas a los vecinos, bien temprano, para después a la tarde cobrarles el pedido y de paso llevar un pan casero para tomar el mate con alguno de ellos. Y el comisario del pueblo era el segundo padre de los niños, así como el juez de paz no tenía reparos en quitarse su envestidura y ser un nexo amigable en las dificultades de sus vecinos y amigos, y así con el joyero, que no se le caía un pelo por cerrar su negocio y caminar leguas para llegar a su hogar.
Gregorio esperaba hallar el cartel que decía: "Bienvenidos a Posadas". Lo encontró. "Posadas señores", exclamó desde su timón de mando.
Adentro, el colectivo, parecía cobrar vida. Todos comenzaban a preparar sus pertenencias y aguardaban en orden el arribo. Si bien Gregorio debía llegar a la estación, muchos bajaban en el centro mismo de Posadas, más cerca de los destinos de cada uno. Como siempre Joaquín dio paso a los demás pasajeros mientras, con minuciosidad, ponía sus cosas en orden.
-Gracias Goyo, cuidá esa rodilla, dijo Joaquín. Un descuido más y me quedo sin chofer, agregó graciosamente.
-Gracias amigo, cuidate mucho.
Joaquín bajo del transporte y Gregorio, arrancando lentamente le dijo:
-Mañana si no me presentás a tu novia te voy a cobrar doble el boleto.
Joaquín quedó ahí parado, mudo y perplejo, sin percatarse de nada, esbozando una pregunta que nunca salió de su boca.
Goyo levantó su mano en señal de saludo y siguió rumbo a la estación. Unos metros más adelante un semáforo en rojo detuvo su marcha. Sólo quedaban Angélica que todavía no estaba enterada de haber llegado a Posadas y Aníbal, con sus zapatos puestos pero desabrochados. Goyo sintió el ruido de una frenada infernal atravesando la carne de la ciudad. Se tomó del volante como en una búsqueda desesperada e inconsciente de preservarse. Miró por su espejo retrovisor y logró ver a un auto fuera de control arrasando todo a su paso. Permaneció inmóvil a la espera de una resolución. De pronto un estruendo. Silencio. Y luego el griterío desencajado de la gente que corría sin rumbo hacia cualquier lugar y volvía sobre sus pasos y gritaba, más aterrados todavía y trataba de hallar consuelo a su dolor en los brazos de los desconocidos.
Gregorio aplicó el freno de mano y sin pedirles disculpas a sus dos pasajeros se aventó del ómnibus para intentar interpretar lo ocurrido. Una vez en la calle la imagen dantesca le revolvió los sesos. Todo a su alrededor tenía la forma misma de un terremoto reciente. Las personas corrían en locas y desesperadas carreras en busca de un poco de consuelo. Otras tantas lloraban arrodilladas en el asfalto y otras sobre la vereda. El caos se instaló en pleno corazón de Posadas, en una hora infernal y bajo un calor aplastante.
Gregorio fue caminando hacia lo que él creía era el lugar neurálgico de la situación, pisando casi en el aire como temiendo dar en una bomba que estalle todo otra vez. En la locura del ir y venir de la gente se empezaron a oír los primeros sonidos lejanos de las sirenas y una alarma que crujía desde algún lugar en clara anunciación de un desastre.
Gregorio siguió abriéndose camino hacia ese punto donde parecía situarse todo el vendaval y en el medio de chapas destruidas, cemento diseminado por todas partes, montañas de vidrios esparcidos y litros de combustible hecho un caldo y regado a destajo, alcanzó a divisar a Joaquín retorcido y enterrado en el destrozo.