Estaba muerto, no cabía la más mínima duda. Por un instante los alaridos exteriores y el clima de devastación se transformaron en sinceros respetuosos de este momento de dolor supremo, haciéndose silenciosos en la mente, el corazón y los oídos de Gregorio. Nada parecía tener forma ni sentido. Sólo una brisa apagada y distorsionada danzaba por algún sentimiento de Goyo. El caos prosiguió su desenfreno luego del silencio respetuoso, pero Gregorio parecía tener ojos sólo para Joaquín, que yacía muerto como un perro sobre la vereda, con sus piernas quebradas, sus brazos apuntando en diferentes sentidos y casi la totalidad de su sangre dividida entre el suelo, las paredes y parte del interior de la joyería.
Las sirenas parecían estar en el mismo sitio. La gente se agolpaba más por chismerío barato que por proveer una ayuda certera. Gregorio volvió de su mundo de estatismo. Se arrodilló frente al c*****r de Joaquín y trató de acomodarlo para que su muerte sea un poco más feliz, al menos, hasta la llegada de una ambulancia. La gran estatura de Joaquín le hacía ciertamente dificultosa la tarea a Gregorio y las corridas de la gente entorpecían su trabajo, cayendo de rodillas con el c*****r a medio sostener y empezando nuevamente la proeza, hasta que dificultosamente pudo orillarlo para que nadie siga lastimándolo.
-Señor, ¿necesita ayuda?, preguntó un joven.
Gregorio giró su cuerpo y el sol mortífero eclipsó al muchacho.
-Perdón, ¿Quién sos?, preguntó con un tono desapacible.
-lba pasando señor y vi este desastre. ¿Está usted bien?
Gregorio tardó en responder mientras volvía su mirada a Joaquín.
-Sí hijo, sí. Fijate si alguien más necesita una mano.
Gregorio dijo esto último y su rostro se le transformó súbitamente. Decidió entonces que no podía quedarse inmóvil en ese lugar acunando y protegiendo a su amigo: debía colaborar. Hizo un esfuerzo más para darle a Joaquín una última postura. Lo logró. Se levantó desesperado y, de nuevo en la realidad, pudo ver el desastre que el automóvil había ocasionado. Podía ver la estela de insania que esta mujer, muerta dentro de su vehículo, arrastró en cien metros hasta terminar su loca carrera incrustada en los vidrios de la joyería. Desde la esquina anterior hasta la posición de
Gregorio la demencia se agitaba y gritaba desde lo más profundo de su ser. Una leve polvareda aun se mantenía flotando como testigo preferencial de toda esta locura y hablaba a las claras sobre la magnitud del incidente.
Tanto Gregorio como el resto de los que por allí pasaban, intentaban descifrar en un instante - mientras hacían llamadas presurosas desde sus teléfonos o intentaban buscar consuelo en los brazos de cualquiera - lo que podría llegar a estar sucediendo a lo largo de los cien metros anteriores.
-¿Allá que ha sucedido?, preguntó al aire alguien cercano.
Gregorio lo observó y volvió su mirada hacia la lejanía. ¡qué desastre hizo esta mujer por Dios!, exclamó el hombre.
Goyo miró hacia el auto de la mujer y trató de hallarle forma de ser humano. Se acercó con cuidado y bamboleando su cuerpo sólo diferenció unos ojos azules mirando la nada. Estaba retorcida en su butaca, atravesada por cientos de chapas y hierros.
-Es una mujer joven, dijo Gregorio.
El hombre también se acercó. Sacó sus gafas del bolsillo interno de su saco y, a medio agachar, la observó un largo rato.
- iPobre mujer! ¿Habrá sufrido un infarto?, preguntó el hombre.
-Tal vez, respondió Goyo.
-¿Qué estará sucediendo allá? Tiene que estar unido a esto, calculo, dijo el hombre como aventando una hipótesis.
-Seguro que sí, respondió Gregorio. - Habría que averiguarlo.
Las sirenas parecían estar cada vez más cerca y la alarma no paraba de perforar los oídos. Gregorio giró su cuerpo y volvió su mirada a Joaquín. Todavía resonaban en su cabeza las últimas palabras de él: "Tranquilo Goyo, todo tiene solución, menos la muerte". Gregorio mordió su labio inferior y no pudo contener las lágrimas.
-Cálmese hombre, dijo el señor de gafas dándole una palmada en el hombro.
-Era un amigo, dijo Goyo atorado en su dolor.
El hombre hizo un silencio sin quitarle la mano de encima.
-¿Ve aquel colectivo que está en la esquina? El hombre buscó la esquina mencionada por Gregorio.
-Sí, aquel que está allá ¿Qué tiene ese colectivo?
-Yo soy el chofer.
-¿Usted? ¿No?. iNo me diga amigo!
-No, nada que ver, respondió Gregorio interpretando la duda del hombre.
-iUy! que susto! Le juro que pensé.
-No amigo, no estaría tan campante parado acá charlando con usted.
-Sí, es cierto, disculpe.
-Este hombre muerto que usted ve acá viajó conmigo desde que yo ingresé a la empresa, todos los días, desde hacía quince años. Fue mi más fiel pasajero. Un amigo. Imagínese las charlas eternas
que hemos tenido a lo largo de todo este tiempo. Yo sabía al dedillo su vida. El conocía la mía como la palma de su mano. Un ser humano extraordinario. Llegamos a esa parada de ahí - Goyo le señalaba con el dedo el lugar específico -, él se bajó y nos despedimos como siempre. Llegué hasta el semáforo con dos pasajeros que me restaban y escuché el desquicio. Vine hasta aquí y me encontré con toda esta locura.
-Pobre muchacho!, exclamó el hombre. – De corazón, siento mucho y entiendo su pesar amigo.
-Gracias caballero.
Por la esquina dobló la primera ambulancia; y detrás otra. Y otra que tomó un desvío veloz, seguramente para ir en ayuda de lo que una cuadra más atrás estaba sucediendo.
-Evidentemente aquello y esto es una misma cosa, dijo con convicción el hombre.
-Sí, ya no hay dudas de eso, remató Gregorio.
Los paramédicos y el personal de una unidad de bomberos voluntarios comenzaron su arduo y dificultoso trabajo, arrancando por desviar pacientemente a los intrusos y a los que, por propia voluntad y todo el coraje del mundo, desinteresadamente se habían disfrazado de héroes en la siesta calurosa e infernal de Posadas.
-Señor, le voy a rogar que nos deje hacer nuestro trabajo, dijo un oficial casi asustando a Gregorio.
-Sí oficial, disculpe. Era un amigo, dijo señalando a Joaquín sólo con una expresión.
-Lo entiendo amigo, lo entiendo, créame.
-Oficial.
-Dígame
-¿Puedo pedirle un inmenso favor?
-El que quiera. Lo escucho.
-Trátenlo con cuidado. Fue un muchacho muy
sufrido.
Una gruesa saliva le desgarró el alma al oficial. No hubo respuesta concreta, sólo una palmada que se transformó en un apretón doloroso.
-Yo me voy a quedar a un costado oficial. Prometo no interrumpir ni molestar. Lo que necesiten, si puedo colaborar...
-Está todo bajo control amigo. Somos unas cuantas unidades desde la policía y otras tantas con los bomberos y las ambulancias. Vaya tranquilo. Siga con su vida. Y no se preocupe que en breve estaremos dando aviso a los familiares.
-Él era solo oficial.
-¿No tenía hijos o mujer o ex mujer, tíos, hermanos, alguien?
-Creo que sí.
-Tranquilo...
-Escalante. Gregorio Escalante para servirle señor.
-Tranquilo señor Escalante. Todo va a estar bien. A veces se tarda más, otras veces se demora menos, pero siempre se encuentra a alguien en estas circunstancias.
-Gracias oficial y no se olvide el favor.
-No me olvidaré, se lo prometo.
Gregorio se apartó convencido a medias de esa decisión y colaboró para que de a poco el escenario dantesco se vaya limpiando y librando de los que entorpecían o, en su defecto, tenían la intensión de ayudar.
-iPobre hombre!, exclamó el señor de gafas. El oficial lo miró sin saber de donde había aparecido. - Durante quince años fue su pasajero en aquel colectivo, prosiguió el hombre. - Tiene un dolor
incalculable.
-Eso noté, dijo el policía. - A mi me destruyó el corazón.
-Suerte oficial, dijo el hombre y se perdió entre la multitud y el fino polvo que no terminaba de descansar sobre el asfalto.