EL HÉROE SILENCIOSO

1451 Palabras
Gregorio corrió hasta la otra esquina en donde el terror y el reguero de muerte continuaban. Los gritos desgarrados y malolientes de una madre chocaban y se elevaban como una súplica sobre el asfalto y se incrustaban en el cuerpo muerto de su hijo, tirado sobre la calle, con su cara enterrada en el charco de agua que costeaba el cordón de la vereda y su humanidad empapada en el engrudo de su propia sangre, junto a una mariposa hermosa y azul que aguardaba el último estertor, para elevarse triste y emprender el eterno vuelo. Ella lo acunaba entre sus brazos, como la primera vez, como cuando el amor entre ellos terminaba de fusionarse y de consolidarse en esa comunicación única y placentera del alimento íntimo entre los dos; o cuando el sueño de su hijo lo terminaba depositando en los brazos cálidos de su madre y se perdía en un sueño dorado, mientras ella y su sonrisa derribaban los pecados amargos y estrepitosos del mundo. Nadie se animaba a respirar en un contexto semejante. Todos eran meros espectadores de la congoja y del sopor. Gregorio se acercó hasta la madre. Fue acuclillándose tan lento como podía y allí se quedó, tomando de los hombros a esa pobre mujer deshecha en su agonía sosteniendo el c*****r de su hijo, pidiéndole a la vida que la lleve junto a él. -Por qué! iPor qué! iPor qué mi Dios, por qué!, vociferaba la mujer mirando al cielo tratando de que una respuesta a su pesar le cierre definitivamente la herida. Y se embarraba en la sangre que su pequeño despedía casi a borbotones sin dejar de acunarlo buscando hacerlo volver de su muerte segura. Entre varios profesionales -aunando fuerzas, estrategias y conocimientos - lograron despejar el lugar y sacar a la madre que no se resignaba a que su hijo sea tocado por nadie, gritando desconsolada y luchando a destajo con los médicos para volver a desplomarse y quedar eternamente abrazada a su pobre criatura. Ella lo miró a Gregorio y dentro de su locura extrema supo que era el hombre que hacía unos instantes le había proporcionado un poco de consuelo. Se soltó de los médicos con una fuerza implacable y se derrumbó en los brazos de Goyo. Lloraba con un llanto cortante sobre el hombro de Gregorio mientras sus piernas se aflojaban y su cuerpo entero se desmembraba. Las palabras salían sobrando y eran mudas expresiones disgregándose por el aire pestilente. Con sabiduría pero con un extremo cuidado levantaron el cuerpo del niño y lo introdujeron en la ambulancia. Unos profesionales se acercaron a la madre y con un guiño le dieron a entender a Gregorio que ellos seguirían por este camino difícil de sobrellevar la angustia de ella. Los médicos la apartaron prudentemente de los brazos de Goyo y ella se resignó ante la realidad, mirándolo a Gregorio y dejando para siempre, grabada en su retina, las palabras más hermosas de agradecimiento y sellando en su corazón una de las imágenes de pesadumbre más terribles, imágenes que Goyo jamás olvidará por el resto de sus días. El lugar comenzó a despejarse bajo murmullos de dolor y de tristeza. Los oficiales solicitaban amablemente a las personas que colaboraran con estas cuestiones para facilitar su trabajo. La gente cumplía con el pedido y con pasos cansinos se iban alejando definitivamente y desaparecían de este escenario de terror. Gregorio volvió sobre sus pasos y se acordó de su colectivo y de sus dos pasajeros. Joaquín ya no estaba. La mujer con sus bellos ojos desintegrados por la muerte tampoco. Sólo quedaban flotando en el aire los gritos desesperados de sus almas y sus susurros apagados y estancados en la garganta suplicando una nueva vida. El uniforme de Goyo era una fotografía vieja y ajada. Subió al ómnibus. Angélica y Aníbal ya no estaban ahí. Caminó hacia el fondo y en la mitad una voz lo trajo de su búsqueda. -iGoyo! Gregorio giró su cuerpo en el espacio apretado como reconociendo el tono. -iAntonio querido!, dijo mientras se fundía en un abrazo con su compañero de empresa. - ¿Qué hacés acá?, preguntó confundido Goyo. -Un pasajero tuyo llamó y contó lo del accidente. Inmediatamente me ubicaron desde la empresa y me pidieron que venga a verte. -¿Quién llamó? ¿Qué pasajero? -Angélica Robledo dijo que se llamaba. A Gregorio se le escapó una sonrisa en el medio de tanta angustia. -¿Estás bien, Goyito?, preguntó sensiblemente su compañero. -Sí, hermano, yo estoy bien ¿Viste el desastre? -Sí, algo. En realidad no me detuve, pero parece que fue un horror. -Y te quedás corto, amigo. Nunca vi un espanto así. -Escuchame, Goyo: ahora te volvés a Manantiales que yo me hago cargo de esto. Andá tranquilo hermano. -Gracias, Tony. Ya no quedan amigos como vos. Gregorio juntó sus pertenencias y después de un abrazo eterno con su amigo Antonio, se dispuso a regresar a Manantiales. Se quedó un buen rato mirando la vidriera en donde Joaquín, hacía unos instantes yacía muerto; miraba el auto y aquellos ojos azules empañados en la savia de la muerte de esa joven y hermosa mujer le ahogaron la garganta. A lo lejos, con el polvo aun suspendido dando un marco londinense pero sangriento al lugar, los ecos de los llantos de aquella mujer le retorcían el estómago y lo adentraban furiosos a su dolor y le parecía ver aun a ese pobre ángel escupiendo el deceso por la comisura de su boca y a su pobre mariposa huyendo con su muerte en un acto de complicidad silenciosa.             Llegó a Manantiales y el pueblo lo recibió con ovaciones, sabedores ya de los informes que arribaban desde Posadas a través de las noticias. Con su estampa de hombre simple llegó a su casa. Se fundió en un abrazo conmovedor con Valeria que lo palpaba buscando signos de dolor y le agradecía al cielo de tenerlo junto a ella. -¿Estás bien, Gregorio?, preguntó consternada su esposa. -Sí, mujer, estoy bien. Tranquila. -Nos enteramos del accidente en Posadas y hablaban de un colectivo en el medio de la calle. Dieron el interno y a la empresa que pertenecía y supe que era el tuyo. No sabíamos que hacer, sólo esperar informes concretos o una llamada por teléfono. Gracias a Dios nunca sonó. -Bueno, Valeria, calma, acá estoy, no te pongas mal decía Gregorio intentando bajar el polvo de la situación. -Contame, Goyo, ¿qué sucedió en realidad? -Valeria, quisiera darme un baño primero y te juro que después te cuento todo con lujo de detalle, dijo casi como suplicante. -Sí, tenés razón. Ya te preparo todo mi amor. Sentate. Ya te traigo algo fresco para que tomes. Gregorio se desparramó como un muñeco de trapo en la silla de mimbre de la cocina. Sonó el teléfono. -Capaz que sea de algún canal de televisión o algo parecido, dijo Gregorio. - No quiero ver ni escuchar a nadie. Valeria se secó las manos y, presurosa, se dirigió a atender. -Sí, buenos días, dijo cortésmente y se quedó escuchando por un instante. -A ver. Un momento por favor. Valeria tapó el tubo con su mano izquierda y le dijo a Goyo en un tono susurrado: -Es para vos. -¿Quién es?, preguntó Gregorio con su mano derecha. -Un tal oficial Glasion o Glastion o algo así. Gregorio hizo un gesto de incredulidad. Se levantó y tomó la llamada. -Sí, buenos días ¿quién habla?, preguntó con voz  cavernosa. -¿Gregorio Escalante? -Sí señor, ¿con quién tengo el gusto de hablar? -Señor Escalante, disculpe que lo moleste. Se el momento que esta viviendo pero necesitaba hablar con usted. -Si señor, no es un buen momento ¿De que se trata? -Yo soy el oficial Gascoin. Estuvimos hace unas horas en el sitio del accidente, ¿me recuerda? -iAh! Sí, sí ¿cómo está oficial? -Bien, Gregorio. -¿Cómo supo mi número de teléfono? -Uno de los tantos que por ahí pasaron me dijo, cuando usted se fue, que era el chofer del colectivo que estaba detenido en el medio de la calle. Llamé a la empresa ahí, en Manantiales, y me dieron su número. -Bueno, oficial, no hay problema. Muchas gracias por comunicarse. Que siga bien. Y gracias por acordarse de mí. -Señor Gregorio, un momento por favor. -Sí, dígame oficial. -Sólo quería que se quede tranquilo. Los familiares de su amigo ya se hicieron cargo de todo y todo está en orden. Gregorio se partió como un trozo de hielo. Lloró por un instante. Colgó el teléfono y se fue a bañar pensando que a partir de ahora un asiento quedará libre por siempre.
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