Otra vez el timbre de la puerta de casa volvió a sonar a la misma hora y realmente ya estaba muy fastidioso porque imaginaba quién podría llegar a ser. Y era nomás: Doña Pilar.
Hacía cinco días que venía a casa y tocaba el timbre a la misma hora y mi madre, de poco carácter para con los de afuera, débil y sentimental, era el pañuelo de las lágrimas de la vecina. Siempre que el timbre sonaba mamá — con su mirada de toro embravecido y su dedo índice en lo alto - me daba a entender que debía permanecer allí, estático e inmóvil, para no seguirla y de esa manera no escuchar las conversaciones de los mayores, en este caso la de ella con Doña Pilar. Yo aguardaba unos diez pasos detrás de ella y la ojeaba arrastrándome por la pared como un agente secreto, porque a esa edad, en ese tiempo, yo volaba y me identificaba con los héroes de la época y me creía todo un súper hombre con criteriosas habilidades policiacas.
Ella abría la puerta y con un tierno abrazo y un beso en cada mejilla saludaba a Doña Pilar para quedarse hablando con ella tomada firmemente de las manos. Yo permanecía a escasos metros con mi capa roja y |a espada plateada cruzando de norte a sur mi espalda
pequeña, y escondido tras un antifaz de plástico azul. Pero nunca oí nada. Solo advertía el sollozo de Pilar y un murmullo denso y lejano como el cuchicheo de los médicos en una sala de operaciones.
Mi madre sabía que su cara de perro, sus ojos de toro y su índice maldito no me impedirían seguirla, por eso mientras hablaba don Doña Pura, se daba vueltas cada veinte o treinta segundos con unas palabras entre dientes queriéndome decir que desapareciera de inmediato del lugar. Lejos de hacerle caso yo ponía mi mejor cada de estúpido y disimulaba el momento enfrentando al villano de turno, mi archi enemigo.
Pasado un buen rato las dos se inclinaban de nuevo y con otro saludo enternecedor y un nuevo abrazo efusivo se despedían. En ese momento lograba escuchar algo, pero un simples y respetuoso saludo de ambas bajo deseos de mejoría de una hacia la otra y de buenos y sinceros augurios. Mamá cerraba muy despacio la puerta para que Doña Pilar siga pensando en sus fueros más íntimos que en mi madre vivía una verdadera dama y una vecina afable y grandiosa con los mejores modales. Sin embargo, al dar el último giro de llave, ruido que sonaba como mil cadenas arrastradas por prisioneros en un barco pirata, volvían los efectos animales a poblarle el rostro e intentaba con un gesto corporal sacarme a los tiros del lugar sabiendo que no había cumplido con mi obligación impuesta por ella de no perseguirla para oir sus charlas con Doña Pilar.
Una mañana cálida, bien temprano, decidí bañarme para sacarme la resaca que el sueño de la noche se había incrustado en mi carne. Mama no se opuso y le sirvió, de paso, para continuar con las tareas de la casa. A mí me sirvió porque ya estaba harto de asearme con la indiscreta vigilancia permanente de mamá, envuelta en las mismas frases de siempre:” Cuidado con los ojos”;
“No dejes que el jabón desaparezca con el agua”’; “Cuando termines pisa en las pantuflas, no te vuelvas a ensuciar los pies” ... En esos instantes era como tener un enorme forúnculo metido irreverente en las cavernas de las fosas nasales. Era hartante.
Como ya no estaba siendo escudriñado por ella terminé cinco minutos antes e inconscientemente seguí al pie de la letra sus instrucciones como una burla del destino. Mamá era muy meticulosa en la tarea de escoger adecuada para que me vista. En cambio, yo elegía al azar y rápidamente me hallaba listo para irme luego del desayuno a pelotear con Marcelo y Tati.
Estrepitosamente me detuve en la puerta que conducía al living. Mamá hablaba con alguien bajo un tono consolador, pero no secretamente, y estaba casi seguro que Doña Pilar era la receptora de las palabras de mi madre. No respiraba. Un leve y frio sudor me recorría la frente. Sabía que, si mamá sospechaba al menos que yo estaba husmeando entre las sombras, sería el fin de mis días. O algo parecido.
Sin lugar a dudas la devoción y la concentración con la que mamá llevaba la conversación con Doña Pilar le hizo perder la noción de tiempo, forma y espacio. Se debió haber olvidado que su retoño había quedado en el baño y que el puesto de la feria cerraría en un rato nada más y que papá iba a llegar de la destilería con un hambre atroz y ella perdida en las penurias de la vecina.
Y allí se desataría la calamidad; ahí mi padre contraería los efectos animales faciales que eran derechos reservados de mi madre y ella, inmediatamente, pasaría a ser el pobre y desguarecido retoño, y yo — como siempre — el espectador de lujo disfrutando el teatro con mis rodillas apoyadas sobre el suelo y un auto de colección bajo mi mano derecha haciéndolo girar a mi alrededor y sin darle una cierta importancia a las cosas.
“Una vez más esta vieja”, me decía entre dientes al tiempo que divisaba muy escasamente, por no decir casi nada por la hendija que quedaba entre el borde de la puerta y el marco
Como de costumbre ambas estaban tomadas de las manos sentadas ahora sobre los sillones mullidos de pana verde manzana que prolijamente teníamos en el living. Con mucho cuidado y cautela logré abrir unos centímetros más la puerta y, gracias a la virgen, esta vez, esta cosa de madera no hizo el chillido clásico de todos los días. Vi por fin el espantoso gesto de dolor que pendía como una tortura del rostro de Doña Pilar. Por el concepto de chismerío que yo tenía imaginaba caras aviboradas, ojos achinados, voces cavernosas y cuerpos semi agazapados. Pero el gesto de Pilar, sus lágrimas y su postura no me cerraban en un cuento barato de vecinas.
Con una postura más apenada me di cuenta que esto iba por otros senderos y que olía a cosa seria. La pobre Pilar no paraba de llorar y los puños de su camisa eran dos mares arrugados de tanta lagrima absorbida.
-Ya han pasado seis días, Coty, seis días y no tengo novedades -, le decía a mamá angustiada y clamando un poco de ayuda y algo de piedad.
-La policía está detrás de todo, Pilar. El comisario Sanmartino es muy noble y honrado, y sabe usted el cariño desmedido que él tiene por su familia -, respondía mama con seguridad y frescura. Pilar asentía con la cabeza en clara señal de estar totalmente de acuerdo, pero imprevistamente el “no” se adueñaba de nuevo de
su gesto, en clara demostración de confusión y desesperación.
_No te molesto más, Coty -, dijo Pilar con tranquilidad y ternura momentánea. Voy a preparar el almuerzo.
-Manténgame informada, Pilar, y recuerde, lo que necesite por favor – dijo mamá consternada.
-Gracias, hija, gracias por tu tiempo y tus palabras.
Se levantaron delicadamente de los sillones. Mamá le pasó suavemente el brazo derecho por los hombros y la acompañó hasta la puerta de salida. Yo disparé raudamente a mi cuarto, tomé un toallón y comencé con el simulacro del niño obediente.
Mamá era portadora de una gran habilidad: cocinaba espléndidamente. Y más delicioso surgía su manjar cuando el tiempo la apremiaba. Ese sábado sucedió eso y todo el tiempo que se consumió con Pilar serviría de algún modo para que papá y yo disfrutáramos con un almuerzo hasta chuparnos los dedos.
Cerca de la una de la tarde llegó papá de la destilería. Yo estaba preparando la mesa y oí el clásico ruido de las llaves con las que el
viejo venía jugueteando por el pasillo. Aventé todo sin importar donde cayera y fui a recibirlo. En la mitad de mi loca carrera hacia él me ordenó: “¡Alto!”, con voz militar. Papá siempre usaba ese tono que sonaba a agresivo y determinante cuando me traía algún regalo o alguna golosina, y esta vez no tendría por qué ser la excepción. Yo quedé extasiado clavado a la mitad del pasillo con mis ojos grandes y expectantes y mi garganta estancada de preguntas que murieron en su intento por atravesar mi boca de cuajo. Sacó de atrás, de su espalda, como quién desenfunda una filosa espada, un barrilete multicolor con una cola larga adornado con flecos de diversos tamaños, dando vueltas de mitad a mitad del cometa. Inmenso, de seis cañas y provisto de una enorme bobina de un hilo férreo y seguro, largo muy largo, como para elevarlo hasta cerca de las nubes.
De pronto me sentí mal. Marcelo y Tati seguramente me estaban aguardando para ir a jugar a la pelota, pero velozmente cambié de opinión y decidí disfrutar de mi barrilete que papá, ilusionado, me acababa de traer como obsequio. Ya vería más adelante que hacía con mis amigos.
Mamá preparó bifes a la criolla con mucho jugo como a papá y a mí nos gustaba. Yo comía con mis soldaditos de color verde que se estrechaban en una guerra sin atenuantes sobre la mesa de algarrobo y, al mismo tiempo, era espectador indirecto de lo que murmuraban papá y mamá sobre este tema urticante y serio que
rodeaba a Doña Pilar. Usaban palabras raras, palabras que no alcanzaba a descifrar y menos a encastrar. Claves que no podía interpretar pero que me sobraban para entender que algo no muy bueno estaba sucediendo. Yo jugaba con mis soldados, pero podía observar el rostro de papá preocupado en demasía y tragando con cierto esfuerzo la carne que ciertamente le debe haber sabido a piedra. Pasadas las dos de la tarde terminamos la sobremesa y le ayudamos a mamá como de costumbre, a ordenar la mesa y la cocina.
-Nos vamos hasta arriba del techo a hacer volar el barrilete Coty -, dijo papá llevando todo el arsenal hacia la cumbre de la casa.
-Tengan cuidado -, expresó con algún dejo de preocupación mamá.
-Vos prepárate- agregó papá. En seguida vuelvo y nos ponemos a volar, prosiguió con una sonrisa babosa y degenerada.
-Mmmm! Dale, te espero – dijo bañada en una insípida humedad mi madre.
Yo oía sin escuchar. El barrilete me transportaba hacia otros mundos... Ahora entiendo todo.
No era otoño, pero el viento que soplaba era importante y fresco para ser comienzo de primavera. Papá no me había comprado el barrilete por eso: lo trajo como un regalo más, como siempre lo hacía.
La suerte estuvo de nuestro lado para remontarlo toda la tarde hasta que el sol comenzaba a despedirse detrás de las montañas.
Papá hizo el trabajo sucio: lo armó, le estiró los hilos, lo ubicó y con su santa paciencia lo fue soltando con una técnica basada en la suavidad, la destreza y la maña, hasta ver a ese hermoso barrilete a casi cien metros de distancia allá, chiquito, muy pequeño, confundiéndose con la fantástica e ilusoria luna de la tarde. El sol ardía, pero matizaba con el viento fresco metido en un calor soportable que no lograba sentir por estar obnubilado
con esta aventura volátil.
-Bien amiguito, ahí te lo dejo. Todo tuyo -, dijo papá sin quitarle la vista al cometa y sin quitarse la mano hecha visera de la frente. Y continuó.
- En seguida vuelvo. Tengo que hablar con tu madre a cerca de Pilar ¡Pobre! Me da mucha pena.
No le respondí porque estaba muy concentrado en todos y cada uno de los detalles de mi barrilete. Tomé la bobina como si fuera un detonador y sentí el peso y la presión, y una adrenalina me recorrió como una gran gota helada de punta a punta mi metro cuarenta y uno. Ahora entiendo: ¡Qué tarde de placer y de locura deben haber pasado mamá y papá mientras el retoño se debatía cuerpo a cuerpo sobre el techo con el bendito barrilete!...
Papá le había dejado un buen poco de hilo en el carretel y me había explicado que había hecho eso para que le diera un poco más de distancia si desenredaba o para enrollar si lo quería más cerca. De esa forma no iba a tornarse aburrido porque iba a tener mucho trabajo con soltar y recoger. También podía ponerle una piedra encima del hilo y sentarme tranquilo a verlo danzar en el aire, pero me seducía más llevarlo y traerlo y hasta cambiarlo de dirección. Y a medida que el tiempo transcurría me iba haciendo más dúctil en el manejo del cometa hasta el punto de cancherear con él.
Tanto me confié que en un instante lo había recogido y estaba peligrosamente muy cerca de mí, e inexplicablemente el hilo se soltó de la atadura principal, la que va adherida al cuerpo del barrilete y, como saludando casi como si estuviera sufriendo un desmayo emocional, cayó sobre el techo de una casa, o al menos esa fue mi corazonada, como a setenta metros y casi que de seguro había sido en la casa de Don Milton.
Me quedé paralizado como aquel que observa un fantasma: el largo hilo se deshizo en el aire y cayó sin atenuantes decorando cada uno de los techos hasta llegar al mío. Miré hacia mis costados pensando inconsciente e inocentemente que alguien se me podría estar burlando. Nada. Rápidamente volví mis ojos a la escena del barrilete caído y sólo mi índice derecho actuó pasándomelo por la cabeza despeinada ¡Si hubiera bajado del techo y hubiese ido a buscar a mi padre para que me sacara de ese pozol!... Ahora lo pienso... ¡Qué desastre!...
Pero en ese instante mi inocencia me llevó, audazmente, a querer solucionar el problema por mi propio peculio. Bajé, eso sí, pero fui a buscar mi capa, mi espada y mi antifaz al cuartito de los trastos para ser el súper héroe en el rescate del barrilete perdido.
Volví y me trepé balbuceando los acordes de la música de acción de la época siempre con la precaución de que nadie me vea y menos todavía mamá y papá. Por esto último yo estaba tranquilo: ellos dormían seguramente. Era fácil: sólo se trataba de cruzar los techos y poner mucha atención en la segunda casa por donde sí o sí debía atravesar una medianera extremadamente delgada, pero de firme concreto.