LA CARTA DEL BAÚL

3016 Palabras
Comencé la aventura y rogaba que el viento no me jugara una mala pasada. Crucé la casa de Doña Mechita con el ladrido indiscreto y aterrador del pastor alemán devenido en burro afelpado que tenía amarrado a una tubería de agua en el patio de la casa. Me detuve en la medianera. Ahí pensé como hace todos los súper héroes: sabía que no podía volar y mucho menos tirármela de mártir. Me senté en el borde que formaban techo y medianera, y me fui haciendo lugar arrastrándome de cola con sumo cuidado y esmero sin igual. A Dios gracias Don Conforte no tenía perros, sólo una tortuga vieja y andrajosa metida entre tres grandes piedras, durmiéndose una apacible siesta como mamá y papá. Ya me restaban cinco techos, pero hasta el de Don Milton no había escollos significativos, sólo se trataba de techos planos y muy parejos. Cuando crucé la medianera y me dije entre dientes que ya lo tenía, que ya lograba y, de no mediar inconvenientes, rescataba mi barrilete y acá nunca había sucedido nada, y ya con la experiencia de la ida, el regreso se transformaría en una condecoración. El próximo techo era el de Pilar y yo sabía que, a pesar de dormir religiosamente la siesta, ella tenía un ojo único parecido al del hombre nuclear, que por cierto esa tarde me lo estaba perdiendo por hacer remontar un barrilete que me había traído hasta el techo de ella. Así que en ese techo debía caminar casi en el aire, con sigilo y precaución. Algo me llamó la atención en dirección al tanque de agua que se elevaba unos tres metros desde el techo de Doña Pilar, pero mi extrema moderación no me permitió darle importancia en un principio. Cuando avancé unos metros, siempre rozando la levitación, eso que había despertado a la sombra de mi interés, me atrapó decididamente, me llamó poderosamente la atención. Yo estaba a unos cinco o seis metros del tanque de agua y con cierta dificultad pude distinguir una especie de bulto blanco. No podía darle una forma concreta porque mi cabeza se debatía entre ese bulto y el ansia de no perder de vista a mi cometa. Pero la curiosidad me sedujo más. Decidí hacer un parate antes de seguir y me acerqué con extremo cuidado para convencerme qué demonios era eso que no podía hallarle forma. Casi tocando el sostén de concreto del tanque de agua vi que era una persona, tal vez arreglando una pérdida o reforzando la base del recipiente gigantesco. Cuando quise huir — siempre encuadrado en ese héroe de actitudes felinas — me percaté de que esa persona yacía inmóvil sobre el techo. Como buen niño curioso me aproximé más aun hasta casi acuclillarme. Como tirado por gruesos tensores me puse de pie y quedé adherido a los sostenes del tanque con mis brazos separados de mi cuerpo y mis manos abiertas como enamorado del concreto. Era Pachi, el hijo de Pilar, y estaba muerto como los muertos que solía ver en Combate. El corazón parecía zapatearme dentro del pecho y el viento — un poco más débil — me traía el hedor que su cuerpo putrefacto estaba despidiendo. Me asomé tomando todos los recaudos “posibles cubriéndome la nariz con mi capa de súper héroe para no continuar aspirando ese halo de fetidez caliente. Moscas de todo tipo, tamaño y color se aferraban al banquete lujoso que danzaba en el lugar, haciendo un ruido infernal y comiéndoselo de a poco. Con la punta de mi pie intenté correrle la pierna, pero era como intentar mover un barco encallado. Estaba duro, como clavado al hormigón, pero no divisaba sangre, ni cortes, ni nada que presagiara un atentado nefasto contra él. Parecía dormido. Pero estaba muerto. La cabeza me estaba jugando una carta dura y cruenta y tuve la lucidez, en ese preciso instante, de acordarme de la conversación que mamá y Doña Pilar habían tenido en el living de casa. ¡Me cerraba todo i Pobre Pilar! Hacía seis días que andaba en busca de su hijo; seis días durmiendo en aquella habitación con la mirada clavada en el techo, rogándole a Dios una señal para saber de Pachi, sin percatarse de tenerlo del otro lado del cemento con la boca abierta en él, como gritando su muerte en silencio. Nunca supe cómo me las arreglé para volver a cruzar la medianera en mi desesperada carrera hacia casa bajo la loca decisión de buscar a papá, si me arrastré una vez más de cola, o emulando un trapecista, la atravesé corriendo. No le sé. Lo cierto y concreto es que mis puños se desvanecieron sobre la puerta de la habitación de mamá y papá y antes de oír la orden para ingresar, yo ya estaba clavado como un árbol junto a la cama de ellos. - ¡Hijo!, ¿qué sucede?, preguntó sobresaltado papá. -Pachi está muerto debajo del tanque de agua de la casa de Doña Pilar, respondí agitado y ciertamente abatido. Mamá se incorporó como un resorte. Alcancé a verla desnuda por primera vez, pero de inmediato se cubrió sin ninguna ortodoxia con la misma sábana con la que estaba tapada segundos antes, dejando a papá en calzoncillos. - ¿Cómo decís, hijo?, ¿qué es lo que estás diciendo por favor?, replicó mamá tomándome de los hombros mientras luchaba con su cuerpo para no volver a quedar desnuda frente a mí. -Calma, Coty, intercedió delicadamente papá, y agregó - ¿Estás seguro hijo de lo que estás diciendo? -Si, papá, estoy totalmente seguro de lo que les estoy diciendo. El barrilete cayó en el techo o en el patio de la casa de Don Milton. iVa! creo que en el techo de él o por ahí cerca. Entonces, para no molestarte, me tomé el trabajo de ir cruzando los techos hasta dar con el barrilete y traerlo de nuevo. Pero cuando pasé por el techo de Doña Pilar algo me distrajo y descubrí a Pachi tirado bajo el tanque de agua, muerto, y con un olor nauseabundo. Era él papá, era él, te lo juro. Papá se levantó con una agilidad envidiable y mamá se vistió más rápida que la luz ¿Esos pechos tenía mi madre? Yo fui el último que salió de la habitación y en el patio mamá me dijo con sus ojos de toro y su índice maldito que permaneciera acá y no hiciera ningún intento por seguirla. Esta vez le hice caso. No la perseguí. No era precisamente miedo lo que me recorría el cuerpo: era una sensación distinta, extraña, con ribetes de miedo acompañada por un escalofrío cortante, como un sentimiento que aún no tiene denominación. Mamá trepó unos tres o cuatro escalones y contorsionaba todo su cuerpo en busca de papá y de algunas explicaciones, llamándolo con gritos que sólo ella podía escuchar. - ¡Por Dios, mi Dios! -, exclamó papá asomándose al límite del techo en donde halló a mamá a unos centímetros de su nariz. - ¿Qué sucede, Arturo, ¿qué está pasando por favor?, exclamó mamá sumida en una congoja cierta. Papá me miró como si yo fuese el culpable innegable de algo maquiavélico. -Tenía razón Valentín, querida. Es Pachi y está muerto debajo del tanque de agua en la casa de Pilar. Papá oteaba el horizonte con un desgarro en el alma y en la voz buscando un poco de aire para tragar el momento. Mamá aullaba por dentro sostenida en la escalera y apoyada en la pared conteniendo los gritos y observándome con el rabillo del ojo. - ¿Qué vamos a hacer, Arturo? -, preguntó mamá bajo un fulgor de miedo y secreto aunados. -Hay que dar parte a la policía -, respondió con su mirada todavía perdida en ningún lugar. Desvió sus ojos y los clavó en dirección a mi madre y prosiguió. -Y avisarle a Pilar, pero ¿a quién primero?, y esto lo preguntó intentando que en algún viento esté la respuesta contenida. De inmediato papá bajó del techo sin dejar de mirar el lugar en donde había encontrado a Pachi, como quien se desvela viendo perderse un barco en lontananza. Los ojos del Comisario Peterson parecían más taurinos que los de mamá y, esos bigotes como una esponja negra sobre sus labios, le dibujaba un rostro más hostil y salvaje. Él hablaba con papá y me observaba con la clásica mirada de desapruebo que tienen los policías, por verme con mi capa ahí apoyado en la pared y comiéndome las uñas. Pienso que de tanto escuchar conversaciones en todos los tonos habidos y por haber ya tendría que saber leer los labios a esta altura de mi vida. Pero no. No debe ser mi fuerte. Mamá salió del baño justo cuando papá despedía cortésmente al Comisario Peterson y aprovechó esos últimos segundos para indagar y preguntarle cómo continuaría toso esto. -Dice el Comisario Peterson que, haber dado parte a la policía como primera medida, era lo mejor que podíamos hacer -, se adelantó papá con un poco más de alivio para despejar cualquier duda o pregunta subsiguiente de mamá. -Ellos, prosiguió, se encargarán de todo. Me pidió calma y me aseguró que ellos saben perfectamente cómo seguir este caso y darle la solución correspondiente. -Menos mal, respondió mamá tomándole las manos a mi padre. Peterson se fue dejando esa a*****a densa y pálida volando en el patio de casa. - ¿Tomemos un café? -, preguntó mamá para cortar el aire estancado. -Me baño primero y después lo tomamos ¿te parece?, preguntó papá. -Dale, te espero. -Prefiero bañarme porque en un rato se viene lo peor Coty -, dijo papá empuñando fuerzas. -No te olvides que nosotros somos prácticamente el sostén emocional de Pilar y, para peor, me tocó a mí encontrarlo. -No, papá, lo encontré yo: dije con solidez y con esa postura corporal que sólo nosotros los justicieros teníamos. Papá esbozó una sonrisa y con su manota me sacudió los cabellos. -Sos un héroe, amiguito, ¿lo sabías? -, dijo con ternura y una sonrisa apagada. Yo asentí con mi cabeza y posé como Superman. -Si no hubiese sido por vos. ¡Gracias, hijo! Él se acuclilló y nos fundimos en un abrazo infinito. De pronto me soltó. -Lamento lo del barrilete, hijo -, dijo consternado y prosiguió. -Apenas cobre vamos a ir juntos a elegir el que más te guste, ¿sí? expresé con un grito plagado de alegría y entusiasmo. Me contuve. Entendí que no era un buen momento para gritar el jolgorio. Una dotación de bomberos y gente de trajes extravagantes con grandes faros y muchas luces trabajaban y murmuraban sobre el techo de Doña Pilar, y en la calle decenas de curiosos masticaban el momento envueltos en dolor y espanto. Mamá contenía como podía a Pilar en un abrazo único bajo un llanto y un desconsuelo difíciles de descifrar. La gente rápidamente giró en dirección al techo de la casa. Desde arriba, y envuelto en frazadas cuidadosamente dispuestas, bajaban a Pachi mediante un sistema de roldanas para no estropear aún más su cuerpo delicado. El estupor y el llanto generalizado me hacían tapar mis oídos. Pachi era un ser especial, desde su mirada hasta la pulcritud de sus pies. Todo el mundo lo adoraba, o lo que era mejor aún, él se hacía querer por todos. Un encanto de hijo y el juguete de Doña Pilar. Todos los domingos a la mañana sonaba el timbre de casa y yo ya lo estaba esperando porque seguramente era él que venía por mí para ir hasta el parque junto con sus hermanos y una barra inmensa de amigos a jugar fútbol. Mientras ellos peloteaban yo era el encargado de suministrarle los balones cuando a ellos se les escapaba lejos el que estaban usando, entonces mi tarea era ir tras la pelota perdida y reponerla. Pachi me había nombrado su asistente oficial y yo jamás le fallé. Él también me designó bajo el mote de "cuidador oficial de las indumentarias deportivas", así que mientras ellos jugaban sus partidos yo tenía mucho trabajo por hacer. Mamá lo adoraba y de seguro hubiese dado lo que no tenía para que Pachi fuera mi hermano mayor. Yo también lo hubiera querido, pero no pudo ser. Apoyaron el cuerpo de Pachi en una camilla especialmente dispuesta al borde de la pared y de ahí cuidadosamente lo elevaron y lo introdujeron en una ambulancia que velozmente inició la partida. La gente comenzó a disiparse todavía bajo los últimos susurros, y mamá con Pilar eran una postal de la tristeza y la desidia, ahí, paradas, como aguardando que la muerte regrese y se la lleve al lado de su hijo.         En el verano de mil novecientos noventa y dos, una empresa de bienes raíces puso en venta la casa de Doña Pilar, ya fallecida allá en los albores de los ochenta. Decidí pues, comprar la casa para estar cerca de mis padres, ya casado y en la dulce espera de mi primer hijo. Mamá y Sabrina, mi esposa, se dedicaron a proporcionarle el toque decorativo a la casa; papá y yo hacíamos el trabajo sucio. Papá se encargó del desmalezamiento del patio para ponerlo en óptimas condiciones ya que su nuera deseaba tener plantas y flores a mansalva como en su antiguo hogar viviendo con mis suegros. Yo me dediqué a poner a punto el cuartito del fondo en donde el desorden era de tal magnitud que, no sólo se prestaba para dar la media vuelta y huir de ese lugar, sino que no hallaba el verdadero punto de partida para comenzar la limpieza. Mientras intentaba hallarle un sentido más o menos lógico al desquicio, descubrí, en el medio del tumulto, un baúl de madera, pintado a mano con algún aceite especial. El baúl también estaba hecho a mano por las desprolijidades en sus terminaciones. Pero parecía un baúl importante y práctico para guardar mucha de las estupideces que yo con la edad que tenía seguía atesorando. Lo abrí. Lo primero que vi dentro fue un sobre de papel grande ocupando la totalidad del baúl. Me senté encima de unos plásticos que dormían sobre el piso, soplé el polvo que yacía en el sobre y en el anverso decía:" Para Pilar". Un calor helado me recorrió de norte a sur el cuerpo entero e inmediatamente me puse de pie. Miré con cuidado por la pequeña ventana del cuarto y observé a papá muy concentrado aun en su tarea de jardinero. Dentro del sobre se encontraba una carta que iba dirigida a Doña Pilar: era de Pachi. Ahora comprendía todo lo que nadie pudo entender ni si quiera su madre que se fue de este mundo sin saber porque su hijo había muerto. Los efectos de los fármacos y los estupefacientes y todo su mundo desencajado y desequilibrado e infernal llevaron a Pachi a tomar la decisión más difícil y definitiva de su vida. La carta lo explicaba en detalle y con una precisión inmejorable y sublime. El asombro me comía como un cáncer. Volteé hacia el baúl y saqué una cajita de madera con la foto de Pachi estampada sobre la tapa que se adhería a la caja con la mugre de los años. Volví a asomarme y afuera todo seguía como si el tiempo se hubiera estancado. Regresé y me senté nuevamente sobre aquellos plásticos desvencijados. Abrí la caja luego de batallar a destajo para quitarle la tapa. Dentro de ella descansaban muchos billetes de la época envueltos con un cordón rojo, desteñido por el paso de los años durmiendo ahí desde aquel entonces, y otra carta de Pachi explicando que esos eran sus ahorros y que se los dejaba a Pilar y a sus hermanos. Papá entró justo en ese momento para buscar unos guantes protectores imaginando que en ese cuarto podía hallar algunos y me vio con los ojos bañados en lágrimas. -Hijo, ¿qué sucede?, preguntó verdaderamente asustado. -Mirá, papá lo que he encontrado -, respondí entre sollozos. -Un baúl que dejó Pachi con cartas y dinero para Pilar y sus hermanos y otra misiva explicando los porqués de su s******o. ¡Se suicidó viejo, se suicidó! - ¡Calma, hijo, calma! Mirá lo que venís a encontrar después de tanto tiempo! Tranquilo, Vale, tranquilo hijo. Mientras mi padre hojeaba una y otra vez las cartas y manipulaba los billetes me asomé una vez más al baúl. Quedaba algo dentro de otro sobre, pero hecho con diarios, ya amarillo por el paso de los años. Papá dejó a un costado las cartas y el dinero y se asomó curioso al interior del baúl como si dentro del mismo descansara una bomba a punto de estallar. Con cuidado extraje el envoltorio y él me ayudó a apoyarlo sobre los plásticos que dormían en el piso del cuartito. Otra cartita estaba pegada al paquete con una cinta adhesiva color marrón y decía: "Para Vale". - ¿Para vos?, preguntó papá. -Será, respondí entre incredulidad y miedo. -Vale, tengamos cuidado hijo, no sabemos que puede llegar a ser esto, dijo papá sosteniendo mis brazos antes de cometer algún error. -No creo que sea algo peligroso, viejo. Si Pachi me dejó algo debe ser algo bueno. Sabés lo que Pachi me quería y nos quería, dije y traté de transmitirle un poco de paz y seguridad a papá. -Sí, tenés razón, hijo. Bueno, fijate, pero con cuidado. Abrí la carta y ésta decía: "Para vos Valentín, amiguito mío, mi mejor asistente oficial y mi mejor cuidador de indumentaria deportiva. Te quiero mucho y estaré a tu lado toda la vida para que nunca te sientas solo y desamparado". Papá era un mar de lágrimas y yo trataba de contenerlo sacando fuerzas de algún lugar para no quebrarme junto a él. -Abrí el paquete, hijo, dijo mi padre presa definitiva de sus emociones. Dentro del envoltorio de hojas añejas de periódico un barrilete de seis cañas, flecos larguísimos y una cola abismal y de cuatro colores dormía esperando por mí.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR