De pronto estaba ahí, no podía entenderlo. Cuántas veces y en cuántas oportunidades estuve en ese mismo lugar, con las mismas caras, los mismos gestos, con idénticos movimientos, con muecas calcadas y nunca me atreví a intimar con ellos. O no se pudo. O vaya a saber qué. Tuve miedo, lo confieso. Tuve la sensación – entre líneas - de estar cumpliendo el sueño de mi vida: morirme durmiendo. Pero era raro; me sentía más vivo que otra cosa. Ahora puedo decirlo porque tengo el aire en mis pulmones y mi corazón latiendo acompasado. Con dinero cualquiera hace buenos negocios, pero ciertamente tuve esa sensación de que era un sueño muy tangible y no un final dentro de mi sueño.
Allá, por mil novecientos setenta y nueve cuando cumplí doce años, mi tía Ramona, cuñada de mi padre, me enseñó una fotografía que tenía muy bien guardada en un cofrecito de madera puesto en el rincón de un placar poco visitado en su casa. Lo había estado buscando desde hacía tres días para llevármelo, no como un regalo, sino como un recuerdo de algo que yo nunca había visto. Me explicó que había tomado esa fotografía en mil novecientos setenta y dos y que ni si quiera se la había enseñado a mis primos. No supo decirme por qué motivo no se la había mostrado a nadie, sólo tuvo un gesto de no haberse acordado jamás de esa foto o de no haberle dado importancia. Pero desde hacía tres días un golpeteo peculiar le rondaba la memoria y hasta que no dio con la foto no paró, para traerla hasta mi casa en el día de mi cumpleaños.
Era una foto común, nada del otro mundo, en donde aparecíamos mis primos, o sea, los hijos de ella, mi hermana y yo, sentados sobre el piso del patio de la casa de mi abuela bajo un sol poderoso dentro de un invierno cruel según lo que Ramona me iba describiendo. Fue una charla muy corta alrededor de esta foto, sólo para explicarme algunos detalles y para dejármela junto a la remera blanca y al pantaloncito azul marino que me había traído como obsequio. Nunca más supe de esa foto; nunca más la vi, ni la tuve entre mis manos, pero sin lugar a dudas ha tenido una relevancia decisiva en la posteridad de mi vida.
Después de cumplir dieciocho años, aún viviendo en casa de mis padres, tuve un empleo en una fábrica de jugos y especias en un barrio ubicado hacia el este de la ciudad, bastante alejado por cierto e incómodo, pero firme y seguro con una apreciable remuneración mensual. Era agotador y el puente para ingresar fue la madre de un viejo amigo por lo cual no podía dejarla mal parada.
Había ingresado en el turno vespertino y salía pasadas las diez de la noche, muy cansado, con un largo trecho por delante hasta llegar a casa, cenar, bañarme y finalmente meterme en la cama pisando la una de la madrugada.
Sentí una placidez superlativa cuando prácticamente me desarmé sobre lo esponjoso del colchón. Lo necesitaba. Había sido un día agotador, demoledor. Una y trece minutos. Que poco me quedaba para volver al ritmo de todos los días. Nunca supe en qué momento ni en qué instante me interné en la inconsciencia total como tampoco, hasta el día de hoy, supe cómo entré en esa bendita fotografía en donde estábamos sentados mis primos, mi hermana y yo. Fueron como puertas mágicas que se abrieron ante mis ojos dejando una estela imaginaria al paso y me introdujeron en el patio de la casa de mi abuela Eva, patio que sólo tenía dibujado en mi memoria como algo lejano y difuso, patio al que nunca más volví y creo que desde ese día frío, en el cual fue tomada la fotografía.
Rompí con los contornos de la foto y continué los paisajes, proseguí con las macetas y las plantas y vi cómo el espectro se abría y armaba cada imagen a la perfección seguramente ayudado por los archivos de mi memoria que encastraban arquitectónicamente cada movimiento por hacer. Giraba mi cabeza y veía los pasillos, los pilares, el comedor cubierto de helechos y ruiseñores, la pileta de lavar la ropa, los ventanales y las puertas dobles de color verde inglés y esos grandes mosaicos con arabescos y garabatos unidos entre sí formando un dibujo inentendible pero que al ojo quedaba fantástico; la pared del fondo que separaba el patio de mi abuela y mi casa, aquella en donde viví hasta finales de enero del ochenta y dos, y la copa del añejo árbol que asomaba por esa pared moviéndose como entonces con aquel ritmo acompasado, árbol que mi padre desenterró como si dentro de él viviera el secreto del origen de la humanidad y se lo llevó un caluroso mediodía de enero encima de todos los muebles que cargaba el camión de mudanza, desparramando tierra a lo loco a lo largo de los veinte y pico de kilómetros que separaban la vieja casa de la nueva. Una vergüenza total. Recién allí vi a los niños sentados en el piso helado mirándome como si yo no los conociera y al mismo tiempo observándome y conociendo de mí a la perfección. Pensé en la muerte pero no con miedo y desesperación de haberla encontrado o que me haya encontrado ella a mí. Siempre tuve ese concepto de que la muerte "dolía" en todo su esplendor, antes, durante y posterior a ella. Pero aquí no. No sentía dolor ni nada parecido. Sentía placer y desconcierto y así mismo todo lo atribuía a la muerte e inmediatamente cambió mi perspectiva con respecto a ella. Me pregunté:" ¿Así era la muerte?' Y los niños continuaban sentados sobre el piso gélido del patio.
Podía aspirar el perfume de las plantas y la comida sazonada de mi abuela. Podía apreciar el canto único y diáfano de esos ruiseñores dentro de sus jaulas. Podía sentir mi piel de gallina soportando la baja temperatura aplacada por un sol artero y precioso adornando el celeste impactante del cielo. Podía ver todo dentro de unas imágenes sepia, antiguas y actuales al mismo
tiempo. Podía. Terminé de atravesar la foto como cerrándole la puerta y pude divisar a mi tía Ramona, jovencita y espléndida, con una pollera hasta las rodillas marcándole el contorno de sus caderas y de sus piernas. Me detuve a observarla con ojos de grande metidos en la cabeza de un infante y todas las sensaciones más eróticas giraban y se ahogaban en las cuencas de mis ojos porque mi cerebro de niño no lo dimensionaba. Era una sensación extraña, una mezcla de placer por una mujer tan bella y apetecible y de respeto por una dama y por ser la esposa de mi tío Pirulo. Ella parecía hacer lugar, como que corría cosas, objetos, para que yo finalmente me internase en ese sitio. Debo confesar - y no sé cómo hacerlo pero intentaré usar mi ingenio - que más que un sueño esta historia se asemejaba a una infiltración en la realidad de aquellos años, como que algo sucedió mientras yo dormía después de un día duro de trabajo, como una abducción, o algo semejante. No lo sé. Y hasta el día de hoy vivo - sin torturarme por supuesto - pensando en que alguien, en otro plano, me lo va a terminar explicando. Todo parecía ser una invitación al pasado, real y concreta, un volver al futuro de mis sueños, porque entonces no se puede explicar lo que estoy contando, como si mi tía Ramona y los chicos estuvieran ahí esperando la visita de un hombre de cuarenta años después. Tal vez por ahí va la cosa. Eso, si.
Lo viví como si ellos supieran que yo pertenecía a muchos años posteriores y lo sentí como si mi tía Ramona supiera que yo era de grande ese niño que estaba sentado junto a sus hijos y mi hermana. Más que un sueño me supo a realidad. O tal vez fue un sueño muy real. No lo sé. Lo cierto es que mis ojos no podían creer lo que estaban observando, allá, unos siete metros más adelante. Ahí estaba yo con mi corte de pelo tan particular emulando a Moe Howard o a Carlos Balá o vaya a saber a quién. Ahí estaba sentado, con mi jardinero color azul de tela de jean, mi pullover verde oscuro y mis zapatillas blancas con ambas puntas agujereadas que aún persisten en mi memoria porque las mantuve conmigo un largo tiempo y luego de no usarlas más dormí muchos años con ellas debido al incondicional amor que por ellas sentía. Y ahí estaba mi hermana Alejandra y mis primos Juan Carlos y Enrique junto a mí posando para que mi tía Ramona nos tomara esa fotografía.
Sentía mis pies pisando el patio pero el desconcierto no me permitía moverme. Hasta el aire que cruzaba, el aroma que circundaba y la temperatura que nos abrigaba parecían tocarme la piel y las sensaciones. Era raro. Puedo decir hoy con un poco más de soltura que en un porcentaje alto todos tenemos esa fantasía con los sueños, que son casi reales, que se aspiró un cierto
perfume, que se presentaron personas que nunca en la vida se nos cruzaron, que el lugar parecía conocido y que ha dado la sensación de haber estado allí, y miles de conjeturas más. Pero esto - no porque haya sido mío - tenía un sabor harto particular, un doblez distinto, una pisca de algún condimento que otros sueños, quizás, no han tenido. O digo lo que digo porque me ocurrió a mí y ya se sabe que cuando es de uno pareciera que tiene un significado más importante.
Volví mi mirada a mi tía Ramona con una lentitud pavorosa como si ambos estuviéramos viviendo velocidades diferentes y con una pregunta atragantada que ella supo descifrar e inmediatamente supo responder con un gesto corporal. Con un par de movimientos de algunos de sus músculos faciales y una estirada tímida de su mano derecha, me invitó a desandar las delicias de lo que ella también sospechaba como una intromisión mía en ese mundo pasado, diciéndome con el silencio de sus palabras pero con el lenguaje puro y cristalino de sus ojos que aprovechara este viaje corto, esta estadía pequeña y este hilo paralelo de la vida y me regocijara en las mieles de lo que ahora con otra edad podía palpar, entender y degustar. El perfume de mi tía era exquisito. Al mismo tiempo no podía dejar de mirarla y de admirar su belleza, sus ojos rasgados, su cabello recogido y sus pechos turgentes.
Como si se tratara de un fantasma y mientras me decidía a emprender la caminata, mi abuela Eva entró a la cocina con bolsas en ambas manos, bajo ese andar cansino y a las chuequeadas, saludándonos a todos con ese apuro de dejar las bolsas tiradas sobre la mesa y que sea lo que Dios quiera. Sentí al unísono el "hola" de los chicos y de mi tía. Con una destreza digna de un contorsionista sólo estiré mi cuello y pude ver a mi abuela guardar las bebidas en la vieja heladera Siam de color celeste, con una manija larga de unos cincuenta centímetros que se estiraba hasta cerca del pecho y abría la puerta enorme, parecida a las puertas que tienen las bóvedas de los bancos y con ese ruido característico, como un chillido de dolor que solían largar esas puertas. Sentía pena porque tomaba sólo una botella de una de las bolsas y, descuajeringada, a gatas, llegaba y la depositaba en la parte interior de la puerta donde cabían las botellas paradas y así volvía a repetir los pasos con cada uno de los seis o siete envases que ese día, al menos, traía en las bolsas. Ramona parecía tenerme toda la paciencia del mundo y su deseo de que yo aprovechara al máximo este viaje corto se apoderaba de ella y me dejaba disfrutar.
-El estofado va a estar listo en una hora más o menos -, dijo mi abuela desde la cocina sin dejar de acomodar la mercadería que sacaba de las bolsas. Los chicos aplaudieron la noticia sentados aun sobre el piso del patio y esperando ansiosos que Ramona apriete el disparador.
De pronto se sintió una saludo de llegada y tras él, el ruido que deja una puerta al cerrarse posterior a un ingreso. Seguramente para mi tía, los chicos y mi abuela todo era moneda corriente, pero para mí pasaba a ser todo un mundo nuevo y fantasioso, cada golpe, cada paso, cada respiración, cada movimiento y a pesar de ser antiguo en mi replicaba como algo nuevo y nunca visto ni oído.
La voz de esa persona me resultó muy familiar. Sí, está bien, de seguro que era alguien de la familia pero lo que quiero significar es que esa voz me resultaba hasta tan actual, como que por estos tiempos a esa voz no le habían pasado los años. Era mi tío Pirulo, el esposo de Ramona, mi padrino. Se asomó al patio levantando sus brazos bien altos buscando por cierto que los chicos salgan disparados hacia él y lo tiren al suelo de un solo abrazo, pero se quedó como congelado con su portafolios sostenido en el aire por su brazo izquierdo y enfundado en su camisa mangas largas blanca e inmaculada, su corbata plagada de arabescos azules y el saco enhorquetado en su brazo derecho. En ese instante pensé que la desazón y la decepción por no haber sido correspondido le habían atorado los músculos y los huesos pero no me había fijado en su mirada. Esos ojos grandes y negros también habían ingresado en una especie de calambre y se quedaron perplejos y pegados a mi presencia. Su cuerpo como emulando la retrospección de una transformación, fue volviendo bajo una timidez subyugante a su estado natural. Una vez en tierra quiso disimular el momento con una mueca parecida a la sonrisa pero que sabía más a un dejo de vergüenza, pegó la media vuelta, dijo un "permiso" casi mudo y se fue a su habitación. Desde adentro y a través de la ventana me observaba como si yo fuera el hijo de una víctima de asesinato de él; me ojeaba de vez en cuando y buscaba en mi tía Ramona un gesto que lo ayudara. Ella parecía un ser neutral y hasta el día de hoy nunca supe si mi tío me observó, o me vio, o no me vio, o fue sólo parte de lo que yo tenía que vivir. Ramona parecía decirle a Pirulo en un idioma que sólo ellos interpretaban que yo había venido desde vaya a saber donde a darles una corta visita pero mi padrino atesoraba en su mirada un terror superlativo. No hubiera
querido estar dentro de su cabeza, de sus pensamientos.
Y era lógico por otra parte: verme ingresando en una foto que después de tantos años cobró una vida significativa y observando todo lo que aquella mañana soleada e invernal tenía escondido tras los bordes del papel fotográfico.
Tuve tiempo de recorrer la casa mientras la brisa fresca acariciaba con vehemencia mi rostro. Aquellos pilares gruesos puestos a dos metros entre ellos sosteniendo la galería que rodeaba el patio; los colores ajados de cada una de las paredes, esos colores decrépitos y sin vida desparramados ahí como a baldazos; la ventana chueca
con sus postigos colgantes de la habitación de mi tío Alejo, una pieza de cuatro por cuatro en donde vivía junto a mi tía Cristina y mis tres primos, con dos cuchetas de hierro, la cama matrimonial, mesas, sillas, televisores y un sinfín de cosas que asfixiaban día a día la vida de ellos.