EL NIÑO DE LA FOTO

2630 Palabras
Más al fondo esa puerta de terror, marrón y gruesa, con un vidrio biselado a punto de rajarse que daba al baño enorme y oloroso, en donde teníamos que formar fila como si fuese una atención al público, cada uno con sus toallones, sus cremas y sus jabones, para podernos bañar y hacer nuestras necesidades. Detrás de los niños - que aún aguardaban el disparo de la cámara de foto - las ciento setenta y no se cuanto macetas apiladas como si hubiesen sido víctimas de un terremoto colosal, con sus hojas marchitas por el abandono y el frío y expeliendo un olor como a c*****r de flor, a planta muerta, a vegetación descontrolada. A mis espaldas la habitación-casa de mi tío Pocho, que vivía apiñado con su esposa y mis otras primas - tal vez en peores condiciones que la de mi tío Alejo – y junto a la cocina la otra habitación desde donde mi tío Pirulo seguía asomándose con cierta timidez para corroborar - pensaba yo - si yo era real o ficticio. Mi abuela Eva continuaba guardando mercadería en la heladera y en los estantes y la voz firme y segura de Ramona me desconectó de mi vuelo. - ¿Estás bien?, preguntó con el ceño casi fruncido. Yo la miré con mis ojos a punto de estallar. Tragué una bola de saliva que tardó una infinitud en atravesar las cuencas de mi garganta. - ¿Estás bien?, volvió a preguntar, pero con su mano apoyada en mi hombro derecho esta vez. Sentía su voz, esa voz tierna y angelical, penetrar por mis oídos como si aquel tiempo no hubiera pasado ni para ella ni para mí, o como si mi tiempo actual se hubiera concatenado al tiempo de ella en mil novecientos setenta y dos. Sólo asentí con una mueca vergonzosa de mi cabeza. Ella pareció minimizar la situación. De pronto levanté la mirada y mi abuela estaba parada bajo el marco de la puerta de la cocina limpiando sus manos húmedas con un repasador viejo y gris, observando la escena con aquellos ojos celestes llenos de vida y atorados por unas lágrimas insípidas sin ninguna prisa de caer. Moví mis ojos, sólo mis ojos y Pirulo estaba apoyado en el marco de la ventana de su habitación, emulando sin saberlo, las lágrimas contenidas de mi abuela. Giré aún más y los niños permanecían expectantes, inmóviles y encuadrados en una mezcla de respeto y desazón por la situación que se estaba respirando. Podía palparse el silencio acurrucado en la brisa fresca de ese invierno cruel. Las hojas del árbol de lo que alguna vez supo ser mi casa, detrás de la tapia del patio o de lo que en ese momento era mi casa, parecían haberse detenido o al menos haber aplacado su vaivén. Los ruiseñores silbaban una canción melancólica e intentaban disimular el momento con su canto apaciguado y casi mudo. Todo parecía haberse estancado, y si bien podía sentir la respiración de mi tía Ramona, tenía esa sensación de que todo, en ese preciso instante, había vuelto a ser una mera fotografía. Pero no era así. Todo era tan extraño para ellos como para mí que entramos como en una especie de letargo, como los sapos, y más allá de la respiración, los corazones parecían haberse detenido hasta un nuevo aviso. Dentro de la estaticidad reinante pude ver a ese niño de pelo lacio con un flequillo prominente, unos ojos grandes y negros como la noche y unas manos pequeñas atesorando unas pocas figuritas con los héroes de la época. Sólo parecíamos tener vida él y yo. El resto permanecía como una foto con vida propia, pero sin movimiento alguno. Pude dejar de lado - con cierta dificultad y algo de miedo - la timidez y enfocarme en ese niño que era yo cuarenta y dos años antes. Lo observaba como quien mira a una deidad imposible. Lo veía vivo, con la sangre recorriéndole todo su cuerpo. Lo miraba y me sorprendía saber que el mismo viento que refrescaba mis mejillas le soplaba el pelo a él y hasta fantasee con pedirle al viento que regrese para oler el perfume que guardaba en sus aires, y si el viento podía tocar mi cara y después rozar sus cabellos, yo podía tocar su pelo con mis mejillas. Tiene un gusto a trabalenguas, pero lo poderoso de la situación sólo me deja explicarlo de esta manera. Fue la sensación más extraña que yo haya vivido a lo largo de mis años. Después de haberme visto en una foto tomada por mi tía en mil novecientos setenta y dos, mirarme dentro de ella y viviendo un instante ese momento con una realidad indescriptible, palpable, fuera de toda objetividad, inserta tal vez en un delirio sin precedentes. Nunca lograré saber en esta tierra si aquello fue un sueño más o fui un afortunado en poder visitar otros tiempos que tal vez marcaron un antes y un después en mi vida y que, ésta, me ofreció la oportunidad de encontrarme con aquel entonces para comenzar a curar las heridas del presente. Sin inquietarme las miradas de Ramona, Pirulo y mi abuela Eva, me dispuse a disfrutar de este momento, como lo habían expresado los ojos de mi tía un rato antes. Volví la vista a ella y le agradecí con un gesto de amabilidad haberme hecho saber para qué estaba yo en esta fotografía. Ella bajó la mirada tímidamente y su expresión me invitó a continuar. Las piernas me pesaban toneladas y al mismo tiempo sentía que se derretían como una gran manteca bajo este sol de julio. Sabía que debía caminar hacia él, hacia mí mismo, hacia cuarenta y dos años atrás, hacia un encuentro prácticamente anti natural y despojado de toda lógica razonable, hacia la incongruencia y hacia una demencia con contornos tan realistas como la vida misma. El - yo - sólo aguardaba apostado en su lugar de siempre, en ese lugar que había ocupado hacía unos instantes atrás después de estar haciendo vaya a saber qué cosa y sólo esperaba que alguien apoyara su dedo índice en un disparador y le tomara la bendita foto para verse por primera vez casi al instante. Pero él - yo - también esperaba inquieto el desenlace de los movimientos de la persona que estaba a siete metros de él - o sea yo - - El - yo - tragaba una saliva larga y eterna porque desconocía las intenciones reales del sujeto que tenía parado a escasa distancia, pero era una saliva ingenua y desprovista de un miedo real y fidedigno. Mis piernas empezaron a cobrar vida y a moverse como si una cuenta regresiva hubiera llegado a cero y hubiera aplicado la caminata. Casi no me di cuenta de que mi cuerpo estaba comenzando su andar. Si bien lo tenía a unos pasos, el miedo, la incertidumbre, las dificultades y la parálisis de mi alma y de mi cerebro, me hacían creer que llegar a él me pareciera un mundo lejano e imposible, sobre todo sabiendo que pronto llegaría a tocar con precisión matemática al niño que fui una vez. Iba a poder descubrir los olores de mi niñez; iba a poder desentrañar las verdaderas emociones que mis ojos de púber expelían en ese entonces; iba a poder oir la voz que tuve cuando apenas la vida comenzaba a adornar mis caminos y de seguro iba a envidiar cada uno de sus aspectos porque, queriendo o sin querer, los iba a poner en paralelo con mi vida actual y de seguro iba a querer, con todo mi corazón, quedarme a dormir para siempre en el espíritu transparente y mágico que vivía dentro de su cuerpecito. Caminé hacia él - hacia mí - enfundado en una prudencia que jamás había tenido en mi vida y que jamás se me hubiera cruzado tener. Temía por mí; temía porque me asaltaba la imagen desbastadora del suelo abriéndose bajo mis pies. Pero de inmediato descubrí que era una jugarreta más de mis locas sensaciones y fui adquiriendo la forma exacta para llegar a mi objetivo. Lo tenía a él - o sea a mí - cada vez más cerca. A esas alturas el viento era más fresco y parecía desestabilizarme con un poder recientemente adquirido. Atrás quedó mi tía Ramona al acecho, expectante, como si estuviera esperando el disparo en el aire para correr los cien metros. Podía sentirla. Podía olerla. Mi abuela Eva se petrificó bajo el marco de la puerta de la cocina y dejó morir el trapo gris, húmedo y desgreñado entre sus manos arrugadas y rosadas. Y mi tío se transformó en un espectador de lujo con las manos aferradas al marco de la base de la ventana, agazapado como una pantera ante cualquier desprolijidad. Y a medida que yo me acercaba nuevas sensaciones comenzaron a cabalgar con violencia por los pliegues de mi corazón: ahí estaba Alejandra, mi hermana, sentada a mi lado como apuntalándome, como sosteniendo mi existencia, con su cuerpo erguido y sus piernas puestas hacia un lado, con sus colitas de caballo a cada costado de su cabeza, su vestido marrón de terciopelo y aquella vieja sonrisa angelical, mirando mi llegada y esbozando una mueca de felicidad, ignorante de quién era yo en realidad, sólo dejando salir su alegría por ver a un hombre con el rostro desbordante de júbilo acercarse hacia ellos. Juan Carlos y Enrique pataleaban con una algarabía sin igual, tal vez pensando que mi arribo hacia ellos traía aparejado un sin fin de regalos. Nadie se movía, todos permanecían en sus posiciones porque esa era la orden inicial de mi tía Ramona. De pronto unas sombras difusas comenzaron a aparecerse a mi derecha y noté que los chicos se llenaban de dicha al verlas. Ellos abandonaron el suelo helado del patio y se fueron incorporando lentamente, casi con un movimiento inusual y parecían quererle abrir los brazos a estas sombras intrusas. De a poco fui girando mi cabeza y pude observar a Alejandra, mi hermana, a mi derecha y a la derecha de ella a Juan Carlos y a Enrique. Ellos me miraron envueltos en una sonrisa amplia y en un dejo de nerviosismo. Yo no pude contener mis impulsos y una alegría extraña que me inundó de repente al verlos ahí, a mi lado, codeándose con este momento sublime cada uno frente a frente de cada uno de ellos. Comprendí entonces aquellas caritas ahogadas de felicidad, sin saber si estaban reconociéndose en cada uno de ellos o simplemente dejaban escapar sus alegrías por ser simples niños sin ninguna maldad, sin ningún pensamiento aterrador. La llegada de ellos me disparó una energía que tenía abroquelada en lo más profundo de mi alma, ese candor potente que tenía guardado muy dentro de mí y que me estaba costando hallarlo y expelerlo. Nos miramos casi en complicidad y en ese silencio nos dijimos el plan a seguir. Mágicamente el frío que circundaba el patio echó un-silbido, dio la media vuelta y huyó raudo a soplar en otros lados, tal vez, en otros tiempos y sólo quedó en la cresta del cénit el sol ardiendo a destajo, imponiéndose en este día duro y azotando la crueldad del invierno. Alejandra tomó la posta y fue ella quien abrió sus brazos tan grandes como las alas de un águila y fue al encuentro de su propia niñez y se unió en un abrazo único y maternal con aquel ángel de vestido aterciopelado, medias blancas y zapatitos de charol n***o. Juan Carlos y Enrique hicieron lo propio con ellos mismos y yo me aferré al cuerpo delgaducho y flácido de mi niñez. Lo solté lentamente y de inmediato lo tomé de la cara. Nos miramos cubiertos de lágrimas los dos, yo sabiendo que estaba en comunión con mi puericia y él reconociendo su futuro. Podía sentirlo. Lo abrazaba con todas las fuerzas de mi alma y lloraba con mi boca tan abierta para despedir los dolores contenidos mientras las hojas del árbol de lo que fue mi casa volvían a su danza habitual llevadas por un soplo afable. Sin dejarlo ni un segundo nos regocijábamos al ver a los demás inmersos en sus amores y volvíamos a mirarnos e intentábamos hallar una respuesta a toda esta cadena de locuras y desvaríos que nos estaba tocando vivir. Y los llantos se multiplicaban. Y los pedidos de perdón parecían una constante en la boca de cada uno de nosotros. -No llores, me decía él, me decía yo. - No llores que me pongo triste, continuaba mientras yo no encontraba la calma que él - yo - me pedía. Era una sensación indescriptible y voy a seguir pensando que fue una de las verdades más elocuentes que he vivido en mi vida, más allá de lo irrisorio que parezca y que me traten de loco y orate. Nunca sentí el alma bañada en semejantes regocijos; nunca mi corazón palpitó con un ritmo tan desencajado que hasta me hizo bien tener desacompasado al reloj de mi vida; nunca mis emociones me llevaron a un lugar de privilegio como esa vez en el interior de esa fotografía. Voy a morir convencido de que alguien en esta tierra, en este mundo, en esta vida tuvo la capacidad de crear todo un artificio que está a millones de años luz de nuestra comprensión y me hizo desandar por las verdades y por las imágenes que duermen dentro de un simple papel. Y como si fuera un designio de los cielos, una orden sagrada o una imposición celestial, nos fuimos desatando de nuestros sentimientos. Fue extraño. Sentí como que alguien daba marcha atrás o retrocedía la cinta y nos fuimos despegando de nuestros niños, de los infantes que alguna vez supimos ser. Ellos actuaban como si estuvieran inmersos bajo un precepto condenatorio, sumisos a un dictamen y adheridos a un libreto cargado de exigencias, que le restaban brillo al sueño dorado. Sólo quedó tiempo para una cálida despedida, para decirnos adiós hasta algún otro encuentro o para vernos en otra dimensión y poder decir que todo lo vivido era sólo una muestra cabal de algún encuentro futuro, lejos de esta vida. Yo me aferré a él - a mí - como para no soltarlo nunca, jamás. Mis lágrimas mojaban ese pullover verde oscuro que todavía tenía el perfume de los jabones de mi madre y mi mano, tímida y sensible, se entrelazó en sus cabellos finos y sedosos. Lo asía con fuerza, como queriéndolo meter muy dentro de mí, para que viva allí por siempre y para siempre y nunca más me deje librado a mi suerte. Alejandra hacía lo mismo con ella misma. Juan Carlos y Enrique no hallaban resquicio a su congoja y no encontraban la forma de dejar de llorar. Fue un momento único. Tan lentamente como llegamos así nos despedimos, haciendo resbalar nuestros dedos por los de ellos, en clara señal de no querer separarnos y con nuestros rostros desfigurados. Ellos parecían tener más fortaleza que nosotros y no parecían darle a la situación la dimensión exacta. Mientras nos alejábamos sin dejar de observarlos - de observarnos - ellos volvían al lugar que se les había indicado para tomarse su fotografía de una buena vez por todas. Nos miraban como sintiendo un abandono. o al menos eso cruzaba por mi cabeza deshecha. Alejandra, Juan Carlos y Enrique se perdieron sin dejar rastros en los contornos del papel. Ya Ramona no existía. Mi abuela Eva se esfumó como la luz detrás de las paredes añejas de la cocina y Pirulo parecía haberse dormido en la inmensidad de la nada. Abrí aquella mágica puerta y salté una barrera que me separaba de la verdad de aquellos tiempos: una y dieciséis.
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