Apenas el ómnibus pisó el cemento caliente de la estación, Tomás observó el reloj digital que tenía a su derecha apoyado en una pared de plástico que estaba cerca del torpedo y lanzó, casi soplando, un suspiro penoso, similar a quitarse de encima el peso cruel del mundo. Más por acostumbramiento que por decisión momentánea introdujo las toneladas de hierro entre los límites establecidos y el aparato gigantesco resopló igual que Tomás después de doce horas y media de durísimo trajinar, bajo el agobiante calor que castigaba a toda la zona de San Valentín. Permaneció sentado y se estiró como un elástico, con mucho disimulo, mientras la gente descendía de esa caldera viviente con desesperación inmensa, arrastrando los equipajes y despotricando en contra de las infernales inclemencias del clima

