En el instante mismo en que abrió la puerta y lo vio parado bajo ese halo inentendible, Rebeca supo – o intuyó - que un brusco viento se iba a llevar el mundo por delante. Y no lo hizo pasar. Él buscó el intento, pero la expresión corporal de ella lo obligó a aguardar ahí nomás, sumido en sus mezcolanzas bajo un cielo gris, oscuro y desapacible. Rebeca regresó con un abrigo en su mano izquierda y sólo le expresó un "¿Vamos?" endeble y carente de pasión. Se metieron al auto de él y arrancaron hacia algún lugar más apacible. Después de un trecho largo recorrido el rostro de ella se descompuso al oir la confesión que su amor tenía reservada en los pliegues de su

