La luna dejó de mirarme por un largo rato y me sorprendí porque pensé que definitivamente se habría caído y se habría hecho añicos en algún lugar remoto de su espacio, muy lejos de mí. Yo me lo venía diciendo desde hacía muchos meses: ¡pobrecita! ¿Hasta cuándo iba a aguantar colgada de sus brazos invisibles, disimulando la pena y el dolor para darme una sonrisa cada noche? Entonces un lejano río de lágrimas comenzó a aprisionarme la garganta y a bañar casi imperceptiblemente mis ojos oscuros, faltos de luz y perdidos en la negra noche. Mi alma y mi corazón se despidieron de mi amiga blanca y redondita y cerré mis ojos para descansar. Los abría cada dos minutos porque me sentía muy solo en el desierto de la oscuridad reinante y sólo podía divisar, de vez en cuando, algún vehículo a una dis
Escanee el código QR para descargar y leer innumerables historias gratis y libros actualizados a diario


