Allí estaba ella, tan hermosa como siempre, con ese pelo n***o, como la noche apoyado sobre la tersura de sus hombros por manos de un artista en pleno apogeo, como durmiendo, como agotado de ese incansable trabajo - de muchos años - de columpiarse acompasado al ritmo del tiempo por el viento sereno de eternas mañanas frescas y otoñales. Como nunca lo hubiera sospechado - ni talvez imaginado - él la tenía a noventa centímetros de su alma enrojecida. Jamás habían estado tan cerca. Nunca cruzó si quiera por los pasadizos de su mente tenerla al alcance de un beso, a pedir de sus labios abatidos por la magia de lo inentendible. Pero allí estaba. Y era cierto. Era real. Sintió por vez primera el aleteo de aquel perfume perforando las cavernas extasiadas de su olfato. Sabía a arándano, a un cóct

